El 9 de abril de 1965 -ayer hizo 50 años- el Dr. Enrique Sayagués Laso caía abatido a las puertas de su Estudio, Rincón y Misiones, baleado por un médico a quien sumariaba en una mutualista. A los ocho días, el 17, falleció en el Hospital Maciel.
El 9 de abril de 1965 -ayer hizo 50 años- el Dr. Enrique Sayagués Laso caía abatido a las puertas de su Estudio, Rincón y Misiones, baleado por un médico a quien sumariaba en una mutualista. A los ocho días, el 17, falleció en el Hospital Maciel.
Modelo de catedrático gestor de claridades, perdió la vida a manos de un obnubilado por las peores negruras. Profesor de evidencias, se encontró con el límite de todo pensamiento nítido: la capacidad de comprensión y valoración del interlocutor que le toca en suerte. Maestro de doctrina y teoría, murió mártir de la abogacía práctica.
Al partir, su Tratado de Derecho Administrativo tenía una década de consagración. Medio siglo después, vibra y vive en el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y en la administración toda.
Riguroso al resumir opiniones ajenas, el Tratado es rotundo al sustentar sus tesis que califica de “exactas”. Fiel a la nitidez de la pedagogía francesa, sin oscuridad ni confusión entrelaza principios, rigor lógico y plasticidad vital. Su precisión fijó rutas para el pensar creativo. Sus conceptos cardinales -competencia, jerarquía, discrecionalidad, arbitrariedad- pervivieron en la gran cátedra -Real, Martins, Cajarville, Delpiazzo- y en todo el quehacer administrativo.
Sayagués integró una pléyade de Maestros -Justino Jiménez de Aréchaga en Constitucional, Eduardo J. Couture en Procesal, Ramón Valdés Costa en Tributario, Antonio M. Grompone en Filosofía- que fraguaron su ideario desde los cimientos. Traspasaron cada especialidad y pusieron el Derecho nacional al servicio del hombre entero, defendiendo y reclamando la unidad final de la persona. Esa generación enseñó lógica jurídica y argumentación antes que a esas armas las patentasen Perelman, Von Wright, Alexy o Atienza.
Siempre el Derecho ha forjado mártires que han pagado con la vida su militancia principista o su voluntad de servicio. En nuestro país nos vienen a la memoria Alejandro Nin Novoa, Julio Borrás, Federico Brassó, junto al crimen múltiple que segó la vida de la jueza Mariflor Contreras, su alguacil Ana Brea y Rafael Inchausti. Todos nos merecen conmovida reverencia.
Pero bien enseñó Ihering que el Derecho solo existe como lucha, y por eso el quehacer jurídico tiene pasta de martirio, no solo en el sacrificio mayor de la existencia sino en la mortificación diaria que nos infiere la incesante reaparición de las miserias humanas y la exigencia constante de nuevas batallas para vencer oscuridades e impedir más retrocesos del convivir que los que a gatas se soportan hasta ahora.
Sí: la abogacía, aventura del espíritu y compromiso de la persona, es un profesar que, a pesar de sus deformaciones desprestigiantes, renueva genes de sacerdocio.
Pero el Derecho no es cosa solo de abogados y tribunales. Es respuesta de las conciencias comunes ante cada injusticia. Por eso, junto a los mártires forenses que hoy evocamos desde Sayagués, sentimos como una vergüenza nacional la fosa común de olvido a que han ido a parar todos quienes en estos tiempos perdieron su vida o quedaron mutilados por secuelas de la ineducación de los sentimientos y la debilidad del Derecho. Ahí tenemos: hoy junto a Sayagués, sello epónimo del Derecho, yace un taxista que solo salió del anonimato por haber sido vilmente asesinado hace dos días.
Y todos esos mártires, nos imponen revalidar el juramento que nos llama a vitalizar la Constitución para volver a ser nosotros mismos.