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Un ejemplo insular

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Resulta evidente que la humanidad enfrenta crisis de diversos orígenes, pero que confluyen en puntos específicos caracterizados por afectar la calidad de vida de las personas y comprometer el futuro. Salud, economía, educación y desarrollo personal, paz social, ambiente, presentan complejos vasos comunicantes que nos obligan a extremar los esfuerzos para buscar soluciones holísticas, en lugar de remiendos puntuales.

Los desafíos ambientales son particularmente desafiantes porque amalgaman como pocos la intrincada interrelación de las variables actuantes.

Sabemos ahora que el cuidado del medio redunda en la economía, en la salud, en la producción, en la sostenibilidad, en la prosperidad y en el futuro de nuestra descendencia. También estamos aprendiendo que es posible enmendar errores, revertir daños, reparar ecosistemas y recuperar biomas, alcanzando los beneficios que ello implica. Cada vez más de estos esfuerzos se están realizando a lo largo y ancho del planeta, a veces con acciones muy promocionadas, y otras que pasan desapercibidas. Pero todas son valiosas e importantes, no solamente por los beneficios ocasionados sino porque refuerzan un cambio de mirada y de actitud que las comunidades están experimentando en la dirección correcta.

Veamos lo que ha sucedido en un pequeño estado caribeño formado por varias islas.

Antigua y Barbuda dispone de un territorio de 440 km2. Su singular nombre lo escogió el mismísimo Cristóbal Colón en 1493. La tercera isla en tamaño se llama Redonda. Hasta hace unos siete años presentaba una superficie árida, similar a un desierto a pesar de disfrutar de un clima tropical.

La razón es que había perdido prácticamente toda su vegetación y fauna nativa como consecuencia de la acción devastadora de especies introducidas por los seres humanos (ratas, cabras, etc.), y también por las acciones depredatorias de la gente.

Se puso en práctica una política de recuperación ecosistémica, eliminando las especies foráneas y permitiendo la recuperación natural de la isla, mediante la aplicación de un programa serio de protección ambiental.

El resultado fue espectacular. Aquella isla rocosa, que se veía estéril, desolada, hoy es un refugio de vida silvestre, y en tan poco tiempo mereció ser declarada “Reserva del Ecosistema Redonda”. Las especies vegetales locales volvieron a cubrir generosamente su superficie. Su fauna se va recuperando muy bien, llamando la atención el regreso de las aves que anidaban en la Redonda. Gracias al éxito del programa, en la actualidad sus beneficios los disfrutan orgullosamente los antiguanos, y los valora la comunidad internacional. Como vemos cuando existe la voluntad y la convicción de rectificar aquellos rumbos que nos han conducido a materializar resultados negativos, es dable esperar que ocurran cambios significativos.

La conservación es una estrategia clave para lograr el desarrollo sustentable, porque implica alcanzar resultados positivos que derraman sus beneficios en áreas claves de la vida de la sociedad. En este pequeño país insular la decisión de invertir en conservación le está redundando en más turismo (su principal fuente de ingresos), más trabajo, más prestigio, y también en cumplir con creces en sus objetivos de cuidado ambiental asumidos ante la comunidad internacional.

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