Nochebuena y Navidad

Ruben Loza Aguerrebere

Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad. Ya se escuchan campanas sobre campanas anunciando el nacimiento del Niño en Belén.

Posiblemente a usted, mañanero lector, en estos días le suceda como a mí. A medida que se acerca la Navidad comienza a aflorar la melancolía, que es un sentimiento que piensa, y a la memoria le da por dispararse hacia los nidos de antaño, aunque no haya pájaros ya. Repasamos los días que se han fugado y el corazón se nos afelpa de sentimientos. Es natural. Pensamos en algunas flaquezas, en tristezas emboscadas, también en las alegrías, y nos damos cuenta de que apenas somos una brizna, un parpadeo. Es que el hombre es la criatura más fuerte y la hierba más débil.

Mientras las agujas caminan hacia la medianoche, empezamos a mirar en nosotros y a mirar en los otros. Procuramos sentirnos mejores, nos atrevemos a peinar nuevos sueños y alentar verosímiles esperanzas. Con una mochila abierta por corazón, dejamos un beso en mejillas queridas, para recibir idéntica ofrenda.

Desde lejos, desde siempre, se acercan las voces de los villancicos con su repiqueteo sonoro y su sencilla poesía, y esa música es capaz de hacernos temblar por virtud de las emociones.

Y somos capaces de cantar, con una felicidad niña recuperada, cosas así: "Una estrella se ha perdido y en el cielo no aparece, en su cara se ha metido y en su rostro resplandece".

Porque un niño nace en Belén, infinito, y para compartir con todos. He ahí su simbolismo. La Navidad es nacimiento, y todo nacimiento es motivo de alegría porque da cabida a la vida y a su hermana gemela, la esperanza. La Navidad no es una fiesta privada, pues de ser así sería demasiado terrible. Nos atañe a todos porque Dios no puso límites. Sólo hay un espectáculo tan triste como un ángel sin Dios, y es el del hombre que no confía en el hombre. Eso habla de la soledad del alma.

Todo esto, entonces, nos anima a mirar a lo lejos, procurando retemplar el corazón, a pesar de los pesares que hubiere. Nos acerca más a los seres que amamos, para que juntos podamos tratar de que no se nos escape una sola migaja de felicidad. Y nos ayuda a escuchar voces que dejamos de oír. Y sabemos que estamos vivos y que en nosotros -y por nosotros- continúa vivo cuanto estuvo vivo.

Por ello, mañanero lector, esta Nochebuena, que por algo se llama así, me atrevo a invitarlo a la esperanza. Dejemos que alma suba hasta la superficie. Y así podremos sentirnos fraternos, cerca del arbolito navideño o el pobre pesebre tan pobre como aquél. Demos gracias, con ilusiones renovadas, y cuando escuchemos a un ruiseñor anunciando el nacimiento, levantemos la copa y brindemos, como en la primera Nochebuena, por todos los hombres de buena voluntad. Pero hagámoslo todos. ¡Feliz Navidad!

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