Poder político e ideología

No cabe dudar que las mayores ideologías del siglo veinte fueron por orden de aparición, el comunismo y el fascismo. Enzarzadas en una guerra a muerte su centuria, que bien puede distinguirse como el siglo de las ideologías, concluyó con la derrota militar del fascismo a mediados del mismo. Por su lado el comunismo, designado con más precisión como marxismo-leninismo, implosionó internamente a fines de la década de los ochenta. Aun cuando, consideradas como cosmovisiones políticas, ninguna de ambas desapareció totalmente del panorama político. Las dos se transformaron y por más que relativamente debilitadas, terminaron, en su mayoría, como expresiones del actual neopopulismo. De izquierda el comunismo, de derecha el fascismo. Dicho sea esto sin perjuicio de la subsistencia de países de naturaleza propiamente comunista, como es el caso de Cuba o de Corea del Norte, regímenes de importancia más bien museística.

Este recorrido ratificó que, a diferencia de lo que parecía en el tiempo de su aparición, ambos constructos, pese a su enfrentamiento, admitían una categoría común: el totalitarismo. Un concepto inclusivo, enemigo mortal del liberalismo, que inicialmente aportado por Hanna Arendt y algunos politólogos norteamericanos, motivó una de las más reñidas confrontaciones teóricas del siglo pasado. En una disputa entre quienes insistían en la libertad individual y la vigencia de las instituciones de gobierno, como valores insuperables y los “totalitarismos” abocados a la priorización de colectivos supra individuales como la raza o la clase. Desde comienzos del siglo XXI, este cauce común de naturaleza populista, pese a su debilidad conceptual, sigue revelándose, en ambos flancos, como un gran desafío interno, surgido de las propias entrañas de la democracia liberal y su relativa desatención a la problemática social.

A la vez, otros restos supervivientes del comunismo fundador, como es el caso de China solo apelan al mismo como sustento de sus arcaicas super estructuras políticas. Partido único, marxista en su perfil, y mercado capitalista en su base económica, con la consiguiente propiedad privada de los medios de producción, resultan ser la combinatoria escogida. Una configuración a la que también parece acercarse la Federación Rusa, mediante la conducción, cada vez más solitaria, de Putin.

De hecho, todo ocurre como si estos alineamientos propiciaran una nueva guerra fría, y una peligrosa vuelta al desafío atómico, donde los conductores o líderes, nuevamente adquieren relevancia. Algo que define a la mayoría de los regímenes populistas, que sustituyen la ideología por el poder, la confrontación y la lucha contra un rapaz enemigo al que definen como “la casta” o la oligarquía, pero no identifican más con la burguesía explotadora. Izquierda y derecha subsisten pero ya no descansan en su visión de la economía ni en la propiedad de los medios de producción. Ahora, a diferencia de lo ocurrido en el siglo anterior, cuando el enfrentamiento era mayormente ideológico, se funde, como en el pasado, en razones de naturaleza geopolítica. Democracia y populismo, como contradicción a resolver, definen el nuevo mundo político.

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