Los presidentes pueden decir lo que quieran?, ¿pueden hablar sobre lo que se los antoje? Una vieja discusión...
¿Es que no tienen derecho a expresarse libremente? ¿La libertad de expresión no ampara a los presidentes? Estas son la gran defensa de los que sostienen la tesis de que los jefes de Estado como cualquier ciudadano gozan de plena libertad de expresión.
No me afilio a esa tesis. Para empezar, los presidentes no son cualquier ciudadano y como tales gozan de una serie de privilegios y facultades (delegados por decisión popular) y una cuantas prerrogativas, entre estas, casa, coche con chofer y seguridad personal, por citar algunas, y todo pagado por el resto de los ciudadanos .
Pero así como tienen privilegios (legítimos y lógicos), también tienen determinadas obligaciones que no rigen para el resto de los ciudadanos. Y esto, precisamente, está muy vinculado a la libertad de expresión.
Para los ciudadanos todo lo que no está prohibido está permitido y esto no es tan válido para funcionarios públicos; estos están limitados para evitar el abuso de funciones.
Respecto a la libertad de expresión, hay limitaciones establecidas para los militares (acotados en cuanto a su actividad política), lo mismo para directores de entes y organismos del Estado y también para los jueces, los que no pueden hablar de determinados asuntos en ciertas circunstancias. Incluso los propios presidentes no puede encarar temas político-partidarios ligados a la campaña electoral. Como se ve, tienen muchas obligaciones que le limitan la libertad de expresión.
Pero, en particular, en lo que hace a los presidentes, la limitación va mas allá, está expresamente establecida o claramente sobreentendida: no pueden o no deben hablar sobre cualquier cosa y decir los que se les ocurra. Los presidentes hablan en nombre de un país, de una nación, nos comprometen a todos. Además en el ámbito interno y en regímenes democrático-republicanos deben o deberían ser muy prudentes y respetuosos. Para no caer, otra vez, en abusos de poder y no incitar a cosas que no se deben: Kirchner arengaba a las turbas, Chávez desde la tribuna indicaba cómo actuar a los jueces y Trump daba manija para quedarse.
Cualquiera puede decir “los argentinos son todos unos ladrones desde el primero hasta el último”, y no pasa nada, pero si lo dice un presidente, corresponde pedir disculpas. Lo mismo si uno dice que “esta vieja es peor que el tuerto”. Uruguay rompió relaciones con Cuba porque su presidente (o dueño) llamó “lame botas” a nuestro presidente, y era lo que correspondía hacer.
Por eso escribí que no creía que el presidente Lacalle Pou hubiera estado bien, cuando le advirtió sobre el “cuidado de los modales” al intendente de Canelones Yamandú Orsi. Este estuvo prudente y estuvo bien (más allá de las consideraciones y declaraciones más tarde para la tribuna y “la barra”).
Imagínese el lector si Orsi le hubiera respondido “y vos quién sos para enseñarme modales a mí”, por imaginar lo menos. Se podría armar flor de tole tole. ¿Los custodias qué deberían hacer en un caso así? Apartar, supongo, calmar los ánimos.
Los presidentes no deben calentarse, si no, los ciudadanos estamos fritos. Deben frenar su vehemencia. Por suerte, Lacalle Pou ha demostrado ser un presidente de temple, que no pierde la calma ni se precipita frente a desafíos grandes e inesperados como hemos visto. Sin embargo, ha hecho declaraciones espontáneas que le han complicado, sin necesidad.