Labor partidaria

Está llena de exigencias la administración del gran caudal de confianza depositado por la ciudadanía uruguaya en el Partido Nacional, el 31 de octubre próximo pasado. Exigencias que gravitan desde ya, sin tiempo de preparación ni posibilidades de aplazamiento, porque no coinciden con el calendario de instalación de las nuevas Cámaras ni del nuevo Ejecutivo, aunque en gran medida se vinculen a las funciones parlamentarias y de gobierno. El Directorio nacionalista, donde se encuentran representados todos los sectores que canalizan aquella confianza, constituye el órgano más adecuado para tomar oportunamente las decisiones requeridas, después de las deliberaciones del caso. Surgido, a través de la Convención, de las elecciones internas de junio, presidido por quien fue candidato presidencial único del Partido, ha comenzado a conducir una colectividad de la que dependen equilibrios decisivos y aportes indispensables.

La primera exigencia que afrontamos consiste en la continuación sistemática de la renovación que tantas expectativas ha despertado y tantas adhesiones, expresadas en sufragios, ha ganado. La renovación blanca no es, ciertamente, una adecuación ocasional ni un ajuste en la superficie. No podría, por tanto, completarse en algunos meses. Debe extenderse por un lapso mucho mayor, a través de reflexiones y diálogos en todos los círculos y en todos los niveles partidarios. Hay que producir los documentos que la formulen plenamente y modernizar en consonancia la organización y las pautas de movilización y de comunicación con toda la sociedad. Como el Partido Nacional reúne a mujeres y hombres celosos de su libertad, resulta perfectamente previsible que la renovación suscite reiteradas controversias, cada una de las cuales demanda los ámbitos y los tiempos adecuados.

La segunda exigencia derivada del crecimiento electoral del nacionalismo consiste en el mantenimiento de esa unidad matizada y racional, única admisible entre nosotros y dotada de enorme trascendencia política. La unidad de un movimiento que sobrepasa la tercera parte del electorado total le confiere una influencia insoslayable, una autoridad que nadie podría desconocer. En tanto se vinculen a esa unidad, los pronunciamientos del Partido Nacional llegarán a las conciencias de todos los uruguayos y condicionarán todas las decisiones legislativas y gubernamentales. El fomento de la armonía de los blancos y el ejercicio sereno y eficaz de la autoridad mencionada configuran responsabilidades concretas del Directorio y las demás instancias de conducción.

Deberán éstas, en tercer lugar, establecer en sus lineamientos generales la relación con el Presidente electo y con el conjunto de la Administración frenteamplista. Dentro de esos lineamientos, deberán concluir los acuerdos y plantear las discrepancias que correspondan; en algunas hipótesis, deberán formalizar la oposición franca, que abrirá siempre las alternativas viables respecto de las propuestas o las iniciativas que se rechacen. Todas esas definiciones revisten carácter bilateral, obviamente, por lo que en buena medida dependen de la tesitura que adopte el Encuentro Progresista. Algunos aspectos de la relación con el Gobierno próximo, que dependen del Partido Nacional, pueden sin embargo tenerse desde ahora por firmes y precisos.

Mencionando apenas la seriedad y lealtad, valores irrenunciables, los posicionamientos nacionalistas serán sin dudas disposiciones a actuar. No nos quedaremos nunca en el mero bloqueo ni en la crítica sin proposiciones. El Partido posee contenidos programáticos e ideas prácticas. Con más de un tercio de las bancas, puede lograr mucho para el país y su desarrollo en el Parlamento y desde el Parlamento. Mejor si puede sumar esfuerzos con la coalición gobernante. Quienes lo votaron lo hicieron porque ha mantenido esa actitud y para que en el período que se inicia aporte las garantías permanentes del diálogo realizador y las gestiones competentes. A ese mandato se atendrá.

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