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Somos lo que comemos

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Simplemente estamos queriendo demostrar lo que somos”, dijo la activista trans Karina Pankievich en el año 1993, entrevistada por Canal 4 durante la primera marcha del orgullo gay, celebrada en el Obelisco. Y qué somos, se preguntará el lector, buscando despejar una duda que ha quitado el sueño al ser humano desde que se largó a andar en dos patas.

El filósofo alemán Ludwig Feuerbach, en su ensayo titulado “Enseñanza de la alimentación”, escribió: “El hombre es lo que come”. Y de allí abreva el título de esta pieza: “Somos lo que comemos”. Tal sentencia vino a la cabeza de este columnista el pasado viernes de nochecita, mientras recorría la avenida 18 de Julio en bicicleta, y curioseaba la edición 2023 de la convocatoria LGTBQ. La frase llegó con una leve modificación respecto a la original, apenas una sola letra en la última palabra, y planteaba la siguiente inquietud: ¿son las relaciones sexuales tan influyentes a la esencia de las personas?

Lo que cada uno hace en su intimidad ¿define su personalidad al punto de determinar su manera de caminar, vestirse, expresarse, pensar o incluso en su visión política?

Alejandro Dolina, otro pensador, más criollo y popular que Feuerbach, sostuvo una vez que: “Todo lo que un hombre puede hacer, sean proezas y hazañas o, simplemente, hechos destacables, lo hace por levantarse a una mina”. ¿Es real lo que dice el filósofo radial? De serlo, no solo comprendería a los hombres heterosexuales, como señala Dolina.

A juicio de este autor, las palabras “hombre” y “mina” pueden ser sustituidas por todo el resto de las opciones que integran el abanico de la sexualidad humana, y la frase resumirse en: “todo lo que todos hacemos tiene una única finalidad: la conquista sexual”.

Durante mucho tiempo, las personas con preferencias sexuales diferentes a la mayoría fueron discriminadas. Desde la dificultad para conseguir trabajo hasta ser rechazados por sus propias familias, los que se manifestaban no heterosexuales la han tenido complicada. Incluso en comunidades relativamente tolerantes y democráticas como la nuestra.

Pero eso ha cambiado. Tanto las batallas por la igualdad de derechos como la propia evolución de las sociedades, han dado como resultado la saludable tolerancia que existe en la actualidad.

Lo que se espera desde una posición neutral -sin pasiones que pesen sobre el razonamiento, sin odios ni amores engendrados por cuestiones superficiales como un ademán, una bandera, o la pareja que cada uno elija-, es que llegue el día en que la actividad sexual del prójimo sea irrelevante. El momento en que una chica trans con excelente currículo no sea rechazada de un puesto en el gobierno por su sexualidad o una lesbiana inútil y sin referencias no resulte beneficiada con un cargo municipal por el mismo motivo.

Ese día en que ninguna persona se sienta obligada a esconderse ni tampoco a pronunciarse. En que nadie use, para sí mismo ni para los demás, la sexualidad como vara de medida moral.

Recién entonces, los derechos de todos estarán garantizados y la igualdad y la tolerancia podrán celebrar que hemos dado un verdadero paso hacia adelante en el camino de la evolución como especie inteligente.

Mientras tanto, esto seguirá siendo una lucha de poder, igual a la que tienen los chimpancés por un par de bananas.

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