Enrique Beltrán
No somos "fantásticos". Mucho menos esa tonelada de desesperanza, de país a disparar, como si en él se hubiera caído en una trampa, que a lo largo del tiempo se encargaron de pintarlo, por razones políticas. Muchos sucumbieron a esa pintura, bajo los apremios de una de las crisis más despiadadas. Esa versión tenebrosa se completaba con la de un conjunto de "hombres malos" y de sus partidos, que se había apoderado de este solar de tierra desde hace años, para sólo sus desmanes. Si acaso, cuando se fueran, recién empezaría a escribirse la historia: la sombra se haría luz, la desdicha, lluvia de felicidad, y la pedestre realidad se transfiguraría en la belleza de los sueños. Así el globo levantó vuelo.
He aquí, que en el correr de unas pocas semanas, algunas sorpresas se suceden entre esas pintarrajeadas sombras. Una de ellas es que el triunfo electoral de quienes fueron pintores eximios de esa negrura, se realiza en una jornada cívica ejemplar, en un clima de libertad y respeto, con pleno acatamiento a las normas de la convivencia democrática y bajo el signo de la tolerancia. Las excepciones a ese signo, siempre provinieron de las filas del partido que abundó en tales pinturas y pintores.
Claro que aquella realidad, no vino como maná bajado del cielo. Los "malos", que tenían la divisa blanca, unos, en su chambergo en las gestas revolucionaria, todos en el corazón, lucharon, en ello muchos murieron, acordaron con sus adversarios volvieron a luchar y a transar, para consagrar, entre otras, las libertades que permitieron a las minorías convertirse en mayorías, llegar al poder sin recurrir a la violencia, por el voto libre de su pueblo.
Aquellos "malos" abrieron el camino y medios para que los "buenos" llegaran en paz, después que lo habían intentado por la violencia, oxigenada desde afuera.
Otra sorpresa para la negra pintura y sus autores, es la forma transparente y civilizada que se viene realizando la transición, entre el gobierno que se va, y el que llega victorioso. Todo parece en un clima de tolerancia, de puertas abiertas, donde el poder derrotado colabora con el vencedor, donde los agravios parecen olvidados y las responsabilidades empiezan a ocupar el lugar de los triunfalismos. Las heridas de la lucha que podrán seguir abiertas actúan como si estuvieran cicatrizadas.
Ese acatamiento a la voluntad popular, ese cambio de gobierno en paz, pese a la virulencia de los enfrentamientos, esa disposición a facilitar el acceso al enconado adversario, es otra realidad de civilización política que contrasta con el país de los colores más sombríos, y de las desesperanzas mejor cultivadas.
En esto de las sorpresas a través de las tinieblas, una de las mayores fue la que resultó del trabajo de la Universidad Católica en valores, realizado en plena crisis de diciembre del 2002. Nos lo hizo conocer nuestro columnista Javier Lyonnet. Una de las conclusiones del libro "Los valores de los uruguayos" es el casi inverosímil porcentaje de uruguayos que se sienten felices. De acuerdo a estos índices: Un 47% de los encuestados se declaran bastante feliz; el 32 % "muy feliz", el 17 "poco feliz" y el 3 nada feliz. Las conclusiones merecen ahondar en estudios e interpretaciones más complejas, pero no deja de desafinar, a pesar de las duras penurias padecidas, con la leyenda negra de un país sin porqué, en espera de peligrosos mesianismos.
También en pocos días se conoció que según el informe de Cepal, Uruguay es el país de menor concentración de recursos, de menor grado de desigualdad en América Latina y el Caribe.
En fin: ni la euforia de la desmesura, mucho menos, el negro del desprecio y la desesperanza. Como lo definió un periodista español, es un "país a la medida del hombre". Eso es lo que dejó el legado de nuestra historia y de nuestras generaciones. Tiene muchos perfiles para enriquecer, pero no puede perder esa dimensión esencial, que a todos enaltece, a tal punto de cuidar siempre, no nos quede grande.