No refiero a los sectores radicales de izquierda, sino a lo que se va imponiendo desde la interpretación de izquierda como crítica hacia discursos radicales (derechistas o similar). Por cierto, hay un buen libro español sobre el tema, de Antoni Gutiérrez-Rubí (“Polarización, soledad y algoritmos”, 2025).
Las interpretaciones mayoritarias en Uruguay van configurando el siguiente escenario: el país tiene su forma de hacer las cosas, sus diálogos y consensos, y quien los quiera romper de forma poco armoniosa es un excesivo, un radical, un extremista que debe ser señalado y que, por cierto, daña la convivencia democrática. Dentro de ese estado de cosas consensuado los protagonismos correctos son los actuales: un Frente Amplio gobernando y una oposición relativamente inepta, casi siempre vegetariana y sobre todo funcional al statu quo.
Obviamente, comparte esta forma de ver las cosas buena parte de la otra parte del país. Un consenso es eso: la mayoría está cómodo con él, pero también hay una gran minoría que no se siente a disgusto. La minoría-oposición no reconocerá entonces que su tarea es inepta, sino que recalcará lo bien que estamos en nuestra democracia comparado con otros países llenos de grietas. Y, por supuesto, los talantes excesivos que destemplados critican son en realidad radicales que, o no perciben bien las virtudes de nuestro país, o no terminan de aceptar el juego de la democracia.
Así las cosas, por ejemplo, el discurso mayoritario queda anonadado de que, según encuestas en Uruguay y la región, entre los jóvenes no se verifique una amplia mayoría contraria a gobiernos militares. También, ese discurso asentado repele fuertemente discursos como el de Salle, o incluso algunos que el consenso general entiende son demasiado subidos de tono dentro de la oposición, como los de Bianchi o de Da Silva. Van demasiado lejos, alegan; son demasiado radicales. En definitiva, ocurre que hay una enorme presión para que todo siga así como está ahora. Se podrá aceptar algún matiz, sí; pero nada de locas pasiones que impliquen proponer y avanzar en un rumbo muy distinto.
Alcanza con fijarse en la película argentina que viene adelantada sobre estos asuntos: de 2003 a 2015 hubo kirchnerismo; ganó Macri en 2015 pero sin ningún afán esencialmente removedor; entre una fotocopia borrosa y lo original, el pueblo volvió a elegir a Cristina Kirchner, con Alberto presidente en 2019; y luego sí, cuando el país entró en una crisis social, económica, financiera y productiva como nunca antes en su historia, el mismo pueblo decidió hacer un cambio radical y apoyar contundentemente a Milei a la presidencia en 2023, y ahora en la reciente legislativa de 2025.
En conclusión: la izquierda se irá acomodando para mejor representar a la nueva época de fin de los años 20 y mantener su centralidad. Entretanto, nuestra matriz cultural y social seguirá denostando a los radicales (ultraderechistas o antisistema, también sirve como escupitajos conceptuales). Como, a diferencia de Argentina, aquí jamás el país se hizo ni se hará añicos, seguiremos disfrutando de lo suavemente ondulado de nuestra extensa penillanura. Y esos radicales ocuparán legítimamente su lugar minoritario -como mucho, 15% de apoyo electoral-. Todo en su lugar. Todos felices.