Ni premio ni retiro

Las discusiones entre los blancos sobre cómo debe conformarse el próximo directorio de su partido derivaron en un asunto de llamativo interés. ¿Debe el futuro presidente del directorio ser a la misma vez integrante de una de las cámaras o le corresponde renunciar a esa banca para dirigir su partido?

Luis Alberto Heber lanzó la idea al anunciar su candidatura. Aclaró que en caso de ser elegido renunciaría al Senado para disponer de tiempo para su nueva función. El anuncio fue llamativo, por cuanto Heber es un legislador de larguísima trayectoria y sorprende que quiera dejar un escenario donde siempre se movió como pez en el agua.

A partir de ahí creció la argumentación de que sería saludable que quien ganara esa presidencia se abocara solo a esa función.

No es la primera vez que dentro de los partidos surge este debate respecto a qué cargos debe renunciar quien asume la función de dirigir al partido como tal.

Pasó hace unos años cuando la senadora socialista Mónica Xavier se postuló para presidir la Mesa Política del Frente Amplio y se le dijo que antes debía renunciar a su banca. En las pasadas elecciones, para seguir como presidente de la Mesa Política, Fernando Pereira no se presentó como candidato a ningún cargo electivo.

En filas coloradas, el secretario general del partido es el senador Andrés Ojeda que además fue candidato a la presidencia. Antes que él, esa función la cumplió Julio María Sanguinetti, que había sido precandidato colorado en 2019 y que pese a no tener cargo electivo en el momento en que fue secretario general, era y sigue siendo un innegable referente en su partido y en el país.

Cuando surgió la discusión respecto a Mónica Xavier, recuerdo haber escrito una columna argumentado que no era apropiado pedirle que dejara su banca para presidir la Mesa Política.

Al contrario, veía positivo que quien tenía una función de liderazgo dentro de un partido, lo fortaleciera al ejercer además una tarea representativa, para la cual fue elegida.

Si bien Uruguay es un país presidencialista, tiene una fuerte veta parlamentaria. Por eso defendí entonces y otra vez ahora, la saludable compatibilidad de ambas funciones. En los países parlamentarios, para ser líder de un partido primero debe ser diputado por su distrito. Y accede a ser jefe de gobierno, no porque formalmente se lo elija como candidato sino por el solo hecho de ser el líder de su partido. La dirección de un partido ejercida simultáneamente con la banca, le da a ese liderazgo mayor presencia y prestigio.

La discusión no es meramente formal, más cuando el Partido Nacional está por definir sus nuevas autoridades. Quien lo dirija deberá atender varios frentes a la vez, distintos entre sí, para lo cual necesitará desplegar todo su talento político además de un firme sentido de responsabilidad.

Una de sus tareas será enviar mensajes claros desde el terreno a los dirigentes intermedios, a los militantes y a los votantes para que el partido se ubique con coherencia ante la coyuntura y no quedarse en una postura meramente reactiva: criticar lo que el gobierno haga mal y responder cuando el gobierno cuestione la presunta herencia maldita dejada por la Coalición. Hay que responder sí, pero no quedarse en eso sino ir más allá de un simple reflejo defensivo que siempre termina por debilitar.

Por eso, debe convencer de que los logros de su gobierno serán parte de su mejor historia, para que votantes y dirigentes (y a veces estos más que los primeros, que son los que menos dudan) se sientan orgullosos de lo realizado.

En ese sentido, se trata de un partido que está en una sitial muy particular. Es el segundo partido más grande del país, es el socio más importante de la Coalición y desde que retornó la democracia puso dos presidentes al frente del país. Esto obliga a asumir responsabilidades y a actuar con generosidad: a pensar como gobernante. Presidirlo no puede ser ni un premio consuelo ni un retiro decoroso. Hay trabajo que hacer.

Aquello de que “así somos los blancos” y ante cualquier irritación “nos vamos a las cuchillas” hoy no corre. Se trata de un partido obligado a moverse con otra seriedad. La parte folclórica de la idiosincrasia blanca será linda, pero los votantes quieren otra cosa. Necesitan ver a un partido que despliegue solidez, que esté atento a lo que la gente necesita y no a lo que manda el círculo interno e íntimo, a veces preso de rencillas sin sentido.

Si quiere seguir ocupando ese estratégico lugar, quienes integren el directorio tendrán una crucial tarea en formar y consolidar a los nuevos dirigentes. Prepararlos, hacerles entender que en esta coyuntura hay que estar por encima de la puja local y de la interna: mirar hacia afuera, hacia arriba y hacia adelante.

Por eso el Partido Nacional necesita un directorio integrado por gente de fuste, con energía, con liderazgo, actualizado, pensando en el partido que se viene, no en el que fue. Y si su presidente resulta ser legislador, que mantenga su banca. Será sano.

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