Una Argentina vio la muerte y resurrección del gobierno de Javier Milei. Una seguidilla de escándalos de corrupción mancharon al mismísimo presidente y su todopoderosa hermana. Posteriormente, el oficialismo sufrió duras derrotas en las urnas de las provincias de Corrientes y Buenos Aires y, a renglón seguido, el país quedó al borde de un colapso financiero del que fue rescatado por el presidente estadounidense Donald Trump.
Pero en los comicios legislativos que parecían extenderle el certificado de defunción política, lo que se produjo fue el milagro de la resurrección por obra y gracia del jefe de la Casa Blanca al pronunciar las palabras que sonaron a fatal advertencia: si el gobierno pierde las elecciones legislativas “nosotros nos retiramos”, o sea, olvídense del rescate megamillonario cuyo mero anuncio evitó el colapso financiero.
A partir de esas palabras, el voto de millones de argentinos ya no tenía que ver con apoyar o castigar al presidente ni con compartir o no su ideología, sino con conjurar una de esas crisis que han vivido tantas veces y que los pone en pánico recordar.
Fue extraño el triunfalismo que exhibieron Milei y su entorno, así como la ola de respaldo que mostraron las encuestas tras la milagrosa resurrección política ocurrida en las urnas. Estaba a la vista que lo ocurrido era el naufragio de la política económica de Milei y su ministro Luis Caputo, por la centrifugación masiva de dólares hacia el exterior, sin que ingresen divisas al país.
Al rescate de ese naufragio no lo hizo un piloto de tormentas local, sino el presidente de Estados Unidos prometiendo la masiva inyección de divisas que la economía mileísta no produce sino expulsan.
Se entiende el voto que giró en U y se direccionó en dirección contraria a una debacle económica, pero no el triunfalismo oficialista ni la ovación social evidenciada en las encuestas. Esa ovación, en todo caso, debió ser para Donald Trump y no para los timoneles de la deriva y el peligro de naufragio.
Que al menos por esos días Argentina pase del “yanquis go home” al “yanquis come here” es más comprensible que hacer de cuenta que el mérito radica en los despachos que rodean la Plaza de Mayo.
Algo similar ocurrió en el fútbol argentino. La cúpula de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) creó de un día para otro un premio hecho a medida de los puntajes obtenidos por Rosario Central.
Una cosa es que se decida crear el título Campeón de Liga para premiar al club que más puntos sume en los subsiguientes torneos Apertura y Clausura, y otra cosa es crearlo y entregarlo al club que había sumado esos puntos en los torneos ya transcurridos.
Los jugadores y los hinchas del gran equipo rosarino que actuaron con dignidad deportiva, no festejaron la obtención de un título creado a medida. Tanto en la política como en el fútbol, los fanáticos festejan “triunfos”, no méritos.
Quizá eso explique por qué el fútbol argentino está supurando corrupción en cantidades industriales. La consecuencia de mirar para otro lado cuando el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, tejía negocios turbios mientras el país ovacionaba los campeonatos internacionales que ganaba la selección del capitán Lionel Messi.
Argentina llegó embriagada al 2026, pero a lo largo del año en curso se verá que novedades surgen de casos de corrupción como el robo de fondos para la atención de discapacitados y como el caso Libra: la promoción de una criptomoneda que hizo el mismísimo presidente posibilitando una mega-estafa.
Milei también tendrá que demostrar que puede permanecer los dos años que le quedan de mandato sin insultar a nadie ni vociferar obscenidades, sosteniendo el sano silencio que mantuvo en los últimos meses por imposición de Trump y del secretario del Tesoro Estadounidense Scott Bessent, quienes al salvarlo de los naufragios económico y electoral le exigieron pasar de la confrontación a los consensos.
En el año iniciado también la economía tiene que aprobar una materia adeudada: demostrar que flota y navega hacia buen puerto sin que el Tesoro norteamericano tenga que rescatarla de derivas y naufragios.