Río revuelto

El sorprendente, o no tanto, resultado electoral del pasado domingo en Argentina ha desencadenado una serie de diversas reacciones de aquel y este lado del Plata. Parafraseando al Marqués de Santillana: a río revuelto, ganancia de pescadores.

El análisis buenos aires-centrista no recaló en la posibilidad que el hartazgo de una parte importante de los argentinos en las provincias manifestara su cansancio político no yendo a votar, o apoyando al único candidato que aún no tuvo tiempo de cansar a nadie. Lo que sí acordamos muchos, con matices, es que el resultado tiene como factor predominante el descreimiento de la gente. El descreimiento en dos corrientes políticas que han pasado más tiempo echándose culpas en shows de discusiones vacías que solucionando los problemas que ellos mismos generaron. Asumo que la gente no se siente atraída por lo que propone Milei en términos generales, que tiene mucho de fantasía y poco de realismo, sino por la posibilidad de que quienes estuvieron y quienes están al mando, se vayan. El famoso “que se vayan todos”. El fenómeno Milei, que no es nuevo ni novedoso en la región, es síntoma de una enfermedad peligrosa.

Esquivando esta arista de análisis, el domingo pasado una serie de acontecimientos dejó evidencia de que algo está en vías de extinción. No me refiero a la muerte política del kirchnerismo, cosa que dudo seriamente. En una elección interna con características distintas a la nuestra, la mejor analista y comunicadora política argentina, que sigue siendo Cristina Fernández de Kirchner, adivinó un resultado de tercios que deja abierto el escenario frente a octubre.

La sorpresa fue que Javier Milei encabezó los tercios a muy poca distancia de Juntos por el Cambio, que a su vez le sacó un solo punto de ventaja al ministro-candidato Massa y su Unión Por la Patria.

La primera pista implícita de un tiempo que cambió es el propio resultado de Milei. Me refiero a un solo elemento que no tiene que ver con la actualidad económica, ni la propuesta del candidato, sino con la práctica ausencia de una estructura política tradicional. En las internas o las PASO, el resultado suele ser muy dependiente de esta y La Libertad Avanza no tuvo delegados en la enorme mayoría de los circuitos de votación en los que ganó. Su candidatura llegó con sumo éxito a determinados segmentos jóvenes de la sociedad. Utilizó vehículos y formas discursivas particulares, dignas de este tiempo, que las tradicionales estructuras políticas no supieron apropiarse. En criollo: logró llevar a votar jóvenes y hartos, sin que nadie los pase a buscar por su casa. La plataforma de redes sociales -particularmente las de predominancia de usuarios jóvenes como TikTok-, los mensajes breves y potentes con la estridencia discursiva de sus planteos, sumados a la bala de plata de ser “el nuevo”, fueron la base de su victoria.

Al mismo tiempo, la sensación periodística de las transmisiones de la jornada electoral fue Tomás Rebord. El joven streamer en su canal de YouTube juntó figuras como Mario Pergolini, Luquitas Rodríguez y su tropa de Paren La Mano, Carlos Maslatón, Ofelia Fernández y varios más, para hacer un extenso stream descontracturado y divertido, pero lleno de información y análisis que promedió las 100.000 personas viéndolo.

Sumado a su gran impacto y multiplicación en las redes sociales, el método Rebord les deja a las transmisiones tradicionales de los grandes medios mucho para aprender. Segundo acontecimiento de un tiempo distinto: un joven “cualquiera” puede hacer su recorrido independiente por una plataforma, juntando figuras de su mundo y de otros para llegar con un producto amigable y amigado con estos tiempos y destronar a los grandes canales. Mínima solemnidad y amarillismo, con una efectiva mezcla de seriedad y humor permanente. Logra además algo sumamente positivo y novedoso: acerca personas jóvenes a consumir información política, genera espacios de intercambio respetuoso entre distintos, y encima se divierten. Y se nota.

Claro está que el resto de los principales candidatos de estas PASO también usan las redes sociales, también segmentan su público y utilizan big data.

Simplemente su presencia allí parece impostada y para nada orgáni-ca. Están siguiendo un guion de asesores y un ejército que intenta transformar al candidato en algo que no es. Dominar el mundo de los 10 a 60 segundos de atención no es fácil ni imitable. Del mismo modo, no es solo transmitir por YouTube. Es el for-mato, los invitados, su lenguaje y su humor, cómo se visten, desde dón- de comparten opiniones, el vínculo cultural-musical, y mucho más. Todas ellas expresiones distintas, dig-nas de un tiempo distinto, con el que un segmento importante de jóvenes y no tanto se siente identificado y a gusto.

Tampoco esto indica que lo anterior se terminó para siempre. Lo que vemos por primera vez, es el claro triunfo de las nuevas herramientas sobre las anteriores. Este triunfo trae desafíos y grandes peligros con los que ya convivimos.

El enfrentamiento y la provocación como herramienta, la banalización y los discursos vacíos, las fake news, la simplificación y concentración discursiva, la pérdida del oficio político, la responsabilidad y la cercanía con la gente, entre otros. Asumir que vivimos con una pantalla en el bolsillo que emite y recibe información 24/7, y que solo tenemos ventanas de segundos de atención, es inevitable. Cómo hacer convivir exitosamente lo mejor de ambos mundos, es la piedra angular del tiempo político que vendrá.

Nada de esto sería posible ni exitoso sin una coyuntura propicia y favorable para que suceda. Parece serlo entonces, ese río muy revuelto que es Argentina. Milei y Rebord son dos pescadores distintos de ese río. Donde el streaming joven le ganó al canal solemne, y las redes, la segmentación y los mensajes breves pero potentes le ganaron a la vieja y poderosa estructura política.

A río revuelto, ganancia de pescadores.

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