La gran parrafada

WASHINGTON BELTRÁN STORACE

Enfoque

Confieso que tuve dudas con el título, pero finalmente desestimé el que competía con él. Era "la gran payasada" y vale también, porque el tema es la "enmienda" constitucional que promueve nuevamente Chávez en busca de su reelección indefinida -la misma que fue rechazada como "reforma" constitucional en diciembre de 2007- para el 15 de febrero. Los venezolanos, dueños en definitiva de su destino, deberán responder en las urnas a una pregunta que dice así: "¿Aprueba usted la enmienda de los artículos 160, 162, 174, 192 y 230 de la Constitución de la República, tramitada por la Asamblea Nacional, que amplía los derechos del pueblo con el fin de permitir que cualquier ciudadano o ciudadana en ejercicio de un cargo de elección popular pueda ser sujeto de postulación como candidato o candidata por el tiempo establecido constitucionalmente dependiendo su posible elección exclusivamente del voto popular?".

Nada dice la larga parrafada interrogatorio -y por tanto es engañosa a conciencia- que las modificaciones propuestas lo que hacen es suprimir, justamente, "el tiempo establecido constitucionalmente" para el ejercicio del cargo y habilitar así la reelección indefinida del Presidente, y también de gobernadores, alcaldes y concejales. Chávez, totalitario pero astuto, busca así incentivar una mayor militancia a su causa reeleccionista, ofreciendo las mismas posibilidades vitalicias a otros interesados.

El asunto de las reelecciones es un tema muy manoseado. En lo personal, nada tengo contra ellas, pero siempre limitadas a lo que supone la prudencia de un régimen republicano-democrático y porque comparto aquello de Artigas de que "es muy veleidosa la probidad de los hombres…" Lo que sí me rechina y me desagrada es que se utilice, nada menos, que la Constitución de un país, su Carta Magna, para introducirle modificaciones con nombre y apellido, llámense estos Jorge Pacheco Areco, Carlos Menem, Álvaro Uribe, Fernando Henrique Cardoso, Porfirio Días o Hugo Chávez Frías. El éxito o la derrota que hayan tenido en su intento no atenúa la crítica: quien está en el Poder tiene el Poder, se encuentra en situación privilegiada respecto a sus adversarios, tiene facultades discrecionales (cuando no arbitrarias) sobre la vida del país, dispone de un aparato publicitario y económico muy poderoso, es juez y parte en la decisión final. No es ético que un Presidente busque cambiar las reglas para autobeneficiarse.

En el caso de Venezuela, pasemos por alto la discusión jurídica sobre si lo que propone Chávez es una "enmienda" o una "reforma" constitucional. La semántica tiene en este caso su razón de ser, porque si fuera "reforma" estaría vedada tras el referéndum del diciembre de 2007 que rechazó la reelección del presidente, junto con otras modificaciones que se pretendían incorporar para bienaventuranza del "Socialismo del siglo XXI" (que es el viejo, caduco y obsoleto socialismo de siempre, purificado por el "siglo XXI"). En cambio la figura de la "enmienda" no conoce límites (como la reelección propuesta) y tiene por objeto la adición o modificación de uno o varios artículos de la Constitución sin alterar su estructura fundamental.

Según los chavistas, hacer desaparecer de la Constitución las limitaciones a los períodos de reelección no es una reforma, sino una enmienda y así lo entendió también el Consejo Nacional Electoral, máximo órgano que tiene unanimidad de miembros chavistas. En definitiva, una "enmienda" es una "reformita" y como tal no estaría prohibida.

Venezuela es un régimen presidencialista, pero sin la existencia de los contrapesos que él exige: el Poder Legislativo y el Poder Judicial están absolutamente en manos de los partidarios de Chávez. El gobierno controla la mayor parte de los canales de televisión (recordar el cierre de Radio Caracas televisión), posee emisoras de radio y periódicos incondicionales. Hay una feroz concentración del poder para lo cual "depuró" la administración pública y ubicó a sus incondicionales al frente de la Policía y las Fuerzas Armadas. Ordenador y gestionador de todo el territorio, enemigo de la propiedad privada, Chávez mantiene la legitimidad de su Poder que deviene del voto de los venezolanos, pero es el único atisbo de democracia que va quedando en Venezuela. La fachada está intacta, el problema es que se ha vaciado su interior.

Los venezolanos se juegan el 15 de febrero otra instancia (ya sortearon con éxito la de diciembre de 2007) fundamental para su futuro, que tiene su paralelismo con la que se dirimió en nuestro país el 30 de noviembre de 1980. En aquella oportunidad, la dictadura imperante convocó al pueblo para que se pronunciara sobre su proyecto de reforma constitucional, que era ni más ni menos que la "constitucionalización" del régimen. Los ciudadanos fueron testigos de una abrumadora campaña publicitaria a favor del SÍ. La oposición estaba desnorteada, con líderes proscriptos o en el exilio. Pero llegado el momento, el pueblo -en silencio, acompañado por una radio que difundía una canción que contaba que "La murguita va creciendo…"- utilizó su arma letal para expresar el repudio y decir "que se vayan": el voto. Ante la sorpresa general, como ya ocurrió en Venezuela, triunfó el NO. No al continuismo vitalicio, no a las dictaduras constitucionales.

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