No hay peor ciego...

En los tres últimos artículos que publicamos en esta página -todos bajo el título “Entre libertad y despotismo”- reseñamos en grandes líneas la evolución del pensamiento político ocurrido a partir de la irrupción, en 1848, del pensamiento de Marx y Engels, dentro de lo que entonces conformaban las corrientes y pensadores que postulaban un mayor grado de justicia social.

También expusimos que luego de un largo período en que la doctrina marxista se impuso en la discusión interna del pensamiento socialista, finalmente se produjo una clara -y a veces violenta- escisión que culminó en independizar marxistas y no marxistas, colocando, por un lado, al Partido Comunista y por otro, a la Socialdemocracia.

Históricamente, ese divorcio definitivo e irreductible entre marxistas y no marxistas se originó, por un lado, desde la reflexión teórica rechazando el dogma marxista y, por otro, desde la constatación empírica que se produjo a medida que se instauraba y desarrollaba el régimen de la dictadura del proletariado en la Unión Soviética -extendiéndose a Europa del Este- y en China continental, conducido por un partido único que generaban el aniquilamiento de todo vestigio de libertades, con la instauración de un “terrorismo de Estado” feroz, y con pretensión de universalizarse, lo que se logró en vastas porciones del planeta.

En América, en particular, desde 1958, se instaló, con idéntica ideología y ferocidad, la “dictadura del proletariado” que hace 65 años esclaviza, asola y hunde en la miseria al pueblo de Cuba.

En nuestro país -en cambio- desde su fundación, en el Frente Amplio han convivido el grupo conformado por los comunistas (PCU), los socialistas marxistas (PSU) -a los que se sumó el MPP años después- con el grupo de los sectores socialdemócratas, convivencia que se logra poniéndose de acuerdo en un programa de gobierno común, pero eludiendo la consideración de las cuestiones fundamentales de filosofía moral y política, que se trasunta en las ideologías opuestas, que cada grupo sustenta.

Asimismo, a través de los años, han logrado mantener esa convivencia, con dos procedimientos prácticos: por su lado, los marxistas no hablan de su objetivo fundamental -no renunciado- de procurar instalar la “dictadura del proletariado y la sociedad sin clases” y, por el suyo, los socialdemócratas se hacen los distraídos cuando se trata de dar su opinión sobre los gobiernos extranjeros que instalaron efectivamente esa “dictadura”, esclavizando a sus pueblos.

Precisamente, Carlos Liscano, intelectual de izquierda recientemente fallecido, de elogiable independencia de criterio, integrante en su juventud del MLN, preso durante 13 años en la dictadura militar, Subsecretario de Cultura y Director de la Biblioteca Nacional en los gobiernos de Tabaré Vázquez y Mujica, a ello se refiere en su último libro, que sugerentemente titula: “Cuba, de eso mejor ni hablar”, donde señala en 150 páginas, con pruebas lapidarias, los abusos del régimen cubano y el silencio cómplice de los portavoces de la izquierda latinoamericana.

Sin embargo, la extraña alianza y el equilibrio de las fuerzas antagónicas en el Frente Amplio -las democráticas y las no democráticas- durará -cómo han hecho siempre en todo el mundo-hasta que las no democráticas logren lo que los teóricos marxistas llaman el “poder hegemónico”, traicionando a sus ocasionales anteriores aliados que ingenuamente confiaron en su buena fe.

Lamentablemente, hoy es claro que las dos candidaturas a la Presidencia propuestas por el Partido Comunista y el MPP conforman una mayoría abrumadora que les conferirá ese poder frente al menguado espacio político de la Convocatoria Seregnista y Progresista (CSP), último baluarte socialdemócrata que lucha por sobrevivir en ese medio que les es ideológicamente hostil.

La insistencia en el tema viene a cuento en esta oportunidad porque luego de leer el reportaje del día domingo 4 de junio realizado en El País al Contador Astori, se confirma el agravamiento de la disyuntiva que se les presenta a los dirigentes socialdemócratas.

En el largo reportaje, Astori plantea esa situación en los siguientes términos: “Somos parte de CSP porque creemos que el FA necesita una corriente, un flujo de opiniones y acciones que de alguna manera contribuya a equilibrar las fuerzas internas. En donde, por un lado el Partido Comunista y por otro lado el Movimiento de Participación Popular, ocupan un lugar importante”.

Más adelante, cuando el periodista le pregunta sobre la Corriente Seregnista Progresista explica: “Diría que es una corriente del pensamiento que se plantea en las grandes transformaciones que tiene que ver con el mediano y largo plazo y, al mismo tiempo, propuestas que tienen mucho que ver con el equilibrio que debe existir en una fuerza como el FA entre la unidad y el respeto a las diferencias. En el Frente Amplio no sólo hay diferencias sobre temas electorales, sino también programáticos e ideológicos. Tenemos que trabajar para superarlas”.

Es evidente que Astori destaca que la diferencia con el Partido Comunista y el MPP no sólo es electoral sino mucho más profunda, pues alcanza también a lo programático y, más aún, a lo ideológico.

Todos los uruguayos sabemos que en los 15 años de gobierno frentista, Astori y los dirigentes socialdemócratas tienen el mérito de haber impedido no sólo que el gobierno cayera en la tentación del populismo -lo que también él se encarga de destacar en la entrevista- sino también que los sectores radicales de la izquierda nacional se desviaran de la senda de la democracia y el respeto de la libertad y el Estado de Derecho, enfocando hacia la lucha de clases, como cuando los “ultras” reclamaban el “giro a la izquierda” en el gobierno antes de las últimas elecciones.

Pero los tiempos han cambiado; progresivamente la izquierda democrática, ubicada en el Frente Amplio -que bueno es decir, no es la única que existe en nuestro país- no comulga de las prácticas políticas de los socios radicales, ni de su adhesión, defensa o justificación de los totalitarismos de izquierda, que abundan en nuestro planeta y han advertido que la justicia social se puede lograr sin arriesgar ni comprometer los valores de la democracia política, de las libertades y los derechos humanos.

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