Un tema que asusta

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tomás linn
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Ya casi nadie recuerda la época en que ciertos crímenes eran subestimados por ser meros “ajustes de cuentas” que nada tenían que ver con la cotidiana vida del común de la gente.

Sin embargo, porque aquellos asesinatos así fueron catalogados (y en consecuencia, enfrentados), hoy el país se encuentra en la situación en que está.

Basta elegir un día cualquiera y ver la prensa para entender como aquellos “ajustes de cuentas” se convirtieron en los actuales dramáticos temas vinculados a la droga y al narcotráfico.

Todos los días aparece un joven asesinado a sangre fría en plena calle. Eso, aunque ya rutinario, asusta.

El jueves pasado, este diario publicó un extenso informe sobre gente que vive en la calle buscando un refugio que ni sus familias o amigos están dispuestos a dar a causa de su profunda adicción a la droga.

Al no querer recurrir al Mides, generan tensión en la convivencia de los vecindarios donde se instalan. El problema no parece tener solución. Y la cantidad de gente que vive así, aumenta.

Otra noticia que ocupa los titulares es la referida al pasaporte otorgado al narcotraficante Sebastián Marset, mientras estaba detenido en Dubái.

Hay allí una discusión formal, referida al decreto que permite entregar un pasaporte a personas que no tengan antecedentes penales en Uruguay (aunque los tenga en otro país) y hay otra historia, mucho más tremenda, que rodea al personaje.

Por ese motivo, el llamado a sala a los ministros del Interior y de Relaciones Exteriores importa más por esto último aunque el llamado sea por el pasaporte. Suponiendo que fue otorgado según un decreto aprobado en el anterior gobierno, la interpelación pasará a trascender más bien por la dimensión que adquirió el narcotráfico en Uruguay y sus complicados efectos laterales.

El gobierno afirma que bajaron los niveles de inseguridad en aquello que debería tranquilizar al común de la gente. Eso es cierto, pero es en lo referido a las bandas de narcotráfico donde subieron los asesinatos. Y aunque muchos lo consideren una realidad ajena, al final termina afectando a todos, ya sea porque ocurre en nuestros barrios, o porque algún familiar quedó enredado en ese negocio y a la hora de reaccionar, es demasiado tarde: el joven que creyó que sabría manejarse en ese mundo, terminó mal. Terminó asesinado y no, como algunos periodistas insisten en decir, ejecutado. La ejecución es el cumplimiento de una sentencia dictada desde el Estado y por lo tanto quien la cumple no es considerado un criminal. La confusión en el uso de los términos no ayuda a entender lo que está sucediendo.

Hubo casos en que desde Uruguay se hicieron embarques, donde lo que viajaba a Europa no era la carga declarada sino droga.

Por otra parte, en varios sectores de la sociedad el consumo de drogas, y no solo de marihuana, está sutilmente aceptado. Gente que trabaja, tiene familia, desarrolla su profesión, tiene sus círculos de amigos pero que, en la medida que el acceso a esa droga no es legal, está obligado a moverse en la frontera de un mundo tenebroso.

El caso de Marset, asimismo, muestra como hay uruguayos que están a otro nivel: viajan con pasaportes falsos, sus negocios son internacionales y van más allá del narcomenudeo (del cual también dependen) y quizás hasta estén involucrados en asesinatos de fiscales.

El país empezó con aquellos “ajustes de cuentas” y sin darse cuenta derivó en una realidad que hace un par de décadas jamás imaginó que le llegaría.

Esto es lo que la dirigencia política, gobierno y oposición, tiene que abordar cuanto antes. La ingenuidad ya no cabe, la idea de que se trata de algo que corre paralelo a la rutina diaria de los uruguayos, tampoco. El narcotráfico es un negocio complicado para cualquier país. Corrompe, mata y termina degradando las instituciones y horadando la democracia. Afecta nuestras libertades básicas e instala un tipo de miedo que hasta ahora Uruguay desconocía.

Hace 30 años un colega colombiano me decía, en tono de advertencia: “Ojalá a Uruguay nunca le llegue lo que está ocurriendo en Colombia. Al horror del narcotráfico se entra casi sin percibirlo y luego nadie sabe como salir de él”.

Esa es la verdad. En los países donde el drama de la droga está metido, nadie encontró una solución. Tanto en aquellos donde el problema es el tráfico para consumo, como en los que el tema pasa por su producción y distribución clandestina al resto del mundo.

Uruguay ya entró en esa realidad. Empezamos a ver estos jefes de organizaciones criminales, o los embarques hechos desde los puertos uruguayos que se descubren cada tanto, o las fugas de jefes de carteles por los techos de la Jefatura, o los muertos de todos los días y a la luz del día, o los que terminan poblando plazas y veredas porque la adicción los excluyó de sus familias y círculos sociales.

Habrá que ver si todavía se está a tiempo de al menos acotar y reducir los efectos más perniciosos de este drama. Un primer paso en esa dirección es no negarse a que existe.

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