Que al Uruguay lo feliciten por su Estado de Derecho en comparación con la vida conflictuada de su vecindario, da para alegrarse. Pero no es para tocar las campanas a vuelo. Por tres razones:
- al vivir entre el delito y el descoyuntamiento institucional, los vecinos no dan la talla;
- al reducir a la persona a mero agente de procesos socio-económicos -sean de izquierda o de derecha-, el mundo entero navega sin la estrella polar de la libertad; y
-muchos engranajes y tuberías del Derecho vienen atascándose y oxidándose sin que nadie parezca darse cuenta y hasta sin que les importe a los que piden el amparo de reglas claras.
Instituciones como la Fiscalía de Corte y sistemas conceptuales como el Derecho Penal y el Derecho Procesal Penal han ido perdiendo prestancia.
Eso no ocurre porque el ámbito público se ha enriquecido con la discusión de sus trámites y el debate sobre doctrinas, paradojas y transas en juicio abreviado. Si debatiéramos los porqués de ciertas posturas, el Uruguay se enriquecería de cultura ético-jurídica. Pero no, lo que viene corroyendo la autoridad del Derecho es la discusión política, no jurídica, de las decisiones.
Con un agravante: las decisiones de los grandes asuntos que tupen la crónica policial no emanan de un juez. Provienen de un fiscal con autoridad de gestión pero sin imperio, que es parte acusadora y no magistrado imparcial.
En ese contexto, proliferan hoy las suspicacias políticas. Hay denuncias públicas, como la de la exfiscal Dra. Gabriela Fossati, que no merecen echarse en saco roto y merecen desencadenar una indagación de oficio. Y por si fuera poco, a ello se agregan las denuncias de parlamentarios y las corruptelas y desviaciones de malos servidores policiales.
Todo ello, en un excipiente de inseguridad por narcotráfico termina por completar un cuadro de debilidad y amenaza para el Estado de Derecho.
Convivimos a diario los mil detalles de ese cuadro, sin darnos cuenta de que es un escándalo.
En una extensión siglo XXI del cambalache discepoliano, la ley y el delito han dejado de contraponerse.
Desgraciadamente, en el Uruguay damos por supuesto que el Derecho funciona solo.
Y como la visión global del hombre de Derecho se reduce a la mirada diagonal y acotada de las especialidades, la caída no parece dolerle a los muchos que creen que el Derecho está vivo y vigente si hay trámites, sin darse cuenta que hay tanto más trámites cuanto menos espontánea es la vida y la vigencia del Derecho.
Pero el Derecho es proyección sistémica de lo superior de la persona, por lo cual no es extraño que se enferme y peligre también cuando se lo ve rozagante y los ajenos lo felicitan por vigoroso.
Al tipo, un día lo empalidece la demacración, otro día lo tumba el desgano y al final lo voltea el diagnóstico: la enfermedad oculta le venía royendo la salud aparente y el médico le explica que es una enfermedad subrepticia, taimada, insidiosa.
¿Alguien cree que esa decadencia no amenaza el destino de nuestro pueblo?
¿Alguien cree que es asunto de un sector o un candidato?
¿Alguien se da por feliz con el actual modo de arrinconar y jibarizar al Derecho?