Nadie la esperaba, a la votación que obtuvo el Partido Nacional el 27 de junio. Tampoco nadie esperaba, salvo una de las siete u ocho empresas encuestadoras, que Jorge Larrañaga duplicara en votos a Luis Alberto Lacalle. Los principales de dichas empresas se limitaron a extrapolar a las internas los resultados de sus mediciones de intención de voto para octubre. En consecuencia, le adjudicaban al Frente entre el 45 y el 50% de los sufragios a emitirse ocho días atrás. Y al nacionalismo, entre un 25 y un 30%.
Otra de esas empresas, dos semanas antes de los comicios, vaticinó que los sedicentes "progresistas" lograrían la mitad de los votos y los blancos no más del 30%. A Larrañaga le adjudicó un 11% del total del padrón electoral y a Lacalle un 9%. Sumarían ambos, entonces, una quinta parte del total del Cuerpo Electoral. Esa relación o diferencia, proyectada al 100% de los votos blancos a emitirse en las internas, daba el 55% a quien ganó y el 45% a quien perdió. Pero Jorge echó abajo ese y otros vaticinios. Obtuvo el 66% de los sufragios, contra un 33% de Luis Alberto. La "gaffe" no fue menor, más bien mayor, en el otro augurio: frentistas 43%, nacionalistas 41%.
Otros encuestólogos, si se me permite este neologismo, le erraron menos feo en sus pronósticos, pero también le erraron. ¡Vaya si le erraron! Se da, sin embargo, un fenómeno curioso con estos profesionales del sondeo de las opiniones e intenciones de los ciudadanos. Son como los economistas, que casi siempre yerran en sus previsiones y que, después de hacerlo por enésima vez, dan en explicar —en lenguaje críptico, es decir para iniciados— por qué se equivocaron.
En consecuencia, no bien se conoce el fallo inapelable de las urnas, que es la única encuesta válida, cambian de oficio. Y, en un santiamén, pasan de encuestadores, o sea de señores que hacen encuestas y tratan de interpretar sus resultados, a politólogos. Esto es, a profesionales de una ciencia infusa cuyo supuesto dominio les permite volver a hacer de profetas, sólo que en función de votos efectivamente emitidos y contados. Escudriñan el futuro y auguran que lo que fue —"u séase" 56% de sufragios blancos y colorados y 43% de votos de una "Nueva Mayoría" que por ahora no llegó a serlo— no va a volver a serlo.
¿Dirían lo mismo si ese 56% hubiese sido frentista y el 43% de las otras tiendas? Naturalmente que no. Todos lo sabemos.
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Entre tanto, y no bien se supo que los blancos venimos pisándole los talones a Vázquez y sus acólitos, comenzaron a llover cascotazos sobre el tejado nacionalista. Es la mejor verificación de que, digan lo que digan los politólogos, honda y justificada preocupación reina en tiendas frentistas. Ante tal pedrea, que no horadará nuestra techumbre, cabe ampararnos en la sabiduría del Quijote:
—¡Ladran Sancho, señal que cabalgamos...!
Los principales ladrillazos se dirigieron contra la figura de Sergio Abreu, de muy saneados antecedentes como legislador y ministro de Estado, como político y estadista. Tan saneados, que vino a saberse que la propia dirigencia del F.A., cuando aún creía ser el caballo del comisario, le había ofrecido la futura cancillería en noviembre de 1999.
Aunque falte el formalismo de su ratificación por la nueva Convención, Sergio es, desde el martes pasado, nuestro excelente compañero de fórmula de Jorge Larrañaga. Pero Vázquez y los suyos, al atacarlo con el falso mote de "continuista", le erran al biscochazo, como se dice vulgarmente.
La gente no vota al candidato a Vice, que se limita a vestir la fórmula —y alguna vez a desvestirla— ni éste gobierna. Se limita a ser el jerarca de la administración del Parlamento, a tocar la campana en las sesiones del Senado y a ocuparse del despacho de la Presidencia, cuando su titular viaja. Puedo decirlo con propiedad por que, como todo el mundo lo sabe, fui dos veces candidato a la vicepresidencia y, entre 1990 y 1995, Vicepresidente de la República.