Todos estamos de acuerdo con las cuatro medidas de tipo microeconómicas que anunció el Ministro de Economía, van en la línea correcta de reducir trámites, costos y plazos en algunos temas vinculados con el comercio exterior. Y podrá trabajarse en otras áreas del Estado, porque “queda mucha tela por cortar”.
Sin embargo, nuestros graves problemas de competitividad no se resuelven sólo por la implementación de medidas microeconómicas; y es en este punto que nos preocupan y sorprenden las declaraciones que, en la misma oportunidad, expresó el Ministro Gabriel Oddone.
El Ministro dijo categóricamente que “en materia de política macroeconómica ya se hizo todo lo posible” y que la mejora de la competitividad “no puede venir de la política macroeconómica” descartando medidas cambiarias y, también, medidas relacionadas a la reducción del gasto público.
En síntesis, el cuadro que pintó el Ministro es que nuestras posibilidades de mejorar la competitividad quedan restringidas, para este Gobierno, a una construcción artesanal de pequeñas medidas (necesarias pero ciertamente insuficientes) del tipo de las anunciadas la semana pasada.
Si esto fuera efectivamente así, entonces “estamos en el horno” como se dice vulgarmente. El Gobierno parece dar por perdida la batalla de mejorar la competitividad y se resigna a seguir siendo un país “caro” y poco competitivo en materia de captación o mantención de inversiones en un mundo cada vez más exigente.
No alcanza con la mirada autocomplaciente que subraya y sobreestima la importancia de ser un país democrático, estable y previsible, si no corregimos la competitividad pura y dura en tiempos de crisis mundial.
Es más, desde el Ministerio de Trabajo, para completar el panorama, se anuncia la presentación de un proyecto de ley de “preaviso obligatorio y despidos fundados, lo que, según las autoridades de gobierno busca revertir los episodios de retiro de empresas del país o de decisiones de reducción de personal, demostrando no sólo que no se entiende lo que está pasando, sino que es una señal normativa que acentuaría nuestro problema de competitividad constriñendo aún más las posibilidades de captación de inversiones.
Pero el problema más profundo es que el Gobierno no asume el error de su pronóstico sobre el crecimiento de la economía en el actual período de gobierno. En efecto, en la presentación del Presupuesto Nacional se formuló una previsión de crecimiento de la economía de 12.8% para el quinquenio, y sobre ese pronóstico se formularon los correspondientes montos de gasto público para el período.
Todos los principales analistas señalaron, desde aquel momento, que esa previsión estaba sobreestimada.
Y la vida lo confirmó. Ya es un hecho que el crecimiento para el 2025 y su proyección para el 2026 acumulan una desviación a la baja muy significativa, y esto sin considerar el impacto que la situación internacional puede agregar en los próximos tiempos.
Estamos viviendo una situación muy parecida a la del tercer gobierno del Frente Amplio. En aquella oportunidad, en 2015, el Gobierno pronosticó un crecimiento para el quinquenio del orden del 14.6% que fue señalado como sobreestimado y, efectivamente el período culminó con un crecimiento del entorno de la mitad de lo proyectado.
Igual que ahora no se aceptó la consiguiente reducción de gasto que había que afrontar y durante ese período se produjo un significativo aumento del déficit fiscal y desequilibrio en la economía acompañado de una fuerte caída del empleo de casi cincuenta mil puestos de trabajo menos.
Parece insólito pero el Frente Amplio, diez años después está recorriendo el mismo camino. ¿Por qué?
Es muy sencillo, porque el Frente Amplio se siente cómodo sólo en tiempos de abundancia y alto crecimiento, como fue el caso de los dos primeros períodos de gobierno, como resultado del rebote de la crisis de 2002 en el primer período y debido al boom de los precios de las commodities en el segundo período; y en esos períodos se expandió el gasto y se despilfarró mucho y desaprovecharon oportunidades muy valiosas.
Porque para el Frente Amplio gobernar implica siempre la expansión del gasto, independientemente de la calidad y necesidad del gasto, y no saben qué hacer cuando “las papas queman” porque se quedan sin el único libreto que conocen que es ejercer el gobierno regidos por la demagogia de que todo es posible, tal como fue su discurso de campaña.
Mientras tanto, se refugian en correcciones micro que no resuelven el problema y, más tarde o más temprano, de seguir así, volveremos a vivir una afectación del empleo, porque la economía siempre ajusta y lo hace por el lado más débil.