La gran selva

Hablar de la Amazonia significa entrar en tema en el cual existe mucha más ignorancia que conocimientos. Sabemos que es la mayor selva del mundo, ocupando más de siete millones de kilómetros cuadrados, algo así como cuarenta veces Uruguay. Alberga la reserva de agua dulce más grande del planeta, equivalente nada menos que a la quinta parte de toda el agua dulce. Allí vive el 30% de las especies de fauna y flora del orbe, aunque en realidad desconocemos la magnitud de su riqueza en diversidad biológica.

Pero, sabemos que en unas pocas hectáreas de ese territorio hay más especies de árboles nativos que en toda América del Norte; o que en uno solo de sus árboles viven tantas especies de hormigas como todas las de Inglaterra. Sin embargo, mantenemos vigorosos algunos mitos, muy perjudiciales para la conservación de la gran selva. En primer lugar, el mito de la Amazonia virgen y vacía. Este territorio está poblado desde tiempos remotos. Luego, con la llegada de los europeos a América, españoles y portugueses —y luego los criollos— la conquistaron, colonizaron, explotaron y contaminaron de diversas maneras. Viven allí más de veinte millones de personas, con todo lo que eso implica. Tampoco es cierto que la Amazonia es rica, en el sentido de que ha sido la pobreza y las desigualdades sociales las fuerzas motoras para la ocupación y destrucción de la selva. De hecho, una considerable proporción de los habitantes de las ciudades y poblados amazónicos, viven en condiciones infrahumanas. Otro mito a derribar es que la Amazonia es pobre y frágil. Visto desde otro ángulo, a pesar de todo lo ocurrido hasta ahora, esa inmensa selva ingresó al siglo XXI manteniendo una riqueza extraordinaria en diversidad biológica, como señalábamos al principio. Por cierto, no en mérito de la conciencia de la gente o a las medidas precautorias de las autoridades, sino gracias a su inmensidad y a las grandes dificultades que se deben vencer para ocuparla. Este juicio no menoscaba loables esfuerzos y duras luchas libradas por muchas personas para evitar su devastación.

Otro mito superviviente es que los pueblos indígenas que habitan la Amazonia constituyen un obstáculo para el progreso de la región. En las zonas amazónicas de los ocho estados soberanos involucrados (Brasil, Surinam, Guyana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia) viven comunidades autóctonas desde la prehistoria. Sus interacciones durante tanto tiempo se han caracterizado por el equilibrio alcanzado y el profundo conocimiento adquirido. El cuestionamiento a los derechos indígenas está sustentado en estrategias de explotación a corto plazo, impulsadas por intereses externos que nunca han reconocido los derechos de los legítimos dueños de esas tierras. Tales conflictos hasta ahora se han tratado de resolver de manera unilateral con los resultados que todos conocemos.

La reciente reunión de cancilleres del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), realizada en Manaos, permitió aprobar un plan estratégico que procura crear y desarrollar actividades sustentables en ese gran territorio que permitan hacer retroceder a la pobreza, sin comprometer el patrimonio biodiverso y garantizando la plena vigencia de los derechos soberanos de las ocho naciones, tanto sobre los recursos naturales como sobre los conocimientos ancestrales. El desafío es como transformar la propiedad intelectual en fuente de riqueza para la región. Pero, al mismo tiempo el gobierno brasileño propone un proyecto de ley que dividirá en bloques el 15% del territorio selvático de ese país (unos 500 mil kilómetros cuadrados) para que pueda ser explotado (operaciones extractivas) por empresas privadas en régimen de concesión.

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