Por cierto, los temas sobran. El último, el motín en la Colonia Berro, cuyo desenlace tuvo perfiles cinematográficos, con senador y ministra metidos en el baile, suma buenos puntos al legajo que el gobierno puede exhibir para acceder al Oscar de la inexperiencia.
Sin embargo, vamos a desertar de la tentadora tarea de criticar a los que hoy mandan, fácil menester para un periodista de opinión, desde que no saben cómo hacerlo. No son como Pacheco, que ya lo había hecho y, entonces, sabía cómo volver a hacerlo.
Es que, en esta semana que hoy principia, pasará algo absolutamente inusual. Se conmemorarán setenta años —sí, siete décadas—, de un permanente y perenne milagro. Ya no estaré en este mundo, dentro de veinte o treinta años, y el milagro perdurará. Lo mismo ocurrirá dentro de un siglo. Y de aquí dos siglos. Nuestros descendientes prenderán "la cantora" y escucharán complacidos la voz de Carlos Gardel. Del mismo modo en que la oímos con emoción —un mediodía de 1975— en el monasterio de la virgen de Aránzazu, en la montaña pirenaica, desde una emisora francesa, entonando senda florida. ¿Te acordás, Manolo Gil?
Constituye un hecho único, sin precedentes. Un hecho que, además, no se reiterará. Por ello se me antoja que es un milagro. Un milagro protagonizado por un cantor de música popular, de confusos y oscuros orígenes, cuya voz maravillosa venció al tiempo y al olvido. Murió un 24 de junio de 1935, en un absurdo accidente de aviación y, desde entonces, pasó a la inmortalidad. Al principio, cuando yo nací (1940) o cuando empecé a oírlo sin entender sus letras (1951), estaba lleno de gente que había sido su contemporánea. Que lo habían tratado y disfrutado de su simpatía y su amistad.
Ello podía explicar la perduración constante de su recuerdo, su voz y sus canciones. Pero quienes habían sido sus amigos, quienes habían tenido el privilegio de escucharlo en vivo y en directo, se fueron muriendo, por inexorable ley de la vida. Como Alberto Milia, a quien Carlitos le había regalado su bufanda de seda blanca, en el Jauja. Son, hoy, excepcionalísimos, los sobrevivientes de aquella época hermosa, que trataron a Gardel. Como Enrique Larraechea (97).
Le dicen, desde siempre, El Mago. Y, en verdad, hay algo mágico en su voz, que en este mismo momento —mañana dominguera— estoy escuchando cantar nada menos que Soy una fiera. Sí, como Gardel, los domingos me levanto de apolillar mal dormido...
Decía mi madre, que aunque quede mal que lo diga era excelente pianista y tenía oído absoluto, que Gardel tenía doble registro. Es decir, que daba dos escalas sin desafinar. Por cuya causa mucha gente se pregunta si era tenor o barítono. Era ambas cosas. Un fenómeno.
Pero su milagro no se debe sólo a eso. Se debe al "color" de su voz. Hay personas que cantan bien, que no desafinan, pero el timbre de su voz aburre enseguida. No "prende", no atrapa a quien la escucha. Muy pocos tienen ese don, que es el secreto del éxito. Como Alberto Marino, Enrique campos y Charlo. Gardel tenía esa cualidad, además de otras, en el más alto grado. Es uno de los secretos de su éxito imperecedero.
Inventó la manera de cantar el tango, con acompañamientos musicales rudimentarios. Cuando cantó con orquestas aceptables —Canaro y la de las películas— maravilló. Y fue el mejor cantor criollo (de folklore le dicen ahora) de que haya memoria. Por muy lejos. Insomnio, Pobre gallo bataraz, El tirador plateado, El carretero, La mariposa y Ofrenda gaucha, así lo certifican.
Ahora está cantando Farabute. Y después, silbando. Siga cantando, don Carlos...
Y, además, era uruguayo.