Pauci sed boni

IGNACIO DE POSADAS

El gobierno dice que quiere trabajar con la oposición para alcanzar un acuerdo de políticas de Estado en materia de educación.

Si bien nada genera tanto escepticismo como la creación de comisiones, esto tiene, al menos, un trasfondo positivo: el gobierno reconoce que la educación es un desastre y, por más que resulte difícil creer en su capacidad y voluntad para hacer algo, hay que abrirle una cuota de esperanza.

Más aún, hay que ayudar en lo que se pueda para evitarle al país otro fracaso. Quizás anestesiado por una coyuntura económica que permite muchas posibilidades de consumo, la gente no está percibiendo la magnitud de la bomba de tiempo que el país está gestando.

En una conferencia de la Academia Nacional de Economía, el Dr. Claudio Sapelli pintó la magnitud del drama con una gráfica, tan sencilla como impactante: un estudio hecho sobre varios países, Uruguay incluido, que mide en la línea horizontal el grado de diferenciación social y económica, y en la vertical, el de desigualdad en la educación. Cuanto más a la derecha está un país, mayor desigualdad de nivel y calidad de vida y cuanto más arriba, mayor inequidad en la educación. Así medidos, la mayoría de los países estudiados muestran lo que uno esperaría: los de más a la derecha son también los ubicados más arriba en la coordenada vertical. Algunos, los que están haciendo las cosas bien, son más desiguales económica y socialmente que en sus resultados educativos. Eso significa que en esas sociedades los hijos vivirán mejor que sus padres. Sólo un país, el Uruguay, se ubica por la mitad de la línea horizontal (relativamente igualitario), pero al tope de la vertical (flagrante desigualdad educativa). ¿Traducción? Muy fácil: estamos fabricando para nuestros hijos una sociedad groseramente desigual.

Hay que ayudar y una forma de hacerlo es sugerir que los protagonistas aprendan de la experiencia internacional comparada, evitando la tentación de querer inventar la rueda. En esa línea, hay un trabajo reciente en The Economist (17/9/11), muy recomendable por ser claro, conciso y correcto. Comienza señalando que nadie en el (resto del) mundo, discute la seriedad de las pruebas PISA y que (en todo) el mundo, los sindicatos, grandes trancadores de reformas, esgrimen tres excusas para justificar los malos resultados de los sistemas educativos (nótese que no discuten que son pésimos). Excusas:

1) poca plata.

2) diferencias sociales.

3)culturas que no valoran la educación.

Subraya el Economist que la primera es la que más ha sido desmentida por la realidad: "Muchos de los veinte países económicamente más avanzados… duplicaron o triplicaron su gasto educativo en términos reales, entre 1970 y 1994, sin embargo, los resultados en varios de ellos se estancaron o retrocedieron. El director de análisis de PISA, "cree que sólo algo del 10% de la variación en la performance de los educandos guarda alguna relación con plata".

La segunda excusa tiene más evidencia empírica a su favor, pero "la relación es mucho más variable que la sugerida por los igualitarios de la educación: Australia, por ejemplo, tiene grandes diferencias de ingresos pero entró… noveno en las más recientes pruebas PISA; China, que se está convirtiendo rápidamente en una de las sociedades más desiguales del mundo, terminó primera".

En cuanto a la cultura, "… ciertamente es un factor. Muchos padres asiáticos prestan mucha más atención a los resultados de los exámenes de sus hijos que homólogos occidentales… pero no sólo ocurre que algunos países occidentales tienen performances bastante buenas, sino que también hay entre ellos enormes diferencias".

Entonces, ¿cuáles son las claves? No hay fórmula mágica, pero la evidencia en el mundo apunta a cuatro temas:

1.- Descentralización: en el sentido de dar poder a los colegios en áreas que van desde contrataciones hasta aspectos curriculares. Por "Colegio", se entiende no sólo la dirección, sino también los docentes y los padres.

El artículo del Economist no hace referencia al fenómeno de la autonomía que gobierna nuestra realidad educativa, pero probablemente porque no existe en parte alguna del resto del mundo.

2.- Libertad a los padres para elegir el colegio (lo que, dicho sea de paso, está en nuestra Constitución).

3.- Foco en los alumnos con dificultades: lo que contradice los criterios igualitarios y facilistas que dominan nuestra educación pública.

4.- Altas exigencias a los educadores. Tampoco menciona el artículo que para este objetivo lo peor es que haya un monopolio (directo o por vía regulatoria) en materia de formación docente, pero debe ser por la misma razón ya apuntada.

El artículo explica que estos elementos no son meramente teóricos. Han sido comprobados por estudios de campo en diversos países.

¿Y qué hay de introducir más competencia? Al respecto se señala que la experiencia no es unánimemente obvia en todos lados, pero reconoce sí que el crecimiento en EE.UU. de los "charter schools" (financiados por el Estado pero gestionados por privados), "… ha traído dinamismo a una de las áreas más duras para reformar" (los barrios pobres de las ciudades). Añado que la experiencia en Madrid de los llamados colegios "conveniados" es también muy positiva.

Como le aconsejó el Quijote a Sancho respecto al gobierno de su ínsula, mejor "pocas pragmáticas pero buenas".

O, como decían los latinos: Pauci sed boni.

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