Luciano Álvarez
La voz de David Rousset debiera resonar en las cabezas de todos aquellos que ven el dolor humano limitado por las estrechas anteojeras de la ideología. Rousset nació en 1912 en Roanne una pequeña ciudad del centro Sur de Francia. Estudió filosofía y literatura en la Sorbona, se convirtió al socialismo, luego al trotskismo, en el que militó activamente entre 1934 y 1946. En 1943 fue detenido y pasó dos años en campos de concentración. En 1948 fundó con otros intelectuales un efímero partido situado entre socialistas y comunistas y por fin, convertido en un "gaullista de izquierda", fue diputado hasta 1971, cuando abandonó la actividad política. A lo largo de toda su vida no dejó de escribir. Fue periodista, pero también publicó ensayos y novelas de enorme valor. Murió el 13 de diciembre de 1997 en París. Por encima de sus similitudes con otras biografías intelectuales, David Rousset merece una posteridad singular que trataré de explorar a continuación.
Al regreso del campo de Buchenwald, en abril de 1945, estaba al borde de la muerte, pero logró recuperarse. Mientras convalecía en Saint Jean des Monts, una pequeña localidad sobre la costa atlántica, acompañado de su esposa y sus hijos, dos viejos amigos, Maurice Nadeau y Merleau-Ponty, le pidieron un artículo sobre su experiencia en los campos de concentración para la Revue International, que acababan de fundar. El resultado fue una serie de tres artículos convertidos inmediatamente en un breve libro de 200 páginas: El universo concentracionario (1946). El concepto que titula la obra es fundamental; no se trata del testimonio particular de una víctima sino un insoslayable intento de comprensión de un verdadero universo humano, con sus peculiaridades y matices. Rousset recupera, a medida que dicta su trabajo, la memoria de ese mundo terrible del trabajo forzado, sin libros, sin lecturas que fue, dice, "el comienzo de una experiencia excepcional, de una inmensa riqueza para mí. El campo de la lectura estaba cerrado. Pero yo descubría a los hombres".
Esa percepción comienza a socavar el mundo de abstracciones intelectuales en las que había vivido: la revolución, la humanidad, el socialismo. David Rousset, comenta Tzvetan Todorov, "comprendió que el sufrimiento de los seres humano era irreductible a categorías," que no se explica simplemente por el estatuto político social o la organización a la que se pertenece. También comprende que el "Universo concentracionario" no es un mal privativo del nazismo sino que sus rasgos, seguramente, son compartidos por todas aquellas experiencias políticas que aniquilan la libertad. Por lo tanto quien lo haya vivido se enfrenta a un deber moral, la lucha contra el modelo. "Su experiencia, por dolorosa que fuese, -dice Todorov- no debía permanecer aislada ni sacralizada; era preciso instrumentalizarla".
El 12 de noviembre de 1949, lanzó en Le Figaro Littéraire, un llamamiento a todos los deportados de los campos nazis, proponiendo la creación de una Comisión Internacional contra el Régimen Concentracionario (CICRC), integrado exclusivamente por cuantos pudieran acreditar la condición de ex deportados en campos de concentración nazis, al margen de su ideología o militancia política. Se trataba investigar lo que estaba ocurriendo en la Unión Soviética, en el campo socialista, pero también en Grecia y España. En su llamado dice: "Es, precisamente, vuestra tarea más importante como ex deportados políticos. (...) Los otros, quienes nunca fueron concentracionarios, pueden alegar la pobreza de la imaginación, la incompetencia. Nosotros somos profesionales, especialistas. Es el precio que debemos pagar por el exceso de vida que se nos concedió".
La reacción de los comunistas no se hizo esperar. Los artículos de publicaciones como L`Humanité, Les lettres francaises o Temps modernes se poblaron de epítetos: "perro sarnoso", "hitlerotrosquista", "asesino de la CIA", o "hiena estilográfica".
Pierre Daix, redactor jefe de Les lettres francaises publicó un largo artículo en el que sostenía que en la URSS sólo existía el trabajo correctivo, mientras acusaba a Rousset de un intento destinado a distraer la atención de las injusticias del mundo. Se hizo una separata de 200.000 ejemplares que antiguos deportados comunistas, con el conocido uniforme a rayas, vendían en las bocas del metro de París.
En enero de 1950, Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty, antiguos camaradas y amigos renegaron de Rousset en un editorial de "Les Temps Modernes" cuya actualidad conceptual es escalofriante: "...cualquiera que sea la naturaleza de la sociedad soviética actual, la URSS se sitúa grosso modo en el equilibrio de fuerzas, del lado de los que luchan contra las formas de explotación que conocemos…". Muchos antiguos amigos le abandonaron y atacaron, incluido el comunista alemán Emil Carlebach, compañero de cautiverio a quien había dedicado su formidable libro Los días de nuestra muerte (1947).
Durante los siguientes doce años Rousset siguió trabajando en su proyecto del CICRC. "Al no disponer de medios financieros, -recuerda Todorov- sólo podían contar con la acción voluntaria, viéndose cada uno obligado, por lo demás, a ganarse la vida; las reuniones se celebraban en la cocina, en el apartamento de uno u otro". El CICRC publicó los resultados de sus investigaciones tanto sobre los campos de trabajo en la Unión Soviética y en China como sobre las prisiones en España y Grecia, el encarcelamiento en Túnez y la tortura en Argelia.
Germaine Tillion, célebre etnóloga que apoyó con fervor la empresa de Rousset, diría que para defender lo Justo y lo Verdadero, a veces hay que afrontar grandes sufrimientos con valor. Pero en esos casos suele contarse con "el apoyo, continuo y profundo" de amigos y camaradas. Por el contrario se necesita otra clase de valor "cuando Verdad y Justicia exigen que nos enfrentemos también a nuestros amigos, nuestros camaradas, nuestros íntimos". David Rousset exigía superar la tentación del rebaño que nos paraliza, puesto que "nuestros afectos o nuestros odios saben hallar, en la ambigüedad de las cosas, sutiles razones para maquillar nuestras cobardías". A quien le caiga el sayo, que se lo ponga.