Nacionalismo y piedra

Ricardo Reilly Salaverri

Hay que sacarse de arriba en las próximas urnas al sistema internacionalmente entreguista como no se conoció nada igual desde la Cisplatina, ineficiente y corrupto, que saquea al país en lo nacional y municipal, particularmente en Montevideo, Canelones y Maldonado.

El Partido Nacional, que es el partido de la nación, debe hacerlo. Se ha construido sobre la base de la afirmación de lo nuestro, de la no intervención extranjera y la autodeterminación de los pueblos, de la democracia y la libertad, del enfrentamiento a la estatización de la sociedad, del respeto por los derechos humanos, y de la solidaridad social expresada en su promoción de la legislación fundamental sobre derechos laborales y en el ámbito de la seguridad social.

Ha admitido siempre posiciones encontradas que deberían ser enriquecedoras. Y, digo deberían, porque tuvo tiempos en el pasado siglo hasta 1958 dentro del sistema de ley de lemas y doble voto simultáneo, que llegaron a haber dos partidos nacionales, el herrerista conducido por el Dr. Luis Alberto de Herrera, y el independiente, encabezado por numerosas personas de amplio prestigio social que votaron por separado.

Lo anterior fue una de las causas para que el Partido Colorado gobernase durante noventa y tres años. Iré selectivamente a la experiencia que tenemos los que votamos por primera vez en 1966.

En 1971 cuando la crisis económica y social daba pasto para que las aves de rapiña hiciesen su agosto, los comunistas armaron el Frente Amplio, dentro de la estrategia promovida por Moscú -cabeza del proyecto del por entonces viviente imperio soviético- para acumular fuerzas con facciones políticas diversas. Surgió entonces con carisma incomparable la figura de Wilson Ferreira Aldunate. Fue renovación, con elan incontenible. Hacia allí, con la candidatura presidencial de Wilson, marchó una parte mayoritaria de la dirigencia partidaria y la opinión pública. Dentro de la ley de lemas, otros -los herreristas- marchamos tras la candidatura presidencial del General Oscar Mario Aguerrondo.

La primera línea -inteligentemente- apuntó con éxito a disputar el electorado de la izquierda al flamante conglomerado que se alineó en el Frente, y lo logró. El precio lo pagó el herrerismo porque mucha gente nacionalista no quería sumar el voto a una mayoría que se insinuaba que estaba cercana a la propuesta frentista.

Las elecciones las ganaron los colorados y el Presidente de la República electo fue Juan María Bordaberry.

En las elecciones de 1984 a la salida del gobierno de facto, con Wilson Ferreira preso, algunos voceros de su grupo político -con el Dr. Alberto Zumarán como candidato a la Presidencia de la República- proclamaron loas a los tupamaros y comunistas por todo el país. Los que trabajábamos desde la Unión Nacionalista y Herrerista, con Dardo Ortiz como candidato a Presidente, todos los día veíamos cómo gente del riñón partidario se volcaba a los colorados, que lucían un discurso menos confrontativo y más tranquilizador.

El presidente electo fue finalmente el Dr. Julio María Sanguinetti.

Estos recuerdos son opinión de un soldado nacionalista incondicional, parte de una franja partidaria que existe y no es menor, que teme por algunos indicios que la dirigencia partidaria nos lleve a tropezar otra vez con la misma y vieja piedra. Hay que evitarlo.

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