Su propia medicina

El origen del insulto no lo hace mejor o peor, no hay ordinarieces buenas y populares y otras malas y oligarcas, según quien lo diga. Sería como aplicarle la lucha de clases a las ordinarieces y hasta allí el marxismo no llegó, tan detallista no fue.

El origen del insulto no lo hace mejor o peor, no hay ordinarieces buenas y populares y otras malas y oligarcas, según quien lo diga. Sería como aplicarle la lucha de clases a las ordinarieces y hasta allí el marxismo no llegó, tan detallista no fue.

Esta campaña le ha despertado al ex presidente Mujica una sensibilidad desconocida hasta el momento. Ahora se ruboriza frente al insulto, medio que lloriquea por la injusticia de ser agraviado él o su señora la senadora Topolansky. La ex primera dama recibió últimamente dos duros ataques, que rechazamos de plano. La política no es un tinglado de delicadezas pero tampoco un tablado donde vale todo sin límites. Así que los ataques personalísimos que recibió Topolanski los repudiamos. Tenemos tanto para discrepar con ella y tan de fondo que ni necesitamos ni compartimos el camino del agravio personal. Pasa por otro lado y quienes hacen eso lo único que logran es victimizarla y todos sabemos cuánto paga eso. Lo extraño es la reacción sensiblera de Mujica. Quien no hace del insulto y la ordinariez un arma política, ni la usa, está bien que se espante, pero que pida recato quien ha hecho de lo burdo y del ataque personal un arma de destrucción política, no parece honesto y por supuesto que tampoco creíble.

Recordemos algunos episodios: “No sea nabo Néber” le dijo siendo diputado en recordado programa al mejor periodista que por aquellos tiempos el Uruguay tenía. No fue una fineza hacia un profesional que se distinguía por la calidad de su trabajo. Luego siendo ministro de Ganadería lo agarró de la solapa en la Rural del Prado al ex ministro Aguirrezabala. Llegó a presidente y un día les lanzó a los dirigentes de la oposición, con increíble bajeza la siguiente frase: “¿Por qué no se van a controlar a sus señoras esposas a ver dónde andan en lugar de andar controlando estas pavadas?”. Ordinariez con la que contestó una discrepancia política legítima por esos días. ¿No es esto del mismo calibre o peor aún que lo que ahora subleva a Mujica porque la agraviada fue su señora? A un alto dirigente colorado lo trató, sin erizarse, de “pichón de Hereford sin cuernos”, y no fue precisamente un homenaje a la genética ganadera. Otro día le llegó el turno a una persona poco querida por nosotros, pero muy idolatrada por él, tanto que Topolansky dijo la semana pasada que la envidiaba; “la vieja” opinó de la presidenta argentina, demostrando su exquisitez de trato. Puede decirse que aquí entró en un terreno tan personalísimo como el que lo abruma cuando se dirigen a su esposa.

Tampoco se escapó la FIFA con aquello de que “son una manga de viejos hijos…” Siguió hace pocos días tratando de “boniato” a la Concertación, y después su señora, la ahora ofendida, lanzó un enaltecedor calificativo de “payasos” a los candidatos opositores.

No nos asustamos, la política nos endureció la piel. Seguramente a Mujica y a su señora también, aunque parece que últimamente se les afinó la epidermis. Si para hacer política les gusta embarrar al otro, no se quejen cuando les toca.

Ser popular no es ser ordinario. Se puede ser maleducado en cualquier condición social. No merece Topolansky que la enfrenten así y tampoco merecemos los demás que ellos dos sean fábricas de insultos y ahora se hagan los ofendidos, es su ley de juego.

Es como si en una película de terror, el asustado fuera Frankenstein.

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Javier García

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