Postales de fin de año

Parece que la mejor forma de medir la contaminación del agua de las playas es fijándose en los niveles de enterococos, algo que la intendencia de Montevideo hará recién dentro de dos años: ella se guía por el nivel de coliformes. Si nos atenemos a la normativa del Ministerio de Ambiente, la playa Pocitos ha estado pasada en más del doble del límite aceptable, por ejemplo. Además, en comparación, Argentina tiene una exigencia de enterococos casi diez veces mayor que lo que fija Ambiente. Con los criterios argentinos, varias playas de Montevideo están pasadas en aproximadamente veinte veces los límites tolerables para poder tomar baños sin contaminación fecal. Veinte veces.

Aquí pues una postal del país: gente bañándose en aguas súper contaminadas con materia fecal y sin disponer de aviso oficial alguno que señale tal contaminación. Al contrario, cuentan con un servicio de guardavidas incólume y con banderas ora amarillas ora verdes, de manera de disfrutar a pleno tan particular experiencia. Además, no hay nada de qué preocuparse, ya que el intendente declaró que la “bañabilidad” de las playas de la capital está en muy buenas condiciones. Él no baja en Pocitos.

Se inauguró el Parque Mauá en uno de los puntos más lindos de Montevideo. Edificios abandonados y semiderruidos, con una vegetación salvaje y un entorno sucio con gente en situación de calle que allí mora. Alcanza con ver las fotos: parece Sarajevo en 1994. Sin embargo, esta iniciativa de la intendencia, junto al ministerio de Industria y al Municipio B, que llevó siete años para concretarse, es definida como una conquista ciudadana de la Asamblea Permanente por la Rambla Sur. De verdad: esos vecinos de esa zona están muy contentos de haber impedido que se radicara una inversión inmobiliaria privada moderna y con puerto propio. Lograron, con tesón, instalar un orgulloso tugurio público. Felices con su mugrero.

Fin de año trae consigo importantes fiestas religiosas. En el pasado Uruguay logró ser un país cabalmente laico: los espacios públicos eran neutrales acerca de expresiones religiosas, a la vez que ellas podían expresarse con total libertad dentro de sus respectivos templos. Hace tiempo que todo eso se perdió: el municipio E armó un lindo arbolito por Navidad en calle San Marino; el CH instala (o deja instalar) una Januquiá por Janucá en Trouville; y en distintos lugares del Interior los avances de las manifestaciones religiosas en los espacios públicos se viven con total naturalidad.

Ayer una estatua de Iemanjá; mañana un pesebre en una plaza; y pasado mañana llegarán las demandas de comidas especiales de cinco musulmanes (que serán 500 luego y 5.000 más tarde) en las escuelas públicas: no habrá mayorías para pararlo, porque ya casi nadie entiende nada de laicidad. Ya hubo, incluso, un proyecto de ley pro- religioso y de espantosas motivaciones en la pasada legislatura. No prosperó, quizá porque no incluyó a la Iglesia del Monstruo del Espagueti Volador entre sus beneficiarios. Por supuesto, el respeto por los ateos que queremos vivir sin imposiciones religiosas en espacios públicos se terminó hace años. Y guay con quejarse, porque los creyentes balbucearán, acusadores, el mote de jacobino. Y se victimizarán.

No son lindas postales. Pero son del Uruguay de 2025.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar