Una capital hostil

Montevideo se convirtió en una ciudad desagradable y hostil. Esto no es nuevo, responde a un largo proceso de deterioro que no se detiene. El asesinato, absurdo e innecesario, de un repartidor que tuvo un episodio menor de tránsito desnuda los agudos problemas de convivencia y de violencia que existen en la capital.

Ese deterioro explica que por una mera cuestión de tránsito un trabajador (un cubano de 62 años) termine asesinado. Algo está muy loco en Montevideo, y eso no solo se ve en los exabruptos del tránsito.

Todos los días alguien es baleado, no hay vereda que no se haya convertido en el asentamiento de gente que duerme en la calle, la mugre desborda, el tránsito es agresivo, las pintarrajeadas denigran la ciudad, no se puede caminar por las veredas, las calles son oscuras y no porque no haya iluminación sino porque ella, pese a estar encendida, no ilumina. Y la lista puede seguir.

El último censo muestra la respuesta popular a esta realidad capitalina. La gente se va. Deja de vivir en los viejos barrios de Montevideo y se muda a otros departamentos. Canelones crece, San José también, Maldonado lo hace en forma notoria y Montevideo se reduce. Los que se quedan, viven a disgusto en ella.

Es una ciudad donde son frecuentes los asesinatos a plena luz del día. Gente en auto o en moto que pasa a toda velocidad y dispara. La víctima suele ser joven y no fue elegida al azar. Esto hace que, en ciertos barrios, reine la más absoluta inseguridad. Todos tienen miedo pues muchas de esas balaceras dan al blanco buscado, pero también hacen terribles “daños colaterales”, a veces llevándose la vida de niños.

La droga explica parte de esa criminalidad. Bandas contra bandas para dominar el mercado. Chicos jóvenes que se meten en el negocio porque es una forma rápida de vivir mejor, vestir caro, tener la moto y lograr status, Pero la red es más complicada y un olvido, una subestimación de las reglas y al día siguiente son noticia. Son mala noticia.

Se ha vuelto fácil matar y robar. Muchos terminan en la cárcel, pero por poco tiempo y apenas son liberados, vuelven a delinquir, atrapados por sus adicciones. No tienen casa a la que volver y duermen en la calle.

No hay barrio que no los tenga acampando frente a donde vive gente común, de trabajo, o frente a comercios y bares. Arman sus propios asentamientos.

Este es el tema que puso a Gonzalo Civila, ministro de Desarrollo Social, en el centro de la tormenta por no encontrarle una solución. El número crece y se trata, en su mayoría, de hombres relativamente jóvenes que convirtieron a la ciudad en su dormitorio. Algunos recién fueron liberados, otros son adictos a drogas pesadas y en su familia nadie los quiere: convivir con ellos se ha vuelto una pesadilla y un peligro.

El basural que es Montevideo desde hace años, no ayuda. Los contenedores municipales de basura son el lugar preferido para hurgar, lo que implica sacar lo que hay adentro y tirarlo a la calle para solo llevarse lo necesario. A eso se suman aquellos vecinos que en lugar de volcar su basura adentro, la dejan afuera. Sí, ya se, es más cómodo.

En torno a esos contenedores, se juntan estas personas que duermen en la calle y como no tienen baño, el contenedor oficia de uno.

Al principio, parecía simpático y hasta “artístico”, pero lo de los grafiti se pasó de listo y se suma a la mugre y la fealdad que caracterizan a Montevideo. No son lindos ni simpáticos; son agresivos. Además, desde el momento en que empezaron a trepar edificios y pintar en pisos altos, lo único que se logró fue aumentar la sensación de inseguridad.

Montevideo es una ciudad inhóspita para sus habitantes y poco atractiva para los turistas. Por algo o bien se quedan en Colonia, o van a las termas del litoral, o pasan directo a los balnearios del este. Acá no hay nada para ver, la ciudad da miedo y pareciera que hay un esfuerzo deliberado para que sea fea. Quizás solo la rambla se salve, pero ella es apenas una parte de la ciudad.

Lo curioso es que la otra mitad de los uruguayos vive en ciudades seguras, cuidadas, limpias y en algunos casos (no todos), lindas. Hoy, lo que era un balneario con actividad plena solo tres meses al año, se transformó en una ciudad con buenos servicios, relativamente cosmopolita y de alto nivel económico. Punta del Este pasó a ser un refugio no solo para muchos argentinos, sino también para uruguayos.

El impacto que tuvo el asesinato del repartidor debería servir de alerta a las autoridades nacionales y departamentales.

Llegó la hora de dejar de lado tanto palabrerío seudo académico que nada dice y poner manos a la obra. Urge rescatar la capital del país. Rescatarla significa dignificar sus barrios postergados, reprimir el crimen y el narcotráfico, buscar solución a los que viven en la calle, hacerla más limpia, facilitar el cuidado y restauración de las viviendas, lograr un transporte público eficiente, iluminar, mejorar sus avenidas y embellecer sus espacios. En resumen, que sea segura, limpia y linda.

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