Hay varios conflictos que sacuden al mundo de hoy. Asimismo, actitudes de Estados que no se conmueven ante tales desgarramientos. He aquí un par de ejemplos. En Siria, la Cruz Roja anunció que a su juicio el conflicto entre disidentes y el dictador Asad ya ha llegado al nivel de guerra civil. Se discuten las características de las armas empleadas, mientras las víctimas civiles suman cientos que se adicionan a centenares preexistentes. Frente a ello, gobernantes no muy demócratas como el presidente venezolano Chávez evidencia su simpatía por Asad y los dirigentes de Rusia y China, figuras escépticas del Consejo de Seguridad de la ONU no quieren respaldar una acción más dura contra el presidente Asad para detener la masacre. Entretanto, en Egipto ha sido electo democráticamente un nuevo presidente pero la violencia subyace ante la intolerancia entre los "Hermanos musulmanes" y este primer mandatario que no logra pisar firme.
Sea como sea, en medio de la intolerancia emerge la fe democrática como elemento imprescindible en el camino de la pacificación. Esa fe democrática que desde hace largas décadas ha demostrado ser basamento fundamental de la pacificación, cuando se pretende que ésta sea sincera, real, duradera.
Todo un esquema que conduce a recordar que Uruguay supo ser abanderado de la teoría del paralelismo entre democracia y paz. Que en nuestro país supimos contar con un Canciller que marcó rumbos democráticos dirigidos a pacificar a América y luego al mundo.
El Canciller referido, fue el co-fundador de El País, Dr. Eduardo Rodríguez Larreta, quien el 23 de noviembre de 1945 propuso a toda América la vigencia plena de la democracia, elemento esencial de la paz y el respeto de las libertades fundamentales. Rodríguez Larreta, destacó que "…el más acendrado respeto al principio de no intervención de un Estado en los asuntos de otro, conquista alcanzada durante la última década, no ampara ilimitadamente la notoria y reiterada violación por alguna república de los derechos elementales del hombre y del ciudadano y el incumplimiento de los compromisos libremente contraídos acerca de los deberes externos e internos de un Estado que lo acreditan para actuar en la convivencia internacional". La nota concluía señalando que "La pusilanimidad o un egoísmo mal entendido podrán aconsejarnos una actitud pasiva, pero resultará entonces que aquella misión de América se habría transformado en esta otra: la de convertirnos en el refugio de doctrinas, de prácticas y de intereses execrables y en el campo propicio a su futuro renacimiento. Este Ministerio abriga la certeza de que ningún pueblo ni ningún gobierno del Continente quiere para América tan triste destino."
Como se puede apreciar, la nota hecha pública el 23 de noviembre ya planteaba en todos sus términos lo que se daría en llamar la "Doctrina Larreta". Principio que no implicaba el apoyo a formas violentas de imposición de orientaciones, como lo quisieron presentar algunos gobernantes y políticos, sino una forma respetuosa de tender hacia la prevalencia de las ideas democráticas. Casi setenta años han pasado y por momentos cabe preguntarse no ya cuál es la política internacional del actual gobierno uruguayo sino más bien si éste tiene una política internacional. Y se añoran políticas honestas y vigorosas de antaño.