Hablamos, por supuesto, del resultado del pasado domingo, donde el candidato de mega-ultra-súper derecha Flávio Bolsonaro terminó venciendo por dos puntos al humanista-tornero-sindicalista Lula da Silva. Si bien todavía falta la segunda vuelta, se ve difícil que Lula, cuya campaña parece haber implotado en los útimos días con ataques y reproches internos, pueda dar vuelta la cosa.
Pero el resultado permite sacar varias lecciones sobre la política hoy, en especial en eso que se da en llamar América Latina.
La primera, brevemente, una obsesión de este autor. Otra vez los resultados de una elección dejan en evidencia la distancia enorme entre la sensibilidad del mundillo periodista/comunicador/opinólogo y la sociedad en general. Si se hiciera una encuesta entre este sector del “círculo rojo” en la región, el resultado hubiera sido 99% para Lula. Y eso se nota demasiado en las coberturas. Todo el mundo habla que el resultado era una sorpresa, pero quien siguiera la política brasileña veía que Lula está viejo, amargado, y desconectado de su propia sociedad. Y que la oposición subía en cada sondeo. Es más, si en vez de Flávio, el candidato hubiera sido Tarcisio de Freitas (como estuvo planteado al principio), el resultado hubiera sido una paliza.
Pero para entender el voto de los vecinos, hay un elemento que se extiende al resto del continente. Hablamos de esa “autopercepción” de quienes se sienten de izquierda, de ser los representantes del pueblo, de los humildes, de los descastados de este mundo, en lucha titánica al mejor estilo Sao Jorge (guiñada) contra el dragón.
Esta semana veíamos un análisis del periodista Pedro Doria (lo conocimos en la redacción de O Globo.
Despegado), que anclaba en ese punto buena parte del fiasco de la campaña de Lula. Según Pedro “los votantes de izquierda creen que su problema es con la elite, pero no es así”. Lula votó muy bien en lo que en Brasil se llama clase A y clase E, o sea los más ricos y los más pobres. Incluso mejoró mucho entre los más ricos. “El problema de Lula es con la clase C, o sea la clase media baja”, explica Pedro.
La izquierda, según Doria, no logra conectar con el deseo de ascenso social de esta clase media baja, que ya resolvió algunos problemas básicos, pero que quiere seguir creciendo. Y que el modelo del trabajo estructurado, sindicalizado, estilo fábrica del siglo XX, no satisface sus ansias. Algo con lo que la “derecha-liberal”, con su modelo de desarrollo personal, de economía abierta y dinámica, el ideal del emprendedor o “self made man”, conecta mucho más.
Viendo la reacción de muchos dirigentes del PT, atacando a lo que llaman “pobre de direita”, se confirma que más allá de poses, hay un desprecio de la izquierda respecto a quien dice representar, que es digno de un sketch de “Camilo 100 pesos, el hippie de Recoleta”. Y eso, se percibe.
Hay una tercera lectura desafiante de este resultado a nivel regional, y es que el invento (de nuevo) se volvió contra el inventor. En los últimos tiempos estamos viendo un proceso de regionalización de la política sin precedentes. Cosas como Milei participando en actos de Bolsonaro, el ecuatoriano Noboa, abrazando la candidatura de De la Espriella en Colombia, o a Kast posando junto a Keiko o Rodrigo Paz. ¿Usted vio alguna vez a tantos uruguayos con la camiseta puesta de un candidato de Brasil como ahora?
Esto antes no pasaba, y la realidad política de cada país era mucho más insular. Precisamente, el gran ideólogo de este proceso fue Lula da Silva, creador e impulsor del Foro de San Pablo. Allí se juntan y coordinan esfuerzos desde 1990 grupos de izquierda de distintas corrientes y países. Y a partir de eso hemos visto cómo el PT ha apoyado a candidatos afines en todo el continente, al chavismo comprando campañas en Argentina, al kirchnerismo dando feriados para venir a votar en Uruguay, etc, etc... Por no mencionar el temita ese de los esquemas de corrupción trasnacional, que ese mismo PT ha llevado a niveles nunca vistos.
Era obvio que este movimiento iba a generar una reacción, y es así que ahora se habla de que una “ola azul” está desplazando a la”marea rosa”. Nos puede gustar mucho o nada (este autor se afilia a lo segundo), pero ese movimiento de regionalización de la política es una realidad que hoy rompe los ojos. Al punto que ver a un diputado uruguayo posando con una camiseta de un candidato extranjero, en vez de dar verguenza, es aceptado como normal. Como suele suceder con estas cosas, lo que ayer se consideraba una acción liberadora y progresista, conectada con el histórico internacionalismo de la izquierda, hoy es parte de una campaña de Trump, los tecnolibertarios, y el villano de la semana entre quienes portan morral y toman “café de especialidad”.
Y quienes se creen tan iluminados, que son capaces de decir que en Brasil hubo 57 millones de votos en favor de “la barbarie”.