Se vienen los blancos

Difícilmente nuestras palabras reflejen lo imponente de este día, difícilmente se pueda trasmitir en una columna el significado de esta fecha para los integrantes del Partido Nacional y con mucha más dificultad lo entenderán quienes no pertenezcan a la divisa de Oribe, nuestro recogimiento al conmemorarse el centenario de la muerte del Gral. Aparicio Saravia.

Como era de esperarse, una figura de tanta envergadura volvió a levantar polvareda. Algunas con fundamento, producto de un debate histórico que seguirá por varios cientos de años más y otras producto de una liviandad que linda con la estupidez a la que lamentablemente tenemos que asistir por estos días.

Lo cierto es que se cumplió con el objetivo: en todo el Uruguay se habla de la gesta saravista.

Esto es bueno para los blancos, recordar su impronta, su ideario austero, libertario, republicano y democrático. Recordar el carisma de una familia signada por la tragedia de ver morir a tres hermanos en la lucha por las ideas, de aprender del significado del honor. Sirvió para valorar los sacramentos nacionalistas que nos dejara el General: "Dignidad arriba y regocijo abajo", "Habrá patria para todos o patria para nadie" o de pertenecer al "Partido de los hombres que suben y bajan pobres del poder". Fortalece el vínculo a una colectividad que se aferra a sus valores y no a resultados coyunturales, que homenajea las derrotas como bofetada a los triunfalismos de turno, que condena irreversiblemente todo desvío a su sentido de ser y que definitivamente se proyecta hacia el futuro con las banderas que hacen más uruguayos a nuestros ciudadanos.

También fue bueno para todos nuestros compatriotas, a los que la historia oficial nunca les permitió abordar los logros de Aparicio en su justa forma, para conocer de verdaderas revoluciones, las que no tienen por objetivo llegar al poder sino que se gestan para defender los intereses nacionales, permitió conocer la bravura y despojo de miles y miles de compatriotas que dejaron todo, no para acceder a ningún cargo de gobierno, sino por el contrario para hacer de la Patria de Artigas la tierra de libertades que hoy es reconocida en el mundo entero.

Fue bueno para los viejos, que desparramaron sus lágrimas de emoción en recuerdo de algún héroe de aquella época, fue bueno para los jóvenes que por fin empiezan a descubrirse en lo que definía perfectamente Wilson al referirse a los uruguayos como una comunidad de valores que no necesitan reflejarse en ningún extranjero para sentirse orgulloso.

Hoy los pabellones nacionales saludan al General, con respeto reconocen la muerte de uno de los principales hacedores del país que representan y anuncian sin saberlo la nueva llegada del más acérrimo enemigo de cualquier tiranía conocida o por conocerse.

Hoy, cuando a las cuatro y media al pie de su monumento el clarín dé paso al minuto de silencio comenzará a brotar la energía rebelde que se necesita para asumir la conducción nacional, comenzará a surgir la revolución del nuevo siglo, la que garantizará la vuelta de la patria para todos, la que valora la visión integral y federal de los problemas acuciantes, y dará paso al levantamiento más temido e inesperado que hará verdaderamente hacer temblar las raíces de quienes por imperio de la confrontación y el resentimiento piensan que ya son gobierno.

Como una y mil veces, como hace cien años, será el Partido de la Nación quien nuevamente se levante y ande, seremos los blancos quienes ofreceremos la totalidad de nuestro tiempo para homenajear a Aparicio como se merece, no para ganar una elección sino para desde el Gobierno devolverle a nuestros compatriotas su legado más sagrado que no es otro que el de tener la libertad de definir su propio destino.

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