Luciano Alvarez
Cuando el 12 de octubre de 1936 se abren los cursos en la Universidad de Salamanca, la ciudad era sede militar de los sublevados contra la Segunda República española.
A media mañana no cabe un alma en el paraninfo.
El acto inaugural prevé discursos conmemorativos del "día de la Raza", tal el nombre dado a la efemérides desde 1913 en España y varios países americanos.
En el estrado están Carmen Polo, en representación de su esposo, el general Francisco Franco; Monseñor Pla y Deniel, Obispo de Salamanca, y el general José Millán Astray: parche en el ojo, una horrible cicatriz en la cara y la manga vacía de su brazo perdido.
Cuesta desviar la mirada de ese personaje a quien sus admiradores llaman "el glorioso mutilado".
Preside el acto Don Miguel de Unamuno, rector perpetuo de aquella venerable Universidad, fundada en 1218.
Con sus escritos, con sus gestos, con sus exilios, ningún español había contribuido tanto a la democracia española y a la instauración de la Segunda República. En abril de 1935, a sus 73 años, se le otorgó el título de "ciudadano de honor".
"Es un símbolo y una bandera para el movimiento republicano", escribió entonces el poeta Antonio Machado.
En el otoño de 1936 apenas habían transcurrido 18 meses de ese reconocimiento. Entonces, ¿Qué hacía allí Don Miguel Unamuno? En la Salamanca franquista, en semejante compañía y en medio de una celebración -"la fiesta de la raza"- con cuya denominación disentía rabiosamente.
Nacido en Bilbao en 1864, Unamuno se enamoró de Salamanca cuando obtuvo la cátedra de griego en 1891. Desde la universidad más antigua de España alcanzó al mundo entero con su obra narrativa, poética, dramática y filosófica.
Y con sus artículos feroces, traducidos a varias lenguas.
Hombre académico, pero también comprometido e influyente en el campo político, su peripecia ideológica comenzó en el positivismo, pasó brevemente por el socialismo, para instalarse, por fin en un liberalismo republicano.
En 1901 fue nombrado Rector; en 1913 publica una de sus obras más célebres - "Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos"- y al año siguiente le destituyen por tomar partido por los aliados de la Primera Guerra Mundial. Fue la primera de cuatro destituciones.
La segunda fue en 1924. La dictadura de Primo de Rivera, además, lo deportó a Fuerteventura, una isla del archipiélago canario.
Su regreso a Salamanca, en 1930, no pudo ser más triunfal: se le otorgó el grado honorífico de Rector Perpetuo y el 14 de abril del año siguiente será el encargado de proclamar la República desde el balcón del ayuntamiento. Dice que comienza "una nueva era y termina una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido".
Para Unamuno como para la mayoría de la generación de intelectuales que había florecido en España en los comienzos del siglo XX, la república era ese "camino ancho y limpio", que Ortega y Gasset había soñado en 1919, para sacar al país de siglos de decadencia y atraso, mediante el arte de la política democrática.
Pero los años 30 no eran, en Europa, tiempos republicanos de caminos anchos y limpios.
Pronto, Unamuno lo intuye y sus artículos de la época traducen el temor de una irreversible catástrofe.
La legalidad republicana valía muy poco para los principales partidos y facciones que no dudaron en pregonar la lucha contra el adversario, tanto en las urnas como en la calle. Amplias capas de la opinión pública española aceptaban la violencia como un arma política más.
Sólo para un puñado de minoritarios partidos republicanos, la legalidad suponía un valor absoluto. Fueron los únicos que se opusieron a la creación de milicias armadas y fuerzas de choque partidarias.
Cuando en febrero de 1936, el Frente Popular, una amplia coalición de izquierdas, gana las elecciones, el proceso de radicalización sangrienta de derechas e izquierdas se ha vuelto irreversible. El gobierno, presidido por Manuel Azaña no puede detener la violencia callejera.
Las dos Españas quieren "arrancarse el corazón". Las noches y los días se pueblan de pistoleros con divisa y muertos.
Los temores de Unamuno se confirman: "No, no se trata de ideología. No hay sino barbarie, zafiedad, soecidad, malos instintos…"
Unamano había iniciado "El sentimiento trágico de la vida" descreyendo de las abstracciones -esas ideologías que ahora se habían vuelto meramente criminales- y vindicando al "hombre de carne y hueso, (…) el que come bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano".
El 12 de julio de 1936 se producen dos asesinatos: el del teniente Castillo, militante de izquierda y, como réplica, el de Calvo Sotelo, líder de la derecha parlamentaria. Es la chispa que esperaba el polvorín largamente preparado.
Seis días más tarde se produce el alzamiento militar que inicia la Guerra Civil.
Don Miguel de Unamuno apoya a los rebeldes. El gobierno de la República inmediatamente lo destituye como rector; es la tercera vez, pero no la última. Los sublevados le devuelven el cargo, apenas ocupan Salamanca.
Por un momento, el viejo republicano había creído en las vagas promesas iniciales. Esperaba que los militares sublevados detendrían ese estallido de malas pasiones que enfermaba a España, que pondrían orden en aquel país de todos los demonios, para luego restaurar la constitución republicana.
En el verano de 1936, que será el último de su vida, se amontonan las cartas en los bolsillos de aquel Unamuno defraudado y atormentado.
Se las escriben mujeres de amigos, de conocidos y desconocidos, que le piden que interceda por sus maridos encarcelados; que esperan algo de caridad, de justicia y esperanza.
A fines de julio sus amigos Casto Prieto Carrasco, alcalde republicano de Salamanca y el diputado socialista, José Andrés y Manso, son sacados de la cárcel y asesinados por un grupo de falangistas.
Su alumno predilecto y rector de la Universidad de Granada, Salvador Vila, ha sido detenido. También están presos sus íntimos amigos: Atilano Coco, pastor protestante, el doctor Filiberto Villalobos y el periodista José Sánchez Gómez.
A principios de octubre, Unamuno visitó a Franco para suplicar clemencia para los presos; inútilmente.
Entonces se hunde en una pesadilla confusa y opresiva. "España está asustada de sí misma, horrorizada" escribiría.
"Miguel de Unamuno está asustado de sí mismo, horrori-zado", hubiera podido escribir aquel el 12 de octubre de 1936, sentado en el estrado del paraninfo salmantino, presidiendo un acto académico, junto a Carmen Polo de Franco, al Obispo Pla y Deniel y al estrafalario General Millán Astray.
En pocos minutos habrá de suceder uno de los intercambios de palabras más célebres de la historia; contado, re-contado y re-cortado una y otra vez.
Uno habría dicho "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!"; el otro le habría respondido "Venceréis pero no convenceréis".