La ilusión de tener la vaca atada

Ya son tiempos preelectorales, ¿qué duda cabe? La oposición está jugando fuerte y el oficialismo, salvo por una tibia interna del Partido Nacional, duerme el sueño de los justos.

Ese desbalance se percibe claramente en los resultados de las encuestas más recientes. Porque cuando refieren al nivel de apoyo al gobierno, hay una adhesión muy amplia que se ha mantenido a contracorriente de los problemas que debió enfrentar, ya fuera por circunstancias exógenas como por falencias propias, que la oposición intentó sin mucho éxito convertir en bombas atómicas. Pero cuando las encuestas preguntan por intención de voto, la cosa cambia. La ciudadanía percibe dos precandidatos claros del FA y del otro lado, solo un borrador de liderazgos que están demorando demasiado en lanzarse e imponerse.

El caso más dramático es el del Partido Colorado: primero, por la frustración que ocasionó Ernesto Talvi con su alejamiento de la política. Segundo, porque la demora en la definición de Pedro Bordaberry cada vez se parece más a Esperando a Godot de Samuel Beckett. Y tercero, porque el paso adelante de Guzmán Acosta y Lara está siendo castigado por sus propios correligionarios. Es cierto aquello que decía Batlle y Ordóñez de que “el que se precipita, se precipita”, corriendo por el borde de la mesa con dos dedos y mostrando cómo caían al abismo. Pero creo que los colorados se lo toman tan en serio, que se pasan para el otro lado. Tendrían que recordar también el refrán que citaba usualmente Jorge Batlle: “Camarón que se duerme, lo lleva la correntada”.

En este contexto resbaladizo, se habla de acuerdos interpartidarios parciales, no para la elección nacional, sino para la departamental de 2025.

Nadie discute que para los partidos es un lío generar un lema único, porque implicaría reservar dirigentes que no podrían figurar en las listas de la elección de 2024. También está claro que hay varios departamentos con tan contundente mayoría del Partido Nacional -y uno, Rivera, con mayoría colorada- que harían racionalmente innecesaria una comparecencia única de cuatro o cinco colectividades unificadas. Por eso está imponiéndose la idea de un lema común solo en algunos departamentos en disputa con el FA, como Montevideo, Canelones y Salto, a los que podrían sumarse Paysandú, Río Negro, Rocha y algún otro.

Debo decir que no estoy para nada de acuerdo con esta idea de coalición recortada, dependiente simplemente de la mayor competitividad territorial del FA.

Ya se ha dicho hasta el cansancio que en política nunca hay derrotados permanentes. Suele ponerse como ejemplo al ya citado Jorge Batlle, quien tuvo una votación marginal en 1994 y, sin embargo, a la elección siguiente se impuso en el balotaje. Lo mismo deberíamos decir respecto a la ilusión de algunos políticos de tener la vaca atada o, dicho en otras palabras, de suponer que hay comunidades donde la adhesión ciudadana es invariable. Podrá haber departamentos que mantienen una relativa estabilidad en sus resultados electorales desde 1984. Pero hay que mirar desde un poco más arriba para admitir que el comportamiento ciudadano cambia, más rápida o lentamente, siempre acorde a una época de sobrecomunicación exasperada, en la que la llave del éxito no se encuentra ni en el tamaño de la inversión publicitaria de las campañas (por suerte) ni en la pertinencia de los programas partidarios (por desgracia).

Los amores y humores de la opinión pública se modifican por estímulos emocionales, algunos controlables y otros absolutamente azarosos.

Frente a esta realidad, el sistema político tiene que fortalecer al máximo sus propuestas con partidos fuertes, activos y movilizados; con liderazgos claros que le pongan cara al entusiasmo del votante, y fundamentalmente con mensajes simples y diferenciales, que combatan el ruido confuso de esa sobrecomunicación.

Esto último no lo logrará la Coalición Republicana si decide presentarse recortada, en función de cómo le está yendo a cada partido en los distintos territorios. Algunos de sus dirigentes aplauden el hecho de que el FA se radicalice, incapaz de rechazar las partituras maximalistas que le empuja a tocar el Pit-Cnt. Lo que no perciben es que, radical o no, el FA se muestra a la ciudadanía con una identidad fuerte que la Coalición Republicana no parece empeñada en forjar para sí misma. La porción de votantes bien informados podrá apreciar que hay un sustrato ideológico que une a blancos, colorados e independientes, más allá de los matices. Pero el segmento menos politizado -que es uno de los que suelen definir las elecciones- no creo que lo tenga tan claro.

Se aduce que evitar el lema común favorece la oferta electoral de los partidos de la Coalición, el famoso catch all que garantiza adhesiones mayoritarias. Creo que es al revés: para vender exitosamente el refresco regular, su variante light y la otra sin azúcar, hay que hacerlo bajo el paraguas de una sola marca poderosa. Deberíamos construirla antes de que sea demasiado tarde.

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