Es posible que la masiva ofensiva israelí aplaste a Hamás. Aún así, para que la operación sea realmente exitosa, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), apoyada en una fuerza multinacional árabe, deberá gobernar Gaza, reconstruirla y darle una vida digna a sus atormentados habitantes. Los acuerdos políticos que harán falta deben resucitar el acuerdo de paz que Netanyahu congeló. Los países árabes que pujan por conjurar la influencia iraní deberán lograr que la ANP pueda gobernar sin la corrupción y la ineficacia que la carcterizan. Cisjordania deberá ser un territorio viable para una paz con prosperidad. Si no, las muertes de esta guerra sólo van a servir para regar odio en las próximas generaciones.
Lanzar una ofensiva abrumadora causando víctimas civiles, tendrá sentido si se revierte la tragedia en la que viven millones de palestinos. La historia muestra que la ofensiva total, aunque necesaria para extirpar a Hamás de Gaza, no es la única respuesta posible. En otras ocasiones, en lugar de ofensivas masivas, para no pagar el alto precio en víctimas civiles que siempre impacta contra la imagen de Israel causándole aislamiento internacional, respondió con una fórmula situada en las antípodas: los asesinatos selectivos.
Las ofensivas abrumadoras son funcionales a la estrategia de estigmatizar a Israel como Estado exterminador. Su contracara, al ser acciones quirúrgicas para minimizar las daños colaterales, generan cuestionamientos pero no olas de repudio en todo el mundo.
Por esa vía Israel eliminó en el 2004 al jeque Ahmed Yassin, creador de Hamás y su líder absoluto en el momento en que fue alcanzado por tres proyectiles lanzados desde un helicóptero artillado. Del mismo modo murió su sucesor, Abdelasis Rantisi.
Ninguna de las cuatro ofensivas posteriores sobre Gaza alcanzó a líderes máximos de la organización terrorista. Las muertes de Yassin y de Rantisi fueron los mayores trofeos de operaciones israelíes.
Al Muhandis significa “el ingeniero” y es como llamaban a Yahya Ayyash, porque era el constructor de las bombas con que Hamas mató a cuarenta civiles israelíes. Por esa razón, en 1993, el Shin Bet hizo llegar hasta él un teléfono que detonó cuando lo posó en su oído para atender una llamada.
Operación Cólera de Dios se llamó el conglomerado de acciones selectivas con que Israel eliminó a los terroristas de Setiembre Negro que habían masacrado a once atletas israelíes en las Olimpíadas de Münich en 1972. La decisión de la primer ministra Golda Meir y del jefe del Mossad, Zvi Zamir, fue descartar bombardeos a los campos de refugiados donde se escondieron muchos fedayines, porque había que evitar masacres que sirvan de cortina cubriendo el único hecho sangriento que debía contemplar el mundo: la masacre de atletas en Münich.
La venganza no debía quitarle centralidad al crimen de Setiembre Negro y, aunque despertó cuestionamientos, lo logró. A la centralidad la retuvo la cruel masacre de los once atletas israelíes.
La eliminación selectiva que se convirtió en emblema de la Operación Cólera de Dios, fue la ejecutada por comandos del Sayeret Matkal, cuerpo de elite del ejército israelí. Liderados por el general Ehud Barak disfrazado de mujer, comandos israelíes entraron a Beirut por el puerto y eliminaron en sus hogares a los tres máximos líderes de Setiembre Negro. Así razonó, en el 2008, el primer ministro de la India Manmohan Singh, cuando los generales propusieron ataques masivos contra los cuarteles de la organización terrorista paquistaní Lashkar e Taiba, por los doce ataques coordinados que había perpetrado en Bombay, matando a 173 personas.
Esa organización terrorista que luchaba por la secesión de Cachemira, contaba con la protección del ISI (aparato de inteligencia paquistaní), por eso muchos militares veían lógico atacarla en las ciudades del sur de Pakistán donde tenía sus centros de operaciones. Pero Manmohan Singh también llegó a la conclusión de que resultaba negligente tapar un aberrante crimen con acciones que, al costar también vidas civiles, se superpondría como una cortina sobre los ataques terroristas en Bombay.
El lúcido Thomas Friedman usó ese caso para señalar la necesidad de responder ataques, pero sin tapar con otros crímenes el pogromo sanguinario de Hamás.