La sociedad de la nieve

Hay películas que trascienden, porque van más allá del entretenimiento. Son reflejo de la humanidad, son trascendencia del espíritu e introspección del alma. Calan hondo.

Eso logró La sociedad de la nieve, la maravillosa película escrita y dirigida por J. A. Bayona, basada en el libro de igual nombre del escritor uruguayo Pablo Vierci.

El vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, aquel viernes 13 de octubre de 1972, sufrió un accidente que concitaría la atención del mundo entero en esa época. Pero que lograría la admiración y el respeto a lo largo y ancho de todo el mundo hasta el día de hoy.

Ese avión Fairchaild FH-227D era un vuelo chárter que había partido de Montevideo con destino a Santiago y transportaba 5 tripulantes y 40 pasajeros.

Las historias de los 16 sobrevivientes son conocidas por todos. Sus sacrificios extremos y cómo lograron sobrevivir es conocido y no es el espíritu de esta columna detenerme en los detalles fácticos.

Lo que más admiración e interés antropológico me causa es la dinámica humana, la vida interior de esas almas, la determinación de esas mentes y todas las enseñanzas atemporales que nos dejaron.

Hay un poema de Pedro Bonifacio Palacios, conocido también por su seudónimo Almafuerte, que dice: “No te des por vencido ni aún vencido, no te sientas esclavo ni aún esclavo, trémulo de pavor piénsate bravo y arremete feroz ya mal herido”.

Esa fue la actitud de quienes sobrevivieron, y de quienes no lo lograron pero fueron esenciales para sostener la vida de sus compañeros.

Ese ejemplo de resiliencia y de sobreponerse a las peores circunstancias es una enseñanza trascendental. Porque todos tenemos nuestras cordilleras. Todos tenemos esas circunstancias que nos dan miedo, nos abruman o nos impactan, todos tenemos coyunturas que nos ponen a prueba, que nos hacen dudar y nos generan incertidumbres. Y el ejemplo de esos jóvenes en la Cordillera de los Andes es una enseñanza de la inconmensurable riqueza del espíritu humano, la inimaginable fortaleza de almas que eligieron no darse por vencidos ni aún vencidos, porque las circunstancias los golpeaban una y otra vez y supieron sobreponerse.

Eso, al menos a mí, me deja esta historia. Que los problemas no nos definen ni nos determinan, nos define lo que hacemos frente a ellos.

Que está permitido tener miedo o dudas, pero no nos pueden paralizar. Que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, por lo que el trabajo en equipo y sostener a los compañeros es la mejor forma de sostenernos a nosotros mismos.

Esa dinámica de grupo dejó en evidencia todas las situaciones que se dan en cuestiones colectivas. Liderazgos, diferencias, problemas, miedos, dudas, desazón, esperanza, tristeza, coraje, empatía.

Probablemente esta maravillosa película haya dejado reflexiones en cada uno de nosotros, asociaciones inconscientes a historias personales que hacen eco en nosotros.

Sobreponerse a la caída, luego sobreponerse a la avalancha, tomar decisiones duras que jamás hubieran imaginado. Eso es determinación y fortaleza. Para los creyentes, un milagro. Para los que no lo son, una muestra de la inmensidad humana y sus posibilidades.

Deja la enseñanza también de la preparación, de que si queremos lograr algo, debemos estar a la altura de las circunstancias, como Fernando Parrado, que sabía que ese enorme desafío de búsqueda solo sería exitoso si entrenaba, si se preparaba para esa gigante tarea. El rol de Roberto Canessa y cómo sus compañeros sabían de la fortaleza de sus piernas, lo que le ponía una tremenda responsabilidad que asumió sabiendo que en su sacrificio estaba el logro colectivo.

La sociedad de la nieve, la que se logró en la cordillera, fue posible porque había “affectio societatis”, había voluntad común de ser una misma entidad, era un grupo que quería ser grupo. Construido y consolidado desde el amor, la fraternidad y la entrega. Fueron un mismo cuerpo con un mismo fin: vivir. Sabían que en su sacrificio (desde la vida o sin ella) estaba la vida del otro, del hermano de cordillera.

En tiempos donde el individualismo batalla por ganar, hay que reivindicar lo valioso del colectivo, no como una masificación que desdibuja sino como una construcción que solo es valiosa desde el aporte individual.

Como dice Rutger Bregman en su libro Dignos de ser humanos y citando a Antón Chéjov, “el hombre será mejor cuando le muestren cómo es en realidad”. El hombre es bueno, desde su libertad y convicción. En su elección está el bien, no necesita que elijan por él un camino colectivista, porque no confían en que su libertad lo llevara al bien común. El bien colectivo está en la construcción colectiva, pero desde los talentos y virtudes de cada uno. En esa cordillera, ese grupo fue una cadena de eslabones fuertes que sabían que debían cuidar cada uno de ellos para el logro de todos.

En esa tragedia se vieron los hombres y se vió al hombre como ser, batallando frente a la más cruda realidad. Y demostró de qué es capaz cuando hay amor, convicción y visión.

Cada uno podrá (desde la más genuina libertad) adjudicar el logro a la fe, a la ciencia o cualquier argumento. Pero la realidad es una sola y deja enseñanzas en todos los niveles.

La sociedad de la nieve unió en la cordillera y debe unir en todos lados. Especialmente en Uruguay, donde tenemos el enorme orgullo de ser sus compatriotas. El ejemplo de vida y de convivencia, donde permanentemente hay quienes quieren ver enfrentamientos en la sociedad, demostraron que nadie de nosotros es mejor que todos nosotros juntos. No son frases románticas, es creer en el ser humano, en su esencia, en la dignidad y en el esfuerzo. Seamos mejores, como ellos.

Porque se puede, ellos pudieron en la más dura adversidad. Nosotros no tenemos excusas.

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