Sergio Abreu
Sergio Abreu

El fuego de los dioses

En la antigua Grecia, Prometeo (el previsor) era hijo de uno de los Titanes enemigos de Zeus. Prometeo se mezcló con los hombres y los encontró temblando de frío en sus cuevas.

"La humanidad debe tener fuego, sin importar lo que haya decidido Zeus”, se dijo. Entonces, robó una chispa de su relámpago y le dio el fuego a los hombres para que vivieran felices.

La pandemia que ataco al planeta nos hizo acordar al mito creado por los habilidosos griegos. Y eso fue cuando el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional hicieron previsiones preocupantes ante el impacto del coronavirus que “apagó el fuego de la economía global”.

Antes de producirse esta situación, la economía uruguaya a fines del 2019 estaba estancada, registraba una caída de la inversión, un importante déficit fiscal, una tasa desempleo superior al 8% y la deuda externa más abultada de la historia. Todo eso definido como la comprometida herencia que nos dejaran los gobiernos frentistas de los últimos 15 años.

Frente a ese escenario, la coalición partidaria que llevó a Luis Lacalle Pou a la Presidencia asumió como objetivo principal restablecer la estabilidad macroeconómica del país. Sin embargo, todas las iniciativas pasaron a un segundo plano ante el surgimiento de una pandemia que obligó al gobierno a concentrar todos los esfuerzos en combatir ese coronavirus que fundamentalmente afectó a los estratos más vulnerables de la sociedad.

La crisis sanitaria llevó al Poder Ejecutivo y al Parlamento a aprobar medidas tales como la transferencia de recursos a hogares, créditos a empresas, compensaciones salariales, prórroga de vencimientos tributarios, subsidios para los sectores más vulnerables y reducciones de los sueldos públicos superiores a los 80.000 pesos.

El Estado en su rol de garante debió intervenir para neutralizar la paralización de la economía, recurriendo a organismos internacionales de crédito, facilitando la entrega de fondos al sector empresarial, respaldando a las pequeñas y medianas empresas para evitar el desempleo y compensando a los hogares que perdieron sus ingresos mínimos, en particular a miles de trabajadores informales. La gravedad de esta situación determinó que la oposición actual apoyara discretamente el esfuerzo de todo el sistema político y que su herencia pasara desapercibida.

El gobierno actuó correctamente al disponer el aislamiento social, controlar las calles, evitar los aglomeramientos y anular el turismo sin llegar a declarar una cuarentena obligatoria. Los resultados y la valoración positiva de la ciudadanía y de las autoridades de la OMS y de la OPS son conocidos. El Presidente demostró liderazgo y eficiencia en administrar la situación y en fortalecer el sistema de salud, al aumentar el número de camas y respiradores y en capacitar a los funcionarios para cumplir con sus tareas.

Lo más preocupante resultó ser que si la economía colapsaba, los más vulnerables no tendrían ingresos para comer, pagar un servicio médico, comprar medicinas y acceder a consumos básicos. De ahí que el simplismo de oponer la vida a la economía no resultara aceptable ya que esta no es una ciencia abstracta ajena a la integridad material de la gente, y si se desplomara, afectaría la vida de la sociedad en todas sus manifestaciones.

Pronto nos enteramos que la cuarentena no mata el virus sino que lo contiene y que una sociedad no puede renunciar a vivir, por miedo a morir; y que tampoco se debió despreciar la pandemia como lo hicieron varios jefes de Estado, empezando por el presidente Trump. Si algo aprendió la humanidad fue que el coronavirus y sus mutaciones no discriminan razas, religiones, filosofías, ni toman en cuenta las ideologías de los gobernantes. Es más, que pone a prueba la naturaleza humana y convoca a los actores políticos a encontrar consensos para combatir sus efectos.

En consecuencia, el gobierno también acierta al alentar la incorporación a la actividad de varios sectores a pesar de los contagios del virus que sufriría la población. Y como lo ha hecho hasta ahora, brindará públicamente, con transparencia y profesionalidad, las explicaciones que ameriten las complejidades del tiempo que se empezará a vivir.

En conclusión, si hay algo fuera de discusión en el corto plazo, es que los gobernantes de todas las naciones tenderán al nacionalismo, porque los habitantes les exigirán atender primero sus necesidades básicas, hoy identificadas con el empleo y la seguridad. En ese proceso, deberán asumir, en especial aquellos que más riqueza y ambiciones poseen, que este u otro salvaje virus no hará distingos entre los que gozan el fuego de los dioses.

Esta realidad demuestra que diseñar una sociedad a la medida de una ideología ya no es posible. A las expresiones de tantos líderes con pies de barro, se sobrepone el deseo de los pueblos de encontrar respuesta a dos problemas: la productividad de la economía y la eficiencia operativa del Estado en garantizar la salud. Sin esos pilares, ya nadie podrá “robar el fuego” de los dioses y dárselo a los hombres.

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