La peligrosa vocación rentista

JOAQUÍN SECCO GARCÍA

Extraer un barril de petróleo puede costar sólo US$ 10, pero se vende por US$ 120. En el valor final del petróleo, la proporción destinada a pagar salarios, insumos y servicios es muy pequeña. Al igual que ocurre con los metales, la mayor parte remunera a la naturaleza. Otra característica de las actividades extractivas, es que generalmente la renta es apropiada por el Estado en forma de regalías. En los países muy dependientes de los recursos del subsuelo, buena parte de la riqueza es capturada y gastada por el gobierno. El derrame termina siendo difícil de distinguir del clientelismo. La realidad confirma que países cuya riqueza se crea y se reparte bajo esta lógica, difícilmente además de prósperos lleguen a ser desarrollados.

La cuestión de los enclaves mineros se ha reinstalado como consecuencia del auge de la demanda y los precios. Es conocido el efecto que la dependencia de la explotación de recursos extractivos tiene sobre las sociedades. El proyecto rentista basado en el oro americano, le costó a España cuatro siglos de atraso antes de ponerse a rueda del resto de Europa. La historia de América Latina es un muestrario completo.

Cada vez que sube el petróleo, a Venezuela o a Bolivia se les hace más difícil avanzar hacia una sociedad mejor. Japón o Dinamarca, para alcanzar la prosperidad, están obligados a ser mejores: acumular capacidades, organización, reglas de juego y garantizar el acatamiento de las mismas. Para sus gobernantes, es de vida o muerte crear incubadoras para la creatividad y la innovación. La realidad también nos enseñó que los fundamentos de las mejores sociedades radican en la libertad, la democracia y el derecho.

Los países productores de alimentos han seguido trayectorias diferentes de aquellos extractivos. La proporción del valor que remunera a la naturaleza es menor que en la minería y se va reduciendo a medida que se intensifican las inversiones y crece la productividad. La explotación, en lugar de organizarse en enclaves, se despliega en los territorios. Se emplea más trabajo, insumos y servicios. El valor agregado en lugar de transferirse como regalías, remunera bienes y servicios empleados en la producción. Los países más prósperos, equitativos y de mejor calidad de vida de Europa, América y Oceanía cimentaron su progreso en la agricultura y en encadenamientos virtuosos que se fueron acumulando.

Hasta hace un siglo, nuestro país formaba parte de este club y parecía disponer de las condiciones para dar un salto irreversible. En algún momento el sueño abortó y terminamos en el casillero equivocado. Nuestros gobernantes adoptaron estrategias mineras que empobrecieron al campo. Gobernar se transformó en la búsqueda de herramientas para capturar rentas y emplearlas en el reparto populista sin destino. Antes de los 60 segundos, la fantasía colapsó y caímos en 30 años de sombras.

Desde 2002 hubo nuevas oportunidades. Entre 2002 y 2008 pareció que los gobernantes habían aprendido a mirar más lejos. Sin embargo el impulso duró poco. El atraso cambiario y las dificultades comerciales se agravan diariamente. Hace varios años que el agro ya no crece. Los costos se han disparado y el discurso es desalentador. Es el discurso que nos llevó al colapso de los sesentas. ¿Como sería si a todo esto se sumara Aratirí y eventualmente se llegara a explotar petróleo?

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