Publicidad

Les viejes binaries

Compartir esta noticia

Por no transar con la censura, hay artistas de calidad que se pierden de mostrar su obra en un ámbito como el Teatro Solís. También debe pasar a la inversa: artistas cuya obra carece de calidad para ser expuesta en espacios como el antedicho, pero que, impulsados por una propuesta rica en expresiones tales como “todos, todas y todes”; en exaltaciones a la imagen del arcoíris; o por el mérito de contar la historia de una chica trans que lucha por el derecho irrestricto a usar el toilet de damas, llegan a las grandes ligas.

Si usted es artista y aspira a que su trabajo “se programe en los espacios del teatro (Solís), deberá abordar una perspectiva inclusiva tanto en el lenguaje oral, escrito y visual” (sic). Tendrá que resignarse a decir: “vulnerad@”, “infancias”, “niñxs”; y evitar, en la medida de lo posible, los caminos recorridos por el cavernícola Quino, quien creó para Mafalda unos padres a la usanza tradicional: la mamá mujer y el papá hombre. Heterosexuales ambos. En cambio le va a convenir guiarse por la obra infantil que tanta polémica causó en las vacaciones de julio, donde al personaje principal, una niña que no le gustaba la compota, la autora le otorgó unas mamás lesbianas de lo más openminded.

Si usted es artista, no sea nabo. Recuerde que ya no precisa ser talentoso para destacarse en los altos niveles vernáculos. Basta con que comparta los mandatos de la tiranía inclusiva. Ahora, si no los comparte y encima salió tan honesto como para negarse a transar con el jerarca de turno, sepa que la va a tener brava. Como la tuvo el artista plástico Claudio Rama con su muestra “Vidas encajonadas”, programada para noviembre en el Solís. Los textos no estaban escritos en lenguaje inclusivo y por eso la directora del teatro, Malena Muyala, reconocida cantante, activista feminista y luchadora por los derechos LGTBQ, a través de una nota oficial, le indicó que debía actualizarlos. Y Rama, que probablemente haya pensado “¿Y quién sos vos para decirme cómo escribir mis textos?”, recogió sus cosas y se fue con la muestra al MEC, donde nadie le dijo cómo debía hacer su arte.

En nuestro país hay concursos literarios oficiales, en teoría de temática libre, pero que ya en las bases se advierte que los jurados darán prioridad a los trabajos que traten la igualdad de género. Hay directores de centros culturales que exigen cambiar la manera en que una obra fue creada. Hay gobernantes que apoyan estos atropellos a la libertad de expresión. Y hay tristes funcionarios que pretenden imponer su verdad, limitando la libertad del artista a expresarse como le dé la gana.

Lo extraño es que, con toda la información disponible, estos personajes no hayan logrado entender que lo único que ha conseguido la censura es potenciar la imaginación de los creadores para burlar al botón. Pasó durante la dictadura, cuando el gobierno de facto prohibía ciertas palabras y los artistas se les rieron en la cara, sorteando la prohibición con creatividad y a la vez exponiendo al censor al ridículo.

Mientras contemplo la obra “Le Cierve Heride”, de Frida Kahlo, y escucho “Les Viejes Binaries”, de la banda argentina Sumo, barrunto en torno de aquella célebre frase esgrimida en la soledad de la pampa argentina por el Mendieta, parlante compañero canino del gaucho Inodoro Pereyra, ambos entrañables personajes del escritor rosarino Roberto Fontanarrosa: “dele poder a un cuzco y lo oirá ladrar”.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar

Publicidad

Publicidad