La economía del atraso

Cuando se produce la serie de revoluciones industriales y técnicas, los países adelantados, tales como Francia o Gran Bretaña, ven el ascenso de la clase media. Esta clase desarrolla una nueva visión racional del mundo, que opone con orgullo al oscurantismo medieval de la Era feudal.

La burguesía pobre y recién nacida en los países subdesarrollados no buscó nada como no fuera la acomodación al orden predominante. Viviendo en sociedades que se basaban en el privilegio, sus componentes lucharon por participar en las sinecuras existentes. Hicieron tratos económicos y políticos con sus señores feudales o con potentes inversionistas extranjeros, y toda la industria y el comercio desarrollados en las zonas atrasadas durante los últimos cien años, se vieron rápidamente moldeados en la camisa de fuerza del monopolio: el socio plutocrático de los gobernantes aristócratas.

El resultado fue una amalgama política y económica que combinaba los peores rasgos de los dos mundos —los del feudalismo y los del capitalismo— y que bloqueaba, efectivamente, todas las posibilidades de crecimiento económico.

Es muy concebible la posibilidad de que con el transcurso del tiempo se haya encontrado una salida "conservadora" a este callejón. Una generación más joven de hombres de negocios, emprendedores e ilustrados, y de intelectuales aliados con los líderes moderados de los trabajadores y campesinos —un movimiento de "Jóvenes Turcos" de alguna especie—, podría haber logrado salir del punto muerto, relajar la rígida estructura social y política de sus países y crear los arreglos institucionales indispensables para una cierta medida de progreso social y económico.

Pero en nuestra era rápida, la Historia no concedió tiempo para tal transición gradual. Las presiones populares por una mejora de las condiciones económicas y sociales, o, por lo menos, por algún movimiento perceptible en este sentido, cobraron intensidad firmemente. En realidad, la creciente inquietud de los subprivilegiados no se dirigía contra los principios efímeros de un orden capitalista que apenas existía todavía. Sus objetivos fueron los señores feudales parasitarios que se apropiaron de grandes tajadas del producto nacional y las malgastaban en una vida extravagante.

La maquinaria gubernamental protegía y fomentaba los intereses dominantes. Los acaudalados hombres de negocios recogían inmensos beneficios y no los utilizaban con finalidades productivas. Por último, aunque no sea lo menos importante, los colonizadores extranjeros extraían amplias ganancias con sus operaciones de "desarrollo".

Este movimiento popular tuvo, por tanto, un credo esencialmente burgués, democrático, antifeudal y antiimperialista. Encontró salida en el igualitarismo agrario; incorporó elementos "de desecho" denunciando al monopolio y luchó por la independencia y la libertad nacionales de la explotación exterior. Pero en casi ningún país subdesarrollado fueron capaces las clases medias de responder a este reto histórico.

Fue el desarrollo espectacular del movimiento internacional obrero de Europa que ofreció a las fuerzas populares de las zonas atrasadas la dirección ideológica y política que les era negada por la burguesía nacional. Esta conexión del radicalismo obrero y de la rebeldía populista pintaron por las paredes el peligro inminente de una revolución social. Importa muy poco que este peligro fuese real o imaginario. Lo que fue esencial es el hecho de que la conciencia de esta amenaza determinó, efectivamente, la acción social y política. Destruyó todas las posibilidades que existían de que las clases capitalistas se uniesen y dirigiesen el movimiento popular antifeudal y antimonopolista. Instilando un miedo mortal a la expropiación y a la extinción, en el pensamiento de "todos" los grupos propietarios.

El aumento del radicalismo socialista y, en especial, la revolución bolchevique rusa tendieron a llevar a todos los elementos de la sociedad más o menos privilegiados, más o menos de orden, a una coalición contrarrevolucionaria.

Al entrar en alianza con todos los demás sectores de la clase gobernante, las clases medias capitalistas fueron rindiendo una posición estratégica tras otra.

Temerosas de que la disputa con la nobleza territorial pudiera ser explotada por el movimiento populista radical, las clases medias abandonaron todas sus actitudes progresistas en cuestiones agrarias.

Temerosas de que un conflicto con la Iglesia y con el ejército pudiese debilitar la autoridad política del Gobierno, las clases medias se apartaron de todas las corrientes liberales y pacifistas.

Temerosos de que la hostilidad hacia los intereses exteriores pudiese privarles de ayuda exterior en caso de una emergencia revolucionaria, los capitalistas nacionales desertaron de sus anteriores plataformas antiimperialistas y patrióticas.

Abandonando al hombre corriente y renunciando a la tarea de organizar de nuevo a la sociedad según directrices progresistas, las clases medias capitalistas perdieron su posibilidad histórica de asumir un control efectivo sobre los destinos de sus naciones y de dirigir la creciente tormenta popular contra la fortalezas del feudalismo y de la reacción.

El fogonazo de la tormenta se dirigió de este modo contra la totalidad de las instituciones económicas y sociales. (https:// www.eumed.net/cursecon/ economistas/textos/baran.htm

COMENTO: Esta ha de ser una de las maneras más complicadas de explicar las "ventajas" del atraso.

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* Economista marxista, de la Universidad de Stanford donde fue discriminado en razón de sus ideas difíciles de entender.

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