Y sí. Tarde o temprano iba a pasar. Después de tantos años llevando la autopercepción a una categoría sagrada que no acepta preguntas ni matices, nadie puede indignarse si alguna persona decide tomarse el principio al pie de la letra.
Se tienen que quedar calladitos y cruzar los dedos para que no cunda el ejemplo y les arruine el pastel.
¿Qué le van a decir? ¿Que hay un dress code obligatorio para las personas transgénero? Permítame que me mate de risa.
Todos la vimos venir. Era tan solo una cuestión de tiempo para que alguien entendiera las reglas del juego mejor que sus propios creadores y les pegara la tomada de pelo más elegante jamás vista.
Cuando leí la noticia la semana pasada, no pude menos que ponerme de pie y aplaudir al protagonista de esta historia. ¡Chapó, madame!
¿Que de quién estoy hablando? De la empleada del mes. Una flamante funcionaria del BROU, denunciada ante el Comité de Ética de la institución por haber accedido a un cupo destinado a personas trans, sin parecer trans.
Sí, leyó bien. La objeción no es legal. Es estética.
Esta persona concursó en un llamado amparado por la Ley 19.684, llamada “ley trans”, consiguió el puestoofrecido y empezó a trabajar en el banco estatal.
Pero como no se pinta los labios y su aspecto es el de un hombre “cis heteropatriarcal”, la polémica inevitable estalló.
Y eso que en su interior -y ante la ley- es una mujer.
Además, mantiene su nombre masculino -digamos, Rodolfo- y en redes sociales sigue mostrándose como tal.
¿Cómo hizo entonces para conseguir un trabajo reservado para personas transgénero? Facilísimo. Tanto que cualquiera podría intentarlo mañana mismo.
Le bastó con presentarse en el Registro Civil, declarar que ya no se autopercibía como hombre y solicitar el cambio de género.
En un sistema donde la autopercepción no se discute, el trámite prosperó sin obstáculos y Rodolfo pasó a ser mujer ante la ley.
Lo del nombre tampoco debería ser excluyente.
Ignacio María era un jugador del plantel de la selección de Tabárez en Sudáfrica, Andrea Pirlo un elegante número 10 italiano, y mi viejo tiene un amigo llamado Rosario.
Según consignó El País, la denuncia que llegó al Banco República sostiene que hubo un “uso abusivo e inmoral de una ley defectuosa”, en perjuicio de personas que realmente han atravesado disforia de género.
Pero ella, Rodolfo, se mantiene firme en su postura.
Y respondió con la misma lógica que hizo posible todo esto: “¿Quién tiene la capacidad de decir cómo me identifico?”
La serpiente se mordió la cola.
Mientras redacto esta columna, pienso cuántas personas sin trabajo estarán a esta hora haciendo fila en el Registro Civil para cambiarse el género y presentarse en un nuevo concurso para trans, afrodescendientes o cualquier otra minoría oprimida, de las que abundan.
A no dormirse.
Los cupos son limitados.