Los límites siempre han sido un tema de reflexión y análisis para los hombres.
Estos marcan una frontera. A veces geográfica, física, temporal, o incluso mental.
Y esas líneas demarcatorias en ocasiones son difíciles de transgredir. Para traspasarlas se requiere conocimiento, decisión, y acompañando a esta, determinación. Wittgenstein decía “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, es decir aquello que no es viable de ser nombrado por nosotros mismos, queda fuera de nuestro horizonte de conocimiento. Todo lo que no somos capaces de revelar lingüísticamente, es absoluto silencio, o desconocido. Más allá de esos límites, es lógico entender que, como decían las antiguas cartas náuticas, encontrarás dragones. There be dragons.
Porque lo que no se conoce genera temor, y una incomodidad manifiesta, típica consecuencia que padece quien está fuera de la tan mentada zona de confort. En el mundo actual, donde el lenguaje se mezcla con estímulos de todo tipo, las experiencias vitales de las personas configuran también los límites de lo que para cada uno es o no posible. Algo de esto leía el otro día en alguna red. Imagínense como se expande ese campo al someterlo para bien o para mal a la inteligencia artificial.
Desde Uruguay, para entender al mundo y poder situarnos en forma pragmática en el, resulta imprescindible manejar un lenguaje capaz de provocar un útil discernimiento, pero también contar con líderes -en todos los sectores de actividad- con un bagaje de experiencias que nos permitan comprender hacia donde debemos movernos.
No es nada nuevo. Generalmente los cambios los provocan quienes saben leer, interpretar, y tener la capacidad de implementar una visión.
Para poner en práctica una mirada de futuro, se requiere, entender -que no hay dragones más allá de nuestra conocida y cómoda realidad de comarca-, convencer, y poder aplicar con dinamismo lo necesario para ejecutar las acciones que se requieran.
Todo esto resulta muy difícil en un país aplastado por el Estado, anestesiado por quienes viven del mismo, por aquellos que aún creen que un Estado con hipertrofia es la respuesta a todas las necesidades sociales, y porque quienes viven de una nostalgia ideológica que -más allá de si éticamente es condenable o no-, resulta totalmente anacrónica en la realidad global a la que asistimos.
Somos muy pocos en este país. Es verdad. Pero eso que nos condena, por un lado -mercado diminuto- nos facilita un montón de cosas. Entre otras, la posibilidad de entendernos para despegar a un futuro mejor. Quizá uno de los principales desafíos que deberían encarar las políticas educativas sería el de ayudar a los educandos a romper con límites de la uruguayidad.
A entender que ser funcionario ya fue, que lo de mi hijo el dotor es historia antigua, que ya no existe jubilarte en el mismo lugar en que empezaste a trabajar, que en la vida nada es seguro, que todo cambia, y que nadie te regala nada. Si seguimos alimentando la idea de un Estado protector, continuaremos creando generaciones de personas dependientes. De seres inseguros que votarán demandando que otro les solucione la vida. Y así no se hace patria, en todo caso, así se hace una colonia. Que será tecnológica y financiera, pero colonia al fin.