Cuándo comenzó el deterioro en el comportamiento de las grandes potencias y la decadencia de los valores que, bien o mal, habían guiado la conducta global a partir del final de la Segunda Guerra Mundial? Hoy, los países perciben que la ONU se han convertido en una irrelevancia, que el Consejo de Seguridad y el Capitulo VII de la Carta de la organización mundial ya no ofrecen un mecanismo viable para mantener la paz y que las grandes potencias que ofrecían un cierto liderazgo y previsibilidad para el funcionamiento del sistema internacional, han optado por el aislacionismo o siguen sus intereses más egoístas, sin mayor pudor ni consideración por las consecuencias de largo plazo de sus conductas. Nos hemos internado en una nueva carrera de armamentos.
El caso de Europa occidental es sintomático.
A la caída del Muro de Berlín siguió un período que se caracterizó por dos elementos clave. El primero fue la ilusión de que Europa occidental podía superar las diferencias de la Guerra Fría y expandir sus inversiones y su comercio con Rusia. Varios países europeos terminaron dependiendo del suministro de gas natural y petróleo de su antiguo rival. La teoría era que el desarrollo de las relaciones económicas conduciría a la convivencia pacífica y la evolución democrática en Rusia. El segundo fue el famoso “dividendo de la paz”: las sociedades de los países europeos redujeron con entusiasmo sus presupuestos militares para aumentar su gasto social.
Todo se desmoronó el 24 de febrero de 2022 cuando Rusia invadió a Ucrania. El despertar de los países europeos ha sido doloroso. En la actualidad la inversión en armamentos de los países europeos es mayor a la que tenía al final de la Guerra Fría.
El segundo despertador es el efecto Trump. Este, probablemente con razón, afirmó con crudeza lo que sus antecesores habían pensado o expresado con demasiada diplomacia: los países europeos miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte no invertían en defensa lo que correspondía y se habían acostumbrado al protector paraguas defensivo nuclear y convencional que les suministraba el contribuyente de los Estados Unidos.
En el último año, el presidente de Estados Unidos ha acentuado la crisis de la OTAN de otras formas menos constructivas. Propuesta de anexionar Canadá (Canadá es uno de los principales socios en la OTAN); declaraciones sobre apoderarse de Groenlandia (que pertenece a otro socio de la OTAN, Dinamarca); política que parecería intentar apaciguar a Rusia y retacear asistencia a Ucrania; la decisión de atacar Irán sin consultar previamente a sus socios europeos; y, ahora, sus amenazas de abandonar la organización definitivamente.
Resultado: el Canciller federal alemán, Friedrich Merz, dijo en febrero que era necesario prepararse para la posibilidad que los Estados Unidos no cumplan en forma incondicional con el compromiso de defensa colectiva que constituye la piedra fundamental de la OTAN. Este compromiso ha sido la base del sistema de defensa de la organización desde su principio.
La moraleja es que los países medianos y pequeños, deben velar por sus intereses por sí mismos, no bajar la guardia, y menos confiar en los paraguas de seguridad que (imaginan) les suministran terceras potencias.