La infamia que tenía fin

Luciano Álvarez

El pasado domingo 6 de septiembre, El País publicó esta noticia de la agencia AFP: "Setenta años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el parlamento alemán adoptará este martes una ley que rehabilita a quienes fueron condenados bajo el nazismo como `traidores de guerra`."

La noticia me conmovió. ¿Cómo era posible que hubiesen tardado tanto?

Mientras esperaba el voto efectivo de la ley, comencé a revisar archivos.

La figura jurídica del "traidor de guerra" existía en Alemania desde 1871 e implicaba una circunstanciada serie de causas por las que un militar podía ser inculpado ante un tribunal de guerra.

Hitler estaba obsesionado por la teoría conspirativa de la "puñalada por la espalda" como causa de la derrota en la Primera Guerra Mundial: "Se creó un ejército de desertores que inundó los puestos de reserva y las aldeas…" escribió en "Mi lucha".

En 1934, eliminó todas las definiciones concretas referidas a la "traición de guerra" en el código militar y sólo conservó el artículo 57, que exigía la pena capital. Cualquier acto de disidencia podía ser considerado como "traición de guerra. Hubo casos de soldados condenados a muerte por intentar salvar a un ciudadano judío; abogar por los derechos de los prisioneros de guerra; haber escrito en sus diarios críticas al régimen o haberse rehusado a denunciar a un opositor.

Los historiadores Manfred Messerschmidt y Fritz Wüllner (La justicia militar bajo los nazis, 1987) demostraron que de los 18 millones de militares del ejército alemán, unos 100.000 fueron declarados "traidores de guerra" entre 1939 y 1945; 50.000 fueron sentenciados a muerte y 33.000 efectivamente ejecutados. La desproporción respecto a los ejércitos aliados es abismal: durante ese mismo período, Gran Bretaña ejecutó a 40 de sus hombres; Francia, a 102, y Estados Unidos, a 146.

También encontré varias historias espeluznantes, como la de Hans Filbinger, juez en la marina alemana quien dictó varias condenas a muerte, incluso pocos días antes de la rendición final. Filbinger -como otros jueces- salió indemne del nazismo y llegó hasta el cargo de primer ministro del Estado federal de Baden-Würtemberg, entre 1966 y 1978. En ese año salieron a luz su pasado y sus sentencias; entonces adujo que "lo que entonces era legal no puede ahora dejar de serlo". Si bien fue obligado a dimitir, mantuvo su posición de gran elector del presidente federal.

En mayo de 1998 se aprobó una ley que autorizaba la revocación de fallos injustos dictados bajo el Tercer Reich, pero en el caso de los desertores y "traidores de guerra" debían presentarse individualmente y demostrar que efectivamente lo habían hecho para oponerse al régimen nazi. Ludwig Baumann, presidente de la "Asociación Federal de Víctimas de la Justicia Militar del Régimen Nazi" calificó el trámite de "humillante" e "irracional".

Todavía habría de pasar un cuarto de siglo hasta que, en 2002, el Parlamento alemán revocara todas las penas pronunciadas contra los desertores y objetores de conciencia. A esa altura los escasos sobrevivientes habían muerto en la humillación durante la posguerra.

Pero la ley de 2002 no exoneró a los demás "traidores de guerra" hasta el pasado martes 8 de septiembre de 2009, cuando se aprobó un proyecto de ley, apoyado por los cinco partidos con representación parlamentaria, que marcó el tardío desenlace de un escándalo moral.

Ludwig Baumann presenció su tardío triunfo desde las tribunas del Parlamento. Aparenta menos que sus 87 años; tiene un rostro y una postura lozanos, a pesar de la dureza de su vida.

Nació en Hamburgo en 1921, su padre era un comerciante en tabacos, monárquico, antinazi; su madre murió cuando él tenía quince años. Al poco tiempo se fue de la casa y se puso a trabajar en la construcción. En 1940 fue movilizado, ingresó en la marina y luego de la toma de Francia fue destinado al puerto de Burdeos. Baumann era singularmente rebelde: "No limpiaba mis botas, no acataba órdenes, y fui sancionado constantemente. En resumen, jamás fui un buen soldado". Pero la mayoría de sus compañeros no eran mejores: "Era un grupo muy poco militar, lo que desesperaba al jefe de la compañía. Pero eran buenos compañeros. Esto nos permitió hablar entre nosotros del deseo de escaparnos, de desertar". Lo que a muchos soldados enorgullecía, a ellos les revolvía el estómago: "Vimos fotos de las enormes hileras de prisioneros rusos, en pleno invierno. Sabíamos que incluso en las mismas filas del ejército alemán escaseaban los abrigos y el alimento. Nos preguntamos: ¿Y qué van a hacer con los rusos? Era seguro que los dejarían morir de frío y hambre. Se estaba fraguando un crimen de grandes dimensiones, […] Y entonces mi amigo Kurt Oldenburg y yo dijimos `no, no queremos participar en esta guerra, ni matar a nadie. Queremos tan sólo vivir`."

A principio de 1942, Ludwig y Kurt, vestidos de civil, con ayuda de unos resistentes franceses se subieron a un camión y escaparon hacia el sur. A unos 40 kilómetros tropezaron con una patrulla; aunque iban armados, no tuvieron el temple para disparar, fueron capturados y condenados a muerte, pero la ejecución no se realizó inmediatamente. Su padre pudo enterarse, mover ciertas relaciones y lograr la conmutación de la pena. Sin embargo Ludwig y Kurt estuvieron diez meses presos en la improvisada prisión de un monasterio, ocho de ellos sin saber que les habían perdonado la vida.

Más tarde fueron enviados a Torgau, un campo de concentración para los soldados de la Wehrmacht: "Era enorme: tenía 80.000 internos. De éstos, 1.300 fueron ejecutados y 10.000 murieron a causa de las pésimas condiciones." Los restantes, Baumann entre ellos, fueron enviados a los llamados "batallones de castigo" en el frente ruso, donde sólo sobrevivían quienes eran heridos gravemente y tenían la suerte de ser evacuados. Ludwig Baumann tuvo suerte.

Al terminar la guerra volvió a casa y heredó las propiedades de su padre, pero ignoraba que su desgracia iba a ser larga. Los "traidores de guerra" no tendrían paz ni siquiera en la Alemania posnazi: "Hasta la década de los noventa éramos difamados como traidores, cabrones, cobardes y criminales. Muchos compañeros han muerto con el estigma de la humillación pública a lo largo de estos años." Hasta hoy recibe anónimos insultantes.

Su cabeza no resistió: cayó en el alcoholismo y dilapidó todos sus bienes. Entonces se mudo a Bremen y se casó, pero su vida no mejoró y arruinó la de su compañera. Llegó al fondo cuando murió su esposa y tuvo que hacerse cargo de sus seis hijos, uno recién nacido. Decidido a salir del pozo, se unió a un movimiento pacifista y comenzó a militar por el levantamiento de las condenas y el reconocimiento moral de sus actos.

El martes 8 de septiembre de 2009 Ludwig Baumann ga-nó la última batalla, aunque de regreso a su casa en Bremen seguramente no estará libre de encontrarse con alguna carta anónima.

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