Tres crisis de nuestra era

El mundo está convulsionado por tres crisis simultáneas que se alimentan entre sí y activan resortes emocionales: el miedo, la ira y la búsqueda de culpables. Estas crisis son el resurgimiento de la discriminación, el conflicto por las migraciones y el impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo humano.

Las tres crisis comparten una raíz psicológica común: el temor al reemplazo. La discriminación conlleva el temor al diferente, la xenofobia teme al desplazamiento por los migrantes, la tecnofobia genera el temor a ser reemplazado por máquinas. Cuando una sociedad se organiza alrededor del miedo, busca un mecanismo de defensa. A veces ese mecanismo es la discriminación. A veces es el nacionalismo defensivo. A veces es el rechazo a la innovación.

Una de las formas más letales de discriminación es el antisemitismo. En los últimos años ha reaparecido en expresiones que van desde lo verbal y lo simbólico hasta la violencia abierta. Las manifestaciones declarativas suelen presentarse como preocupación humanitaria, pero se identifican por dobles estándares y una indignación selectiva que puede terminar justificando prejuicios.

A veces se observa una gran concentración en un conflicto, por ejemplo, la guerra de Gaza, y una sensibilidad mucho menor ante otras tragedias contemporáneas, como la matanza de miles de iraníes por su propio gobierno, la limpieza étnica de los armenios de Nagorno-Karabaj o las matanzas de cristianos en Nigeria. No se trata de minimizar ningún conflicto sino de defender un criterio de coherencia moral.

Es legítimo criticar decisiones de cualquier gobierno; el problema aparece cuando esa crítica se vuelve un doble estándar persistente o deriva en hostilidad hacia una comunidad como la de los uruguayos judíos.

Las otras dos crisis -el conflicto por las migraciones y el impacto de la inteligencia artificial en el trabajo humano- comparten la preocupación por el desplazamiento en nuestros trabajos. En uno de los casos, por inmigrantes, y en el otro, por máquinas. En tiempos de incertidumbre económica, el extranjero se convierte en el reemplazo imaginario. Es una emoción fácil de manipular. Y, como toda emoción fácil, suele producir políticas torpes: el cierre irreflexivo o la apertura irresponsable.

El impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo humano introduce un nuevo tipo de temor: el miedo al reemplazo por algoritmos.

Cada gran salto tecnológico despertó el temor de que el trabajo humano sea eliminado. Sin embargo, cuando miramos la historia, el cambio tecnológico destruye algunos empleos, transforma muchos y crea otros nuevos.

El balance, después de los ajustes, ha sido un crecimiento del empleo total y una mejora general en la calidad de vida. Esto no implica que los cambios sean indoloros.

La sociedad debe ajustarse a las nuevas pautas productivas. Algunos sectores son beneficiados y otros son perjudicados en el corto plazo: las políticas públicas deben planificar cómo hacer este ajuste soportable para los más perjudicados y que los beneficiados contribuyan equitativamente al bienestar general.

Algunos pocos empleos desaparecen porque todas las tareas que los componen se automatizan. El ejemplo clásico es el ascensorista. Otros empleos no desaparecen, pero aumentan su productividad, es decir, que la persona puede producir más en menos tiempo.

El temor es que harán falta menos cantidad de personas, pero en ausencia de distorsiones legales o corporativas, esto muchas veces no ocurre debido a la elasticidad de la demanda (es decir, que al bajar los precios aumenta el consumo).

Un producto o servicio más accesible tiende a ser más demandado (los economistas lo llaman “la paradoja de Jevons”). El resultado es que se necesitan más personas, aunque con conocimientos diferentes. La pregunta no es si habrá cambios, sino si seremos capaces de reentrenar a la sociedad en tiempo y forma para ejercer esos empleos transformados y los nuevos que surjan.

Debemos recordar que la sustitución de personas por máquinas no surge por la ventaja absoluta sino por la ventaja comparativa. El hecho de que una inteligencia artificial pueda hacer una tarea no significa que sea eficiente excluir por completo al humano del proceso.

La pregunta relevante es si la producción mejora cuando humanos y máquinas colaboran, o si la máquina, sola, produce más y mejor.

En una enorme cantidad de casos, el humano sigue y seguirá aportando valor en pasos críticos: definición del objetivo, juicio profesional, responsabilidad, negociación, empatía, interpretación del contexto o el manejo de excepciones. La evidencia sugiere que la colaboración suele ser más eficiente que cualquiera de las dos partes por separado.

Puede ser que los cambios que introduce la inteligencia artificial se aparten de lo que nos enseña la historia, pero todavía no tenemos datos que lo sugieran.

De todas maneras, la velocidad de desarrollo de la inteligencia artificial puede deparar sorpresas. Lo más destacado es que la inteligencia artificial empieza a acelerar su propia evolución: OpenAI afirma que GPT-5.3-Codex fue ‘instrumental’ en su propia creación, y en Anthropic sostienen que herramientas como Claude Code ya escriben gran parte de su propio software y permitieron construir productos internos en cuestión de días.

La conclusión es que no debemos buscar frenar la innovación. Poner trabas regulatorias, impuestos punitivos o protecciones artificiales para detener el cambio tecnológico puede dar alivio político inmediato, pero en el mediano plazo nos vuelve menos atractivos para inversiones intensivas en conocimiento, achica el ecosistema innovador y nos deja con menos productividad y peores salarios. La tecnología no se detiene: se muda.

Y cuando se muda, lo que se va con ella es el futuro.

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