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Los monopolios

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A finales del siglo pasado existió en Uruguay y la región un enfrentamiento entre lo público y lo privado. Se presentaba lo estatal como ineficiente, burocrático y costoso. Lo era.

Como solución alternativa se proponía que fueran privados los que asumieran actividades y negocios que llevaba adelante el Estado.

La discusión pública fue planteada en esos términos de enfrentamiento entre lo público y lo privado.

La consigna no a las privatizaciones versus inversión y eficiencia ganó espacio en muros de las ciudades y periódicos. La ineficiencia estatal era, sin lugar a dudas, un gran inconveniente.

Pero se erró al creer que la solución era ir a lo privado. El problema no era que las actividades fueran públicas.

Era que fueran monopolios.

En el caso estatales, pero los monopolios privados pueden ser tan malos como estos.

El tiempo lo probó.

El Banco de Seguros era monopólico. Cobrar un seguro llevaba meses y a veces años. Eso hizo aparecer talleres especializados no solo en la reparación sino en el cobro. El servicio era malo, se pagaban tarde las indemnizaciones y el Banco estatal terminaba abonan- do sumas muy superiores por la demora.

Un ente ineficiente amparado en que era el único que podía asegurar.

Hoy, luego de la desmonopolización, compite en el mercado, paga en plazos razonables y si uno tiene un siniestro lo atienden rápido. Si no lo hace el ciudadano tiene la opción de ir a otra compañía. El BSE tiene la mayoría del mercado.

En los noventa Antel tenía el monopolio de la telefonía. Sin embargo no tenía suficientes conexiones para poner teléfonos nuevos. Cuando uno se mudaba y pedía el servicio, la respuesta era “no hay bornes” lo que significaba no poder contar con teléfono.

Si uno vivía en zonas rurales debía llamar a una central y pedir a una telefonista que lo conectara con quien quería hablar. La mayoría de las veces la demora no solo era de horas. A veces la respuesta era que era “indefinida”. Existía la posibilidad de pedirla como “urgente”. En esos casos la respuesta era que la demora era “¡indefinida pero con preferencia!”

Cuando el referéndum contra la ley de empresas públicas, los sindicatos y el Frente Amplio propusieron con éxito que el servicio de telefonía fija (los teléfonos con cable en el hogar, aclaro para los más jóvenes) siguiera siendo monopólico.

Estos visionarios de lo estatal dejaron fuera de su petitorio la incipiente telefonía celular que quedó abierta a la competencia.

Por suerte.

Gracias a ella hoy el problema no son los bornes o que no hay líneas. En competencia varios proveedores nos ofrecen distintos planes, podemos cambiar de compañía y nos encontramos comunicados las 24 horas del día desde cualquier rincón del país.

Antel tiene la mayoría del mercado.

La competencia le ha hecho bien a ella y, lo más importante, a los usuarios. El camino de la privatización tuvo luces y sombras.

Es que son tan malos los monopolios públicos como los privados.

El fracaso más notorio fue Pluna. No puede decirse que técnicamente tuviera un monopolio, pero en los hechos se le aseguraban siempre las mejores frecuencias aéreas que disponía el país. Se la asoció con Varig primero y luego se vendió, en un ruinoso negocio, a una empresa privada a la que se le dio una garantía estatal para comprar aviones.

El final del camino es conocido: Cosmo, remates, Lindolfo y desapareció dejando un agujero al Estado, es decir, al Uruguay.

Por otro lado desde UTE se privatizó la generación de energía abriéndose a la inversión privada.

Hoy tenemos privados generando energía eólica, de biomasa lo que se sumó a las represas estatales y cada vez hay que prender menos las viejas centrales térmicas. Conectados con los vecinos el mercado funciona y permite obtener mejores precios.

Queda Ancap con su inexplicable monopolio fruto de tener la refinería. Ese que le permite que el que paga el combustible subsidie el transporte montevideano e interdepartamental, 40 millones de dólares por año de pérdidas del cemento, la aventura de Alur o la mezcla de biocombustibles.

El problema son esos monopolios.

Los privados pueden ser necesarios cuando se necesita realizar una gran inversión. Como el caso de la terminal del Aeropuerto de Carrasco, ejemplo más que exitoso. Tuve el honor de trabajar con el presidente Batlle y ese gran ministro de Obras Públicas que fue Lucio Cáceres en el mismo.

Lucio lideró ese proceso transparente y exitoso, donde los privados compitieron en un remate público por la concesión.

Pero los monopolios deben ser la excepción.

Terminar con ellos debe venir acompañado por organismos muy fuertes de regulación y de defensa de la competencia. Estos deben estar integrados por personas bien remuneradas que tengan total independencia de los regulados. No debieran poder recibir ningún tipo de beneficio para sí o familiares como pasajes al exterior, viajes, regalos, etc. También ser muy cuidadosos con los procesos en los que se realizan concesiones. Habilitar muchos oferentes, exigir garantías y hacerlos competir.

Es lo importante, no si es público o privado.

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