Las monedas

MARÍA JULIA POU

Los uruguayos tenemos conflictos interiores que se nos han agregado a nuestras habituales preocupaciones. A través de los medios de prensa, el gobierno -las autoridades que integran los organismos que se ocupan del tema de los menores en situación de calle- se nos exhorta a no dar monedas a los niños que circulan pidiendo.

También quienes con mucho conocimiento de los temas sociales nos han explicado cómo se puede ver afectado el futuro de los niños que reciben esas donaciones. Reconocemos que este es un tema que puede tener varias maneras de abordarlo pero hoy queremos hacerlo desde el punto de vista del ciudadano común.

Existe en nuestro país una suerte de parafiscalidad que a poco que la mencionemos nos consta que muchos lectores van a reconocer las circunstancias en que se manifiesta ese fenómeno.

Año tras año los vecinos de las comunidades cercanas a las escuelas de nuestro país en todos los "pagos" se esmeran en conseguir un donante de algún cordero para, conjuntamente con las tortas fritas que elaboran las abnegadas madres de las comisiones de apoyo, poder así colaborar con lo que haga falta en su escuela.

Es de los rasgos de nuestra comunidad que nos reconforta siempre: el grado de involucramiento de la gente con la escuela, con "su" escuela.

En otro ámbito de la vida de la sociedad es frecuente recibir en nuestras casas la visita de quienes se ocupan de proveer a la policía de mejores herramientas o simplemente colaborar con el bienestar de la familia policial. Los bonos de cooperación son una forma de ordenar las colaboraciones que los vecinos hacemos a quienes nos cuidan y velan por nuestra seguridad.

Podríamos seguir dando ejemplos de esta "parafiscalidad" que mencionábamos al principio pero creemos que con estos dos ejemplos los lectores estarán ya en estado de ánimo para compartir -aun discrepando en el fondo- nuestros sentimientos.

Cuando nos vemos frente a la circunstancia de un niño que nos reclama ayuda en la calle, a la salida de la iglesia o de cualquier lugar público, no acude a nuestra mente ningún tipo de reflexión pedagógica ni prospectiva con respecto a la vida de ese niño.

Honestamente debemos decir que lo que aflora en nosotros es mucho más afectivo que racional: vemos en ella o en él a uno de nuestros hijos, los imaginamos con la sensación de frío, hambre o desprotección que nos trasmite quien tenemos delante nuestro y cedemos al impulso de mitigar la situación que nos duele.

Por supuesto que la acción no pretende solucionar un tema tan complejo como el que hoy nos preocupa pero sí intenta trasmitir una comprensión, un sentir con el otro y quizás también acallar la voz interior que nos dice que este es uno de los problemas más sensibles y de mayor repercusión de futuro que tenemos todos.

Y decimos que el problema lo tenemos todos porque así lo debiéramos asumir: en el país del "mientras tanto"-es decir, mientras los responsables de las instituciones no encuentren la solución definitiva- es inevitable que quienes sentimos que esos niños son "nuestros" niños sigamos dejando que nuestro corazón se ablande y se desborde para trasmitir aunque sea un mensaje de esperanza que -monedas mediante- les diga que son importantes, que nos importan.

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