Textos de nadie

Difíciles son las cosas bellas”, está escrito en el Hipias Mayor de Platón. No sé si nos gusta mucho lo difícil por estos tiempos. De hecho, parecería que nuestro gusto tan intenso por la tecnología tiene mucho que ver con nuestro interés en facilitarnos la vida. La inteligencia artificial plantea un problema a nivel formativo-existencial, además de técnico y cognitivo. A fin de cuentas, el tema ya no es si la máquina piensa, de qué manera lo haría, o si puede escribir mejor que un hombre. Eso resulta ya medianamente evidente en la mayoría de los casos. Que la máquina escribe bien, correctamente, que incluso ofrece frases, imágenes y construcciones que no son lugares comunes, no sorprende a nadie. Otra cosa, por supuesto, es qué tan deseable sea.

La cuestión decisiva, en realidad, es qué ocurre con el sujeto cuando el acto de escribir ya no le es propio. El danés Kierkegaard no conoció la inteligencia artificial, pero sí ofreció un diagnóstico de una época estructuralmente análoga: una sociedad de mucha información, de comentarios y resúmenes, de opiniones rápidas, donde el acceso repentino al saber no formaba individuos sólidos, sino sujetos progresivamente desimplicados de lo que debían comprender. En su obra La época presente, Kierkegaard describe una cultura que confunde ilustración con acumulación de contenidos, en líneas similares a lo que Schopenhauer criticó de aquellos que confundían la compra de libros con la adquisición del tiempo para leerlos. Para el danés, lo que estaba en juego era la pérdida de una “educación esencial”, la capacidad de sostener un esfuerzo interior, de aguantar el tirón de lo difícil, de soportar la exigencia espiritual y psicológica que implica comprender algo verdaderamente. El conocimiento esencial se juega en la manera en que se existe, en la medida que compromete al sujeto entero. Comprender algo esencialmente implica dejar que lo comprendido modifique la relación con uno mismo; si el saber se hace impersonal, ya no es formativo. Hay que saber existir en lo que se comprende.

La escritura tiene un lugar decisivo en la conformación del sí mismo. No es solamente una herramienta ni una técnica para el conocimiento, sino un lugar para su acontecer propio. Uno no se apropia de lo significativo primero y escribe después, sino que lo hace cuando es capaz de decir desde sí, sosteniendo en la palabra la densidad de lo comprensible. Este conocimiento, entonces, no preexiste al acto de escribir, sino que se constituye en el esfuerzo mismo de la escritura. Escribir no es transmitir información ni ordenar ideas con cierta coherencia, dar cuenta de la propia sensatez, mostrar lo que uno sabe. Vanitas vanitatum. Más bien, uno existe en la escritura misma. La comprensión auténtica no se verifica en la claridad de los conceptos ni en el orden del discurso, a pesar de su deseabilidad inevitable, sino que conlleva el riesgo de sí mismo para el que escribe, si quiere dar cuenta de algo mínimamente significativo. Uno está en juego en su discurso, en su palabra. ¿Qué sucede cuando se le pide a la máquina que escriba por uno? Quizá la cuestión sea, más allá de todo dramatismo, que uno ya no está en lo que profiere. Me recuerda, en otros términos, a la “muerte del autor” de la que escribió Foucault. El texto puede ser formalmente perfecto y elegante, pero ya no parece haber nadie que exista en él.

Esta pérdida de lo propio en la (no-)escritura es una manifestación de lo que Kierkegaard llamó “nivelación”, que no es igualdad, sino anulación de la singularidad. El individuo se disuelve en la abstracción del público, de la publicidad, de lo general, se vuelve fantasmático, anónimo. En este tiempo de IA, la nivelación encuentra también otra radicalidad: palabras sin sujeto, ideas sin existencia, textos de nadie. ¿A quién leemos cuando nadie aparece en las palabras? Si escribir ya no es más un acto en que se pone en juego la existencia y deviene en mera técnica, no se pierde el texto, sino el sujeto, que se niega paradójicamente en la palabra cuyo sentido espectralmente imagina propio. Kierkegaard seguro hubiese sido implacable con esto porque la falta de esfuerzo interior desgarra la formación esencial, la constitución de individualidades pensantes, que sean capaces de existir en aquello que profieren y puedan ser, quizá, la concreción singular que anula la mera abstracción de los conceptos. Es decir, sujetos capaces de habitar sentido.

La exigencia de colaborar con la máquina para nuestra perfección, me parece a mí, podría justificarse siempre y cuando no se introduzca en el espacio entre el hombre y su palabra. Acaso sea ese de los pocos espacios “sagrados” -sí, esta palabra aún existe- que quedan a los hombres. No sería sensato tratarlo con levedad. La cultura, esa abstracción de individuos concretos, no puede renunciar a escribir por sí misma en virtud de prótesis escriturales y de pensamiento. Platón y Kierkegaard tienen razón, siglos después: lo bello sigue siendo difícil, quizá más difícil, porque todo exige ser más fácil.

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