Uruguay ante la IA

El 9 de marzo de 1776 se publicó en Londres “La riqueza de las naciones”, obra que sentó las bases del pensamiento económico moderno. En sus páginas, AdamSmith planteó que la prosperidad de un país depende la división del trabajo, la especialización y el intercambio en mercados libres. Dos siglos y medio después, ese marco conceptual sigue ofreciendo una guía poderosa para comprender la magnitud de la transformación tecnológica en curso y las oportunidades que se abren para los que logren adaptarse.

El impacto de la IA sobre la división del trabajo promete ser incluso mayor que el que tuvo la máquina a vapor. Con ella reaparece, con fuerza renovada, una pregunta fundamental: ¿de dónde surge la riqueza de una nación cuando la tecnología comienza a asumir tareas que antes realizaban las personas? La respuesta está en lo verdaderamente escaso: el tiempo humano. El progreso ocurre cuando una sociedad logra ampliar las oportunidades para que cada individuo utilice ese tiempo en actividades productivas, creativas y socialmente valiosas.

La riqueza de las naciones se multiplica cuando sus instituciones logran orientar el tiempo humano hacia la convivencia social, el aprendizaje, la innovación y la producción de bienes y servicios con valor de mercado. No, hacia tareas automatizables. Mucho menos, hacia burocracias innecesarias. En la era de la IA, el rol del Estado no es frenar la tecnología ni cargarla de impuestos o regulaciones, sino generar las condiciones para que el tiempo humano se reasigne hacia usos productivos. Por eso las políticas públicas resultan decisivas.

Cuando la educación, la regulación y la protección social están alineadas con las nuevas dinámicas productivas, la tecnología eleva la productividad sin destruir empleo. Pero cuando ese andamiaje falla, la tecnología no solo amplifica desigualdades, sino que también profundiza brechas ya presentes en la estructura económica. A medida que avanza la automatización, la demanda laboral se desplaza hacia tareas de mayor complejidad, donde el juicio, la creatividad adaptativa, la interacción interpersonal y la capacidad de construir sentido se vuelven determinantes. La reciente expansión de la IA generativa profundiza este proceso y reconfigura la demanda de trabajo, revalorizando el capital humano con experiencia acumulada y capacidad de adaptación.

Ese cambio ya empieza a sentirse en la vida cotidiana. Pensemos en una administrativa de 42 años que trabaja en una pyme de Salto y compite en un mercado exigente. Durante años cargó datos y preparó reportes repetitivos. Hoy la IA puede hacer ese trabajo en minutos. Si tuvo acceso a capacitación porque existían incentivos para invertir y si la empresa puede reorganizarse sin trabas regulatorias, esa trabajadora podría reconvertirse hacia tareas de análisis o gestión de mayor valor. Si esas condiciones no están presentes, ese puesto difícilmente se sostenga en el tiempo. Pero incluso en ese escenario, si logra reinventarse con recapacitación y potenciar su experiencia, seguramente podrá encontrar nuevas oportunidades laborales.

La IA abre una oportunidad extraordinaria. Sin embargo, Uruguay parte de un contexto que dificulta transformar ese avance en productividad. El país no cuenta con un marco coherente de políticas públicas que permita que la adopción de IA se traduzca en mejoras sostenidas del desempeño económico y social.

Si la IA libera tiempo humano, pero las personas no cuentan con las competencias necesarias ni existe un entorno institucional que facilite su reasignación hacia actividades de mayor valor agregado, ese tiempo difícilmente se traduzca en desarrollo. Puede terminar, por el contrario, en burocracia, subempleo, informalidad o delito.

Uruguay observa la revolución de la IA con cierta conciencia de la oportunidad, pero también con una evidente parálisis frente al desafío de enfrentar debilidades estructurales profundas.

La inserción internacional sigue siendo limitada y la apertura comercial insuficiente para generar la presión competitiva que impulsa la innovación en las organizaciones y acelera la adopción de nuevas tecnologías.

El sistema educativo no avanza cuando se debe cambios profundos y sostenidos. Se necesitan muchos más cambios orientados a la formación de pensamiento crítico, habilidades interpersonales y una conexión real con el mundo productivo. Fortalecer el vínculo entre educación y trabajo mediante esquemas de formación dual que integren aprendizaje y experiencia laboral es clave en este contexto.

La actualización regulatoria se promete, pero no llega, cuando es urgente. Se necesitan normas coherentes y modernas, orientadas a facilitar la vida de las personas y el funcionamiento de las empresas. No se trata de simplificar ni digitalizar lo que funciona mal, sino de desregular con sentido común. En esa línea, modernizar las relaciones laborales es imprescindible: flexibilidad horaria, pagos con más foco en resultados y negociación salarial acorde a la realidad de cada empresa.

Las transferencias sociales se deben revisar a fondo. El fracaso educativo ya pasó factura: demasiadas personas carecen hoy de las herramientas para integrarse al circuito laboral de alta productividad. Los programas deberían reorientarse para financiar procesos de reinvención laboral. Subsidios directos, sin intermediación del aparato estatal.

Como se escribió hace 250 años, el desarrollo -la riqueza de las naciones-depende de cómo una sociedad organiza el tiempo de las personas.

Por ende, la revolución de la IA, por sí sola, no sacará a Uruguay del subdesarrollo. Sin embargo, si el país decide adaptar sus políticas públicas y modernizar sus instituciones, la IA puede convertirse en una oportunidad histórica. Aprovecharla dependerá, en última instancia, de la voluntad de impulsar los cambios que el país necesita.

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