Maduro, el último refugio del canalla

Se valió del “último refugio del canalla”, lucubrando una jugada patriotera mediante un confuso referéndum con escondrijos para ocultar derrotas. Aún así, quedó a la vista la estratagema que, finalmente, sólo parece servir para opacar aún más su turbia imagen.

Cuando el ensayista inglés Samuel Johnson escribió en el siglo XVIII que “el patriotismo es el último refugio del canalla”, parecía estar viendo, entre tantos personajes grotescos y trágicos, al general argentino Leopoldo Galtieri ocultándose “tras un manto de neblina” para salvar su declinante poder mediante una guerra en Malvinas. Y también a Nicolás Maduro, sacando de la manga la carta del Esequibo para que los venezolanos cierren filas y lo apoyen en una gesta expansionista.

Esa región, que desde 1966 está bajo control de Guyana y pendiente de resolución final en el marco de la ONU, posee una naturaleza exuberante y una riqueza minera que se compara a la de la Cuenca del Orinoco. A la mina aurífera Omai, una de las más grandes del planeta, las exploraciones de la Exxon Mobil añadieron el descubrimiento de reservas petroleras inmensas en el llamado Bloque Stabroek, en la plataforma marina que corresponde a esa región.

Por eso el régimen que encabeza Nicolás Maduro y que llevó Venezuela a una calamitosa bancarrota, decidió recurrir a esa causa a la que siempre adhirieron los venezolanos, con dos objetivos a la vista: encontrar más recursos para intentar resucitar la destruida economía del país caribeño, y jugar esa carta nacionalista para recuperar adhesiones en una sociedad que está demostrando hartazgo con la realidad que impuso el chavismo residual.

Que la jugada demagógica de Maduro pueda derivar en un conflicto militar con Guyana, no le quita la importante porción de razón histórica que Venezuela tiene en este diferendo.

Los mapas del periodo colonial español incluían el territorio que se extiende al Oeste del Río Esequibo en la Capitanía General de Venezuela. Tras adquirir lo que había sido la Guyana holandesa, los británicos corrieron la llamada Línea Shomburgk, acordada en el siglo 19 con la ya independiente Venezuela. Esa línea había sido trazada por el explorador al servicio al servicio de Londres, Robert Shomburgk pero, aún así, la corrieron arteramente hacia el Oeste para acrecentar el territorio de la Guyana Británica. Al menos eso denunció Estados Unidos cuando empezó a aplicar la Doctrina Monroe: América para los americanos.

Posteriormente se denunció a Londres por influir mediante presiones y sobornos el laudo arbitral que se llevó a cabo en París en 1899. Con el aval de Washington, esas pátinas de turbiedad opacaron la razón que heredó del Reino Unido, al independizarse en 1966, la República Cooperativa de Guyana. Como fuere, poco antes de retirarse de ese rincón sudamericano, los británicos acordaron con las autoridades venezolanas que la cuestión debe dirimirse en el marco de la ONU, donde el diferendo por la región Esequibo quedó en un limbo, pero bajo el control de Guyana hasta la resolución final.

Chávez no prestó atención al tema, pero en la medida en que el régimen residual que dejó su muerte fue agravando la bancarrota económica y las penurias de Venezuela, la idea de recuperar Esequibo con una maniobra “galtieresca” fue creciendo.

Tras las primarias opositoras que en octubre, con dos millones y medio de votos, coronó a la disidente María Corina Machado como candidata presidencial en las elecciones del año próximo, ante el fortalecimiento opositor de cara a esos comicios que, por presión norteamericana para mantener suspendidas las sanciones económicas, el régimen tendrá que efectuar y de manera transparente, Maduro recurrió a ese viejo litigio.

Pero como el nivel de rechazo de la sociedad al calamitoso régimen es tan alto, se dotó el referéndum de una complejidad apta para maquillar derrotas. Como en el cuarto oscuro, cada votante debió votar (apoyando o rechazando) cinco propuestas, a la hora de anunciar el escrutinio se podía anunciar, como cifra de votos, la alcanzada contando cinco votos por cada votante.

Por eso al anunciar las cifras, el titular del Consejo Nacional Electoral, Elvis Amoroso, habló de 10 millones de votos. En los mismos términos se expresó la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Pero más tarde apareció Maduro hablando de diez millones de “votantes”.

La diferencia es oceánica. Diez millones de votos son dos millones de votantes, mientras que diez millones de votantes son cincuenta millones de votos. Y eso amén de los votantes que se habrían inventado, ya que los periodistas que recorrieron los centros de votación no registraron largas filas de votantes sino todo lo contrario.

Todo está en duda menos lo evidente a simple vista: Maduro recurrió al “último refugio del canalla”.

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