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Moral y política

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Es sostenible, que la izquierda, en cuanto tal, mantenga superioridad sobre la derecha en sus principios morales? Ignacio Sánchez Cuenca así lo sostiene en un libro cuyo título es justamente “La superioridad moral de la izquierda”, publicado en 2018 en Madrid.

Allí el autor, sostiene que esta superioridad surge al trasladar al ámbito político concepciones éticas propias. Para estas el hombre solo es libre cuando no sufre ni interferencias ni dominación económica o de otro tipo. La izquierda, desde antes de Marx, busca eliminar toda forma de opresión, explotación e injusticia, de manera que en sociedad todos puedan desarrollar sus capacidades. Un ideal imbatible.

Lo hace a través de sus diferentes ideologías, desde el anarquismo, tan convencido de las injusticias del capitalismo que propone revertirlo a través de una revolución espontánea, impuesta a través de la clase obrera sindicalmente organizada, o como propone el marxismo, como consecuencia del desarrollo histórico estimulado por el partido del proletariado.

En cualquier caso, la derecha, apoyada en el mantenimiento del orden, para ella una suerte de segunda naturaleza, la tradición, el nacionalismo, la familia y el esfuerzo individual, no está en el plano ético en condiciones de competir con las luminosas promesas de su rival. La ventaja moral de ésta proviene precisamente de su afán de trascendencia, de su capacidad para proponer hacia el futuro una sociedad totalmente nueva, apta para suprimir el menor atisbo de injusticia. Eso brinda a sus militantes un aire de altiva superioridad hacia los restantes mortales, basada en ofertas inconmensurables en sus proyecciones a los tibios proyectos reformistas de sus pares derechistas. Además de su convicción que su programa, en atención a su verdad, deba aplicarse sí o sí, venciendo cualquier negativa que se oponga a su concreción, sean cuales sean sus consecuencias.

Como es sabido, esta convicción ha llevado en el plano histórico a las peores barbaridades. China, la URSS, Europa del Este han generado, invocando su pureza, a las más crueles autocracias, plagadas de millones de cadáveres. Tal la distancia entre una moral fulgurosa, la necesidad, por ello, de implantarla a toda costa y una ideología, que apoyada en tal presupuesto jamás pudo coincidir con la tolerancia, la moderación, el respeto ajeno y el cálculo racional de sus propósitos. Solo la social democracia, situándose en el centro izquierda, ha podido mediar entre ambas ofertas, adaptando su ideología democrático-reformista, a una transformación moral impostergable.

En los últimos años algunas cosas han cambiado en la izquierda. No solo ha abandonado la revolución (con la excepción del Partido Comunista Uruguayo), sino que propone aumentar la fiscalidad a ricos y grandes empresas, revertir privatizaciones, mejorar salarios, imponer rentas mínimas, propiciar la igualdad de género, reducir la pobreza, etc. Ninguna de tales medidas ajena al capitalismo. Todas de origen social demócratas. Lo que sí no ha cambiado es su anterior apoyatura moral, esto sin lograr advertir la incongruencia entre un planteo ideológico reformista y su cimiento ético, tan utópico como lo fue en el pasado.

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