Trump, entre la risa y el horror

Resulta patético que Donald Trump sancionara a la Corte Penal Internacional porque en ese foro se destacó Navy Pollay, la ganadora del Premio Nobel de la Paz. También lo fueron sus ataques verbales contra el Comité Nobel por otorgarle a esa jurista sudafricana la distinción que él reclama. Despotricando porque nuevamente ese jurado nórdico se negó a reconocerlo como merecedor de esa distinción, Trump parecía Alec Baldwin caricaturizándolo a él.

Cada vez es más difícil distinguirlo de las caricaturas que hacen sus imitadores. A las cosas que dice, es más serio decirlas en broma.

También habrá querido criticar a la Real Academia Sueca de Ciencias por haberles dado el Nobel de Economía a dos sustentadores del neokeynesianismo, como Michael Woodford y Robert Hall.

El modelo que proponen ambos economistas, académicos de las universidades de Stanford y Columbia, va a contramano de lo que Trump piensa sobre la Reserva Federal, que es la autoridad monetaria en Estados Unidos.

Ni Woodford ni Hall aprueban el enfoque mercantilista y proteccionista que hace chocar a Trump con las autoridades de la FED y a cuestionar la independencia de esa institución.

Por razones diferentes, los ganadores del Nobel también son cuestionados por los economistas libertarios. Lo que Woodford explica en su libro“Intereses y precios”, así como los escritos de Hall sobre las fluctuaciones cíclicas y también sobre el mercado laboral, son considerados pilares del neokeynesianismo, algo que los libertarios detestan.

Para el libertarismo es un error considerar que los modelos matemáticos de equilibrio sirven para predecir y corregir los ciclos económicos. Según la visión ideológica de la economía que profesa, entre otros, el presidente argentino Javier Milei, es el orden espontáneo del libre mercado lo que debe corregir las fricciones y los ciclos.

Para los libertarios el enfoque de Woodford y de Hall contribuye falazmente a justificar la existencia de los bancos centrales, mientras que, en la visión de Murray Rothbard y otros exponentes de esa corriente económico-ideológica, esas instituciones deben desaparecer.

Pero los pataleos de Trump son más cómicos que graves. Grave es la decisión de transmitir en vivo una ejecución que se realizará en diciembre mediante pelotón de fusilamiento. ¿La razón expuesta por el secretario Pete Hegseth?: “tendrá efecto disuasorio”.

En 1849, Charles Dickens se introdujo entre el público para ver de cerca la morbosa curiosidad que lo aglutinaba para presenciar un doble ahorcamiento. Describió esa experiencia en The Times con un artículo más tarde recopilado en sus Miscellaneus Papers.

Lo que encontró el novelista en ese público fue un paisaje humano desolador que, además, desmentía la lógica “disuasoria” con que la Inglaterra Victoriana justificaba la pena capital.

Ocurre que, como Dickens no miraba los ahorcamientos de los esposos criminales sino lo que hacía la gente aglomerada, vio los carteristas que le robaban a los distraídos espectadores. La absurda ironía que probaba la falacia del “efecto disuasorio”.

La democracia liberal no acabó con la pena de muerte, pero la prohibió como espectáculo. Ahora Trump quiere restituirlo con la transmisión en vivo de la ejecución de Nidal Hasan, autor en el 2009 de la masacre en Fort Hood.

Actualmente las ejecuciones públicas son realizadas por dictaduras lunáticas como el régimen norcoreano, las teocracias del chiismo iraní y del talibán afgano, así como por Boko Haram y otras milicias yihadistas que controlan territorios africanos del Sahel.

En Irák y Siria, ISIS difundía las decapitaciones haciendo videos. Hamás filmó y difundió, desde las ejecuciones de los dirigentes de Fatah cuando tomó el poder en Gaza, hasta los fusilamientos de disidentes gazatíes entre los escombros que dejó esta guerra de tierra arrasada.

Quizá, por una súbita recuperación del sentido común y los progresos jurídicos y culturales que trajo el Estado de Derecho, la presión de la prensa y de la oposición acaben impidiendo la transmisión del fusilamiento y explicándole a Trump que transmitirlo es un acto macabro.

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