Paralelas que siguen paralelas

Carlos Maggi

En 1907, J.P. Morgan vio desmoronarse el sistema financiero en Estados Unidos; era inmensamente rico, compró bancos fundidos, devolvió depósitos por cifras fabulosas hasta restablecer la confianza y se quedó con una fortuna incalculable.

El domingo pasado Paul Krugman un profesor de Princeton que colabora regularmente en el New York Times, publicó en medio del cataclismo financiero más grande de todos los tiempos, una nota breve anunciando el porvenir.

Bajo el título: "Gordon Brown, el primer ministro británico ¿salva el sistema financiero mundial?", escribió:

-Henry Paulson, Secretario del Tesoro de los EE.UU., despreció la idea del ministro inglés, dijo que estaba destinada al fracaso y anunció su plan de 700 mil millones de dólares, dedicados a la compra de títulos envenenados, respaldados por hipotecas incobrables, todo sobre la base de la teoría… ¿Qué teoría? En realidad, nunca quedó en claro qué piensa este hombre confuso.

El miércoles 7 de octubre, Gordon Brown y sus funcionarios anunciaron un plan concreto: grandes inyecciones de capital en los bancos británicos; la asistencia se haría efectiva cinco días después.

En la cumbre europea, celebrada el domingo 12 de octubre, las principales economías de Europa continental se declararon dispuestas a seguir el ejemplo de Gran Bretaña: inyección de cientos de miles de millones de dólares en los bancos, garantizando cada banco lo que recibiría.

El señor Paulson -después de desperdiciar varias preciosas semanas- parece que se inclina, ¡ahora! por comprar participaciones bancarias en lugar de malos papeles de malas hipotecas; aunque le rechina tanto la solución, que avanza con una lentitud paralítica.

Pero la política a seguir no tiene marcha atrás; hay una visión clara de lo que hay que hacer y punto.

Una pregunta queda colgada: ¿por qué la visión clara llega desde Londres y no desde de Washington? (hasta aquí Paul Krugman).

Al día siguiente de publicado este artículo, el mundo le dio la razón a Krugman, dos veces: en todo el mundo se vio renacer la confianza, las bolsas de valores empezaron a recuperarse y por si fuera poco, Krugman recibió el premio Nobel de economía; que por supuesto no tomó en cuenta su acierto periodístico, sino la obra académica del profesor de Princeton.

Parecería que es hora de justificar el título de esta nota, que es la continuación de la nota publicada el domingo pasado: ("Plutarco, dos crisis paralelas") donde se dijo que la crisis iba a ser corta y se mostró que los países gigantes se enferman de gripe financiera, del mismo modo que los países pequeños.

Ahora vamos a comprobar que grandes y chicos deben tomar los mismos remedios.

Hacia 1985, cuando los militares uruguayos fueron vencidos por convencidos y decidieron entregar el poder pacíficamente, los partidos políticos que revivían, organizaron un foro donde intercambiar ideas y lograr acuerdos: la Concertación Nacional Programática (Conapro) que funcionó a fines del año 1984.

Allí se supo la mala noticia: los tres bancos privados más grandes, estaban en dificultades gravísimas: Comercial, Caja Obrera y Pan de Azúcar.

Raro ejemplo de conducta colectiva impecable: muchos ciudadanos de todos los partidos quedaron perfectamente enterados de ese desastre brutal y nadie difundió la noticia que hubiera precipitado una corrida en el momento más delicado, a punto de iniciarse la transición en paz de un régimen de fuerza al sistema democrático.

No hace mucho Sanguinetti me comentaba, que mientras decía su discurso en el Senado, en su carácter de nuevo Presidente de la República, le pasaba por la cabeza, una y otra vez la amenaza con la cual empezaba su gobierno: una crisis bancaria inevitable.

La reserva había sido absoluta, pero eso no componía la situación que cada día resultaba más insostenible.

El gobierno eligió bien a Ricardo Pascale para presidir el Banco Central y a Federico Slinger para presidir el Banco de la República; y ellos fueron los héroes de una rapsodia homérica gloriosa y silenciosa.

Entre todas las soluciones eligieron la solución de Gordon Brown en el año 2008 y de J.P. Morgan en 1907: comprar los bancos fundidos.

El Comercial, el banco privado más grande del Uruguay con profusión de sucursales, fue comprado, digamos, en un dólar y la Caja Obrera y el Pan de Azúcar en cifras similares.

Para llegar a esta solución, con los bancos funcionando normalmente, hubo más de una entrevista tensa y espantosa con algún presidente de banco en bancarrota, completamente desprevenido.

Fue un proceso dramático que amagaba suicidios, pero los presidentes Slinger y Pascale, como parte de su trabajo, almorzaban en El Águila, ante le tout Montevideo, fingiendo despreocupación y alegría.

-Aquí no pasa nada -y tragaban ansiedad.

Mientras tanto el Central pulía sus instrucciones particulares para cada banco quebrado: el República arreglaba su interna para pasar por estrechos corredores.

Felizmente, en ese año de 1985, todavía estaba vigente la primera Carta Orgánica del Banco Central que preveía con más astucia, los malos momentos que en la actividad financiera son inevitables.

Sólo el tiburón antediluviano vive sin enfermarse; y cuando los bancos se enferman la epidemia ataca a un pueblo o al planeta entero como estamos viendo.

En 1965, se fundió el Banco Transatlántico, el tercer banco privado del Uruguay y su bancarrota arrastró un cortejo de veinte bancos más pequeños. El Departamento de Emisión del República no estaba preparado para manejar semejante turbulencia.

En 1966, se reformó la Constitución y fue agregado un artículo 196, muy parco, que dice:

"Habrá un Banco Central de la República que estará organizado como un ente autónomo".

En 1967 al iniciarse el gobierno, se aprobó mediante una ley de urgencia (Nº 13.608) la primera Carta Orgánica del Banco Central que aportaba una gran sabiduría:

-"Los bancos del Estado podían comprar total o parcialmente bancos privados" (art. 27).

Y al pie de esa norma expresa, que luego fuera irresponsablemente derogada, se salvó la crisis del año 1985, como si nada, cuando se recobró el Estado de derecho.

De esta historieta que muestra dos casos paralelos, saco conclusiones:

1) La historia juzga por los hechos sucedidos; y no juzga por los hechos evitados.

2) Los intelectuales uruguayos tienen poca memoria. No tuvieron una norma para superar el desastre del Banco Transatlántico; la crearon en 1967 y la derogaron después sin pena ni gloria.

Ahora el mundo muestra hasta dónde esa norma era prudente y necesaria.

Azote corto

Sabiendo que hay 700 mil millones de dólares para pagar créditos incobrables; y sabiendo que en todos los países evolucionados se repite el remedio (inyectan dinero grande en el sistema financiero), cabe pensar que esta crisis global cambiará muchas cosas, pero que su azote no será largo.

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